Un Buen Amor

02

 

—No puedes hacerme esto, solo tiene semanas ¿No te dolió parirlo?

 

—Fue cesaría, pero eso   no viene al caso, es que no puedo con su llanto, atenderlo, no nací para esto, lo siento—Tomando su maleta, terminando de guardar sus joyas.

 

—Si te vas, no te llevas nada que yo te haya dado.

 

—Es lo mínimo que merezco por haber llevado tu primogénito en mi vientre y quedar toda marcada por su culpa, no me detengas, que nada de lo que me digas o hagas me hará cambiar de opinión, quiero vivir la vida, soy joven, no me quiero condenar a un lugar   donde no quiero estar, adiós a los dos.

 

Hay quedo Carlos, con su pequeño en brazos, tenía el alma destrozada, el corazón hecho añicos, tanto que se había esforzado por llevar una relación a su u lado, por más que hacía tiempo sentía que no la amaba, pero por su hijo era capaz de soportarla, ahora ella se había marchado, solo porque no podía con la responsabilidad, veía a ese pequeño angelito, que sonría   como diciendo papi todo estará bien, por él no debía seguir en pie, solo por él.

 

HORAS DESPUÉS

 

—Es usted el señor Carlos Plasencia Cadbury ¿Es correcto?

 

—Si soy yo oficial ¿Qué sucede?

 

—Necesitamos que identifique un cuerpo a la morgue de la ciudad

 

¿Morgue? No entendía qué estaba pasando, pero solo obedeció, no sin antes pasar por la casa de su mejor amigo y socio Giuseppe para dejarle a su pequeño, ya luego le explicaría, confiaba en su esposa María, solo por eso lo dejo con ellos.

 

—Venga por aquí, por favor — Era un lugar tétrico, frío, finalmente era una morgue, un espacio donde la vida no tenía cabida, donde solo eras un número más, uno que posaba en el borde de alguno de los dedos de tus pies.

 

Algo dentro de él, le decía que no era nada bueno, quería mostrarse fuerte, pero su mano temblaba, uno de los oficiales le hizo una seña al hombre con bata blanca delante de ellos para que descubriera la sabana que cubría aquel cuerpo, cuando Carlos vio aquello, retrocedió unos pasos y ese miedo paso a ser horror, era ella Elena la madre de hijo y hasta hace unas horas su esposa.

 

—Es Elena, mi esposa— Balbuceo, los oficiales entendieron la situación y le indicaron que lo dejarían unos minutos a solas, cuando lo hicieron, él se acercó de manera lenta, casi tortuosa, hacia donde descansaba el cuero de la mujer que un año antes estaba llena de vida, coqueta como ella sola, una mujer que en ese momento lo tenía comiendo de su mano, hasta el punto de cegarlo en muchos aspectos. Ahora fría, sin brillo, sin luz, sin vida ¿Por qué justo el día que los había abandonado? ¿Era alguna justicia divina? Pero hiciera lo que hiciera, no se merecía un destino como ese, su hijo no merecía perder a su madre, por más que esta no lo quisiera como se supone que una madre quería.

 

—No merecía esto— Acariciando su rostro, se notaba las marcas de golpes, el labio partido, tan pálida, aún la recordaba como se gastaba cientos de dólares en maquillaje, decía, necesitaba resaltar sus facciones exóticas, sin embargo, ahora, —En algún momento te ame como loco, quiero que me digas dame tu tarjeta Carlos, no gaste tanto, hasta extraño tus regaños porque no baje la palanca del baño, no lo merecías Elena, claro que no.

 

Subió la sabana, para tapar su rostro, no pudo evitar una lágrima correr por sus mejillas, después de todo habían compartido tanto, que era inevitable no sentir la perdida, el dolor.

 

SEMANAS DESPUÉS

 

—No quiero presionarte, pero te necesito enfocado en el trabajo, no es fácil lo que estás pasando, pero de verdad, necesito de vuelta a mi socio, especialmente a mi amigo.

 

Le indicaba Giuseppe, tratando de no mostrase duro, no quería serlo en realidad.

 

—Lo sé y te entiendo, solo que ninguna guardería, atiende a mi hijo como se merece, se ha enfermado tres veces en estos dos meses ¿Qué hago? No te atrevas a mencionar a mis padres, por algo vivo a miles de kilómetros de ellos y los visito en contadas ocasiones.

 

—Lo sé de sobra, solo que tengo una idea, pero déjame hablarlo con María primero.

 

—No quisiera que ella.

 

—No, nada de eso, María encantada en cuidarlo, pero su embarazo es riesgoso sumado al pequeño torbellino que tengo en casa.

 

 

—¡Listo!

 

—¿A qué te refieres?




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