Una visión muy extraña.
El joven pelinegro salió de la preparatoria y caminó hacia su casa como de costumbre, aunque esta vez Estefanía lo acompañaría un trecho, pues eran casi vecinos y buenos amigos.
—Raven, ¿cómo es posible que casi repruebas la clase de historia? —la castaña se acercó alzando una ceja.
¿Por qué prefiero morir antes de saber cómo mataron a mis antepasadas? Tal vez por eso. Él solo suspiró antes de responder:
—Porque el profesor no es tan guapo como el de Inglés o Español.
La castaña soltó la carcajada.
—Raven, por el amor de Dios —seguía riendo mientras caminaba a su lado.
Ambos avanzaron entre plática y risas, pues eran buenos amigos, aunque a veces Raven se distanciaba demasiado por razones que tenían que ver con su padre. Al llegar a la entrada del bosque se despidieron con calma, aunque era visible el miedo de Estefanía de acercarse a aquel lugar: sus padres siempre les habían contado que las brujas comían mortales, que los mataban para rituales y ofrendas a Satán. Todas sus amigas eran muy católicas, algunas más que otras, al igual que el resto del pueblo. Algo irónico, si se consideraba que el nombre del asentamiento significaba precisamente escondite de brujas; y que fue en ese mismo lugar donde acribillaron y dieron muerte a las tres grandes.
Raven se adentra en el bosque tenebroso en dirección a su hogar. Sus pasos resonaban sobre el camino rocoso cuando sintió que su corazón comenzaba a acelerarse, como si algo estuviera mal. El viento azotó cada vez más fuerte, y entre sus ráfagas se arrastró un susurro como una maldición:
Ra… Raven.
Un escalofrío le recorrió la espalda entera. Sintió una mirada pesada sobre él, la de un cazador observando a su presa. Quiso hablar, gritar quizás, pero su cuerpo no respondió: los pies se le clavaron al suelo como si raíces invisibles los ataran.
El olor del bosque, ese que siempre le había gustado, cambió de pronto. Un hedor desagradable de sangre se abrió paso entre los árboles.
Pasos comenzaron a rodearlo. Los susurros se volvieron más fuertes, más insistentes:
Toma lo que te quieren quitar.
Con un esfuerzo, Raven reunió la poca valentía que le quedaba y caminó hacia donde venía la voz.
Lo que encontró le revolvió el estómago. Una mujer de cuerpo hermoso y cara completamente deformada —como si el ácido la hubiera deshecho, como si alguien le hubiera arrancado los ojos— despellejaba a otra mujer, de unos cuarenta años, y se colocaba aquella piel pedazo por pedazo con una calma perturbadora y asquerosa. Raven sintió una repulsión tan grande que le nubló el pensamiento. No lo dudó: echó a correr hacia su casa, rezando para que aquello hubiera sido solo una visión, algo inexacto, algo que no fuera real.
Al llegar, todavía con aquella imagen grabada en la mente, entró directo al baño para vomitar.
—Cariño, ¿estás bien? —preguntó Juniper, acercándose preocupada.
Raven levantó la cara de la taza, se enjuagó la boca y asintió con una sonrisa forzada.
—Estoy bien, tía.
Ella alzó una ceja que decía claramente no te creo, pero respetó su silencio.
—Está bien. Solo que tu padre no se entere —dijo, y salió del baño.
Raven tragó saliva. Tenía que ir a casa de Mary para practicar sus hechizos. Le rezó a Satán entero para que Luther no estuviera, aunque en el fondo sabía perfectamente que sí estaría: él les enseñaba a ambos las artes con las que habían nacido.
Estaba a punto de salir cuando sonó el teléfono de la sala. Se acercó a contestar.
—Funeraria Royal, ¿diga?
—Raven, soy Clarisse. Algo está pasando en la preparatoria. En el sótano huele a putrefacto y se escucha una voz demoníaca —la pelirroja sonaba genuinamente asustada al otro lado de la línea.
Raven colgó sin más y cerró los ojos.
—Domine Tenebrosus, duc me quo esse vis.
Se teletransportó. Como siempre, de manera imprecisa.
Aterrizó en la habitación de Luther justo cuando él salía del baño con una toalla amarrada a la cintura, los músculos y los brazos al descubierto. Raven se cubrió la cara con las manos.
—¿Qué haces aquí, Raven? —Luther se acercó peligrosamente al más pequeño y le apartó las manos del rostro. No parecía molesto, solo... curioso.
—Perdón, me intenté teletransportar con Clarisse —tartamudeó el pelinegro, bajando la mirada.
El mayor rio suavemente ante su torpe prometido, aunque la risa se apagó pronto para dar paso a algo más serio.
—Sigues divagando demasiado. Eso no te ayuda —dijo, observándolo de pies a cabeza—. Y además, ¿por qué vas con los estúpidos mortales?
Se sentó sobre la cama con esa sonrisa arrogante que tanto irritaba a Raven. Lo miraba con calma, con esa superioridad de siempre. Quizás no le agradará especialmente, pero era completamente irresistible, y eso lo hacía aún más insoportable.
—Idiota, ¿me puedes ayudar? —preguntó Raven frunciendo el ceño.