Un brujo maldito.

CAPITULO 4.

Salvar a Raven.

Clarisse había logrado escapar del demonio. Salió jadeando, nerviosa y muy asustada, y casi chocó con Elias Haunter, que la miró con una ceja levantada como preguntando qué rayos sucede.

—¿Dónde está Raven? —preguntó él, fingiendo preocupación con una naturalidad que habría engañado a cualquiera.

—Raven está en el sótano. Algo lo tiene —dijo Clarisse, y salió corriendo hacia la funeraria sin esperar respuesta.

Qué bueno que no vio la cara de Elias en ese momento, porque la expresión que cruzó por sus rasgos no tenía nada de preocupación. Era satisfacción. Por fin, parecía decir. Por fin me acerco a los Royal. Una de las familias de brujos más poderosas de todo Hexen Haven.

Elias entró a la escuela con calma.

En lo más profundo del bosque, en una cabaña sin luz, una mujer permanecía completamente desnuda con su nueva piel todavía fresca, hablando en voz baja con algo que obedecía sus órdenes desde la distancia.

—Vestigare, delineare, observare magum mori, Corvum —susurró mientras enredaba un hilo negro alrededor de un muñeco vudú con dedos precisos y sin prisa.

Sin ropa. Sin amuletos. Tal como exigían las prácticas antiguas que conocía mejor que nadie: el cuerpo y la voluntad ofrecidos por completo al conjuro, sin barreras entre ella y el conjuro.

Dejó el muñeco sobre la mesa y tomó un espejo con ambas manos.

—Ostende mihi quid videre velim —murmuró, y se mordió el dedo hasta sacar sangre. Con la herida aún abierta, untó sal sobre ella y marcó los bordes del espejo lentamente—. Ostende mihi corvum.

—¡Suéltalo!

Elias Haunter apuntaba al demonio directamente a la cabeza, el arco tenso, una flecha dorada lista para volar.

Jorōgumo, el demonio araña, simplemente se rio. Un humano. Un simple humano enfrente de él. Qué patético.

Elias tensó el arco un poco más.

—Pruébame —dijo, y había algo ligeramente sádico en su sonrisa.

Clarisse golpeó la puerta de la funeraria con los nudillos, frenética.

—¡Señora Juniper!

—Ay, voy —se escuchó desde adentro.

Juniper abrió la puerta y encontró a la pelirroja con los ojos desorbitados. En cuanto Clarisse terminó de contarle todo, la mujer palideció.

—Oh, querida, debemos ir rápido… Hay que avisar a Luther si algo malo le está pasando…

Se interrumpió al escuchar pasos en las escaleras. Su hermano bajaba con calma, sin apuro.

—Juniper. Raven aún no llega.

Juniper tomó un papel y escribió la dirección en un instante, doblándose y poniéndolo en las manos de Clarisse sin que su hermano lo viera.

—Ve. Mi hermano no debe enterarse de esto —susurró—. Jamás.

Clarisse obedeció y salió corriendo hacia donde vivía Mary Blackwood, aquella chica que había conocido gracias a Raven. Al llegar tocó la puerta con urgencia. Mary abrió, y Clarisse le explicó todo de un tirón.

—Debemos decirle a Luther.

—¿Luther?

—Mi hermano. Y prometido de Raven.

Clarisse soltó un suspiro pequeño al escuchar eso. Apenas tiene dieciséis años, pensó. Pero vio el asentimiento firme de Mary y no dijo nada más.

—Suéltalo. O tendremos un problema.

Elias estiró el arco. La flecha estaba bendecida con agua del Gólgota y forjada en acero de damasco.

—¿Un simple mortal? —El demonio soltó una risa gutural, mirando al chico con algo parecido al desprecio—. Qué arrogante de tu parte.

Elias se rió también, con ganas, antes de levantar el rostro y mirarlo directamente a los ojos.

—Vete al infierno, perra.

Disparó. La flecha atravesó la cabeza del demonio con precisión quirúrgica. Jorōgumo lanzó un grito ensordecedor que hizo temblar las paredes del sótano, y desapareció.

Antes de que Raven cayera, Elias lo atrapó.

Lo sostuvo en sus brazos sin decir nada, mirando ese rostro pálido e inconsciente que no podía resistirse, no podía hablar, no podía alejarse. Sin voluntad. Sin voz. Sin escapatoria.

El cuervo estaba en los brazos del cazador.



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En el texto hay: satanismo, gay, brujería real

Editado: 14.03.2026

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