Un Cliché Encantador

Capítulo 1: A todos los buzos que Tomi me prestó

Quería que el lavarropas me explotara en la cara. Sus prendas giraban entre el jabón y el suavizante y me pregunté si también había dejado caer mi estómago ahí dentro.

Cada vez que inhalaba podía oler el vómito que ya había soltado más de cinco veces, desplomada sobre la taza del inodoro que compartía con diecinueve chicas. Estaba pasando una tarde de mierda, pero esa resaca sin precedentes y ese baño inmundo no eran la peor parte.

Tenía el culo congelado en el polvoriento suelo del lavadero de la Residencia de Frida para Mujeres Universitarias y me abrazaba las piernas, hipnotizada por la morbosa imagen de las vueltas que daba la ropa ajena en la máquina. Tan solo se trataba de una remera azul y un buzo verde, pero, como dije, ojalá hubiera metido una bomba de espuma para que el lavarropas me explotara en la cara.

No estaba siendo dramática, aunque mi compañera de habitación, Rubí, dijo todo lo contrario cuando me tiré en su cama a llorar. Esa misma mañana me había despertado entre los brazos del mismísimo Tomi Varela, un nombre inocente, para un chico que de inocente no tenía nada. Sus brazos eran tan fuertes como había fantaseado que lo serían, cuando perdía el hilo de la clase por mirarle los bíceps, como si fueran la cosa más excitante del mundo. Aún después de la ducha que me di, podía oler en mi cuerpo su aroma a Paco Rabanne, el mismo que me había atontado muchas mañanas cuando pasaba por mi lado para sentarse en su pupitre, trazando un camino invisible que dirigía al cielo.

Recuerdo su cama cómoda, la clase de cama suavecita y limpia que un jugador de fútbol no suele tener. El sol caía delicadamente sobre nosotros, todavía había restos de verano en el ambiente. De solo invocar el recuerdo de su respiración tranquila en mi espalda, me da sueño otra vez… Ojalá me hubiese quedado ahí para siempre, entonces no estaría metida en esta situación. O quizá el quedarme hubiera empeorado las cosas.

El problema no era Tomi Varela, ni su cara tallada por los ángeles que muchas chicas dirán que es demasiado linda como para ser linda de verdad; tampoco su cama, ni su habitación en la residencia para hombres de San Carlos; mucho menos que estudiamos la misma carrera en la universidad. No, el problema estaba en que yo era Magdalena Robino, la chica invisible, ignorada hasta por los profesores, y, probablemente, la persona más torpe e inútil de toda la facultad. En cuanto abrí los ojos, el dolor de cabeza me taladraba las sienes y tardé un segundo en darme cuenta de quién era el chico que dormía sin remera a mi lado. Con tan solo olerlo, supe que había ocurrido un error y un milagro.

Tomi no era la clase de chicos que se fijaba en mí, tenía un Instagram plagado de fotos por el mundo y de sus amigos, que tenían miles de seguidores por el simple hecho de estar buenísimos o se dedicaban a ser deportistas reconocidos. Ninguno era más lindo que él, claro, sobre todo sus amigos de la facultad: personas bastante normales, sin ningún rasgo llamativo que podríamos dividir entre los zurdos y los burros, como decía Rubí. Y ahí estaba él, tiernamente dormido, con el pelo rubio cayendo suavemente sobre su mejilla y los labios sonrosados medio entreabiertos, haciéndome creer que estaba viendo una película. Tuve que arrancarme de sus brazos, sintiendo un vacío instantáneo en todo el cuerpo, aunque él apenas notó mi ausencia.

Se me agitó el corazón al ver que solo llevaba puesta la ropa interior y que Tomi tenía una mancha de mi labial en la clavícula. Cincuenta tonos de rubor se me mezclaron en la cara y busqué mi ropa en el suelo a toda velocidad. Tenía que salir de ahí lo más rápido posible, aunque el estómago me suplicaba que fuéramos más despacio, que no podía moverse sin vomitar.

Me picaba la garganta y era consciente de que el top negro y la minifalda de cuero iban a delatarme cuando caminara por la calle a las once de la mañana. Tuve un debate interno antes de hacerlo, uno en el que ninguna de las partes —y me refiero a las voces en mi cabeza— llegó a un acuerdo, pero me robé su ropa. Una remera larga que creí que me taparía un poco de piel y, luego, un buzo verde que me cubría por debajo de la pollera. Los borcegos tenían los cordones desatados y no encontré una de las medias. Me até el pelo en una cola y me puse la capucha.

Bajo la ventana con vista a la calle, Tomi Varela tenía un escritorio más pequeño que el mío, en el que descansaba una pizarra blanca sin estrenar. Escribí con marcador rojo una nota pidiendo disculpas por el robo y prometiendo que le devolvería sus cosas en cuanto pudiera.

Obvio que no iba a devolverle la ropa, no quería parecerle una inexperta y, además, una ladrona. Estaba segura de que Tomi no solo se iba a espantar al recordar cómo terminamos en esa situación de borrachos, sino que también acabaría por avergonzarse de mí. Lo sabía porque yo ya estaba avergonzada de él.

Quería darme la cabeza contra la pared por haber creído que tenía permitido aspirar tan alto, que podía tener mi primera vez con ese compañero de la facultad, ese profesional en el sexo, que, probablemente, estaba confundido y yo abusé de su confianza, al atreverme a besarlo con seis vasos de vodka encima. Pensé en tirarme por la ventana desde ese tercer piso. Descarté la idea porque me daban miedo las alturas.

Estaba claro que esos oscuros pensamientos por los que llevaba semanas atormentada con respecto a querer dejar de ser virgen antes de mi cumpleaños número veintidós tuvieran mucho que ver en mis decisiones y, alcoholizada, me ahorré varios pasos a mí misma.

Nunca fui buena en matemática, no consideré a la amnesia en la ecuación, y eso era lo peor. No recordaba absolutamente nada, a pesar de estar segura de que había sido un desastre. Un completo desastre que me atormentaría durante el resto de la carrera.




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