Un Cliché Encantador

Capítulo 2: 500 minutos sin él

Solamente queríamos una tostada con dulce de leche, no ver al demonio en persona. Rubí y yo llevábamos horas con la cabeza pegada a los libros y se había hecho la hora de la merienda, momento en el que, religiosamente, nos tomábamos un descanso.

Mi amiga no esperó ni un minuto más. A las cinco en punto de la tarde soltó un suspiro exagerado y las ruedas de su silla se arrastraron hacia mi escritorio. Una cabeza se metió en el hueco entre mi hombro y oreja, sus anteojos chocaron con los míos.

—¿Merendamos? —me propuso, en un tono inocente.

Su pelo me hizo cosquillas en la mejilla.

—Tengo que terminar este texto —intenté excusarme, solo para provocarla, pero Rubí me sacó el resaltador verde de la mano y lo lanzó por detrás de mi cabeza.

—Bueno, yo quiero un café con leche.

Era hora pico en la cocina, no nos sorprendió encontrar a varias chicas haciendo fila para hervir agua y a otro par compartiendo la tostadora o arrancándose los pelos por una cucharita de té, un bien que escaseaba por alguna razón. Algunas chicas europeas se espantaban cuando abrían el cajón comunitario y sólo encontraban un par de tenedores torcidos, dos o tres cucharas y cuchillos sin filo. Para ellas, el paso por la residencia era un momento de formación personal, una especie de survival latinoamericano.

Rubí y yo éramos un equipo. Compartimos lockers desde que nos asignaron la misma habitación y compartiamos muchas compras del super. Siempre que una de las dos regresaba a su casa, traía consigo un par de cubiertos robados que luego guardabamos bajo llave. Nos entendiamos muy bien, mientras a mi me tocaba calentar el agua y batir el café instantáneo, ella se ocupaba de tostar el pan en una sartén. Ninguna de las dos prestaba atención a las chicas que entraban y salían de la cocina, hablaban en diversos idiomas y se quejaban de muchas cosas. El café ya estaba tomando un color marrón claro, cuando el aroma de los panqueques de Camila se mezcló con el de mi peor pesadilla. Solté la taza de Mafalda sobre la mesada.

—¡Casi la rompes, boludaza! —exclamó Rubí, observando el desastre que había dejado sobre el mármol. Esa era su taza favorita.

Pero yo no podía pensar con claridad. Ahí estaba. Otra vez. Paco Rabanne. Él era un cazador y yo su presa, podía olerlo a kilómetros de distancia, aunque esta vez, era demasiado tarde. Esa risa cara y ostentosa resonó por toda la casa y sentí su presencia detrás de mí, como la de un viejo fantasma. Miré a Rubí con el mismo horror que lo hacía cuando poníamos una película de terror los sábados, justo antes de pedirle que la apague. Ella no me entendió, hasta que sus ojos se desviaron hacia un punto detrás de mi cabeza. Se le abrió la boca involuntariamente y un rubor apareció en sus mejillas.

—¿Qué hace él acá? —me preguntó, en un susurro entrecortado.

Yo no pude responder. Limpié los restos de café salpicado con una rejilla mugrienta qué encontré y llené las tazas con agua hirviendo, evadiendo el hecho de que no era mi turno para usar la pava.

—Agarrá el dulce de leche y corré —le indiqué al oído, con apuro.

Me aferré con fuerza a Mafalda y Sara Key, dispuesta a dejar atrás la leche para el café de Rubí, como a un soldado caído, y correr a nuestra habitación.

Una mano fuerte, una que reconocí por haber pasado años observando en secreto, me tomó por el codo y me detuvo. Por el rostro de Rubí pasaron veintitrés emociones en un segundo mientras intentaba mantener el equilibrio con un plato con tostadas, una cuchara, un pote de dulce de leche y la mayor sorpresa de su vida. Era él. Otra vez.

—Magdalena —me llamó.

La casa se quedó en silencio, las mejillas de Rubí cambiaron de color, sus ojos abiertos y espantados eran un espejo de los mios. El sonido de la pava hirviendo era lo único que me hacía saber que seguíamos en el mismo lugar.

Me giré lentamente. Ambas tazas estaban en peligro de volcarse bajo mis manos temblorosas. Lo primero que noté fue que tenía puesta una remera con una foto de Justin Bieber en el 2009. La risa llegó más rápido que las palabras y ambas fueron involuntarias, un reflejo para el miedo y la confusión.

—¿Qué te pusiste?

Esa fue la primera vez que lo hice enojar. Las orejas se le pusieron coloradas. La voz le salió un poco aguda cuando exclamó:

—¡Es de mi prima!

—Tu prima es lesbiana, es imposible que haya sido belieber alguna vez.

Camila soltó una carcajada y le dio vueltas a su panqueque.

—Es verdad, no es mía. Estaba en las cosas perdidas.

Parecía confundido. Las chicas que acompañaban a Tomi en la cocina me atravesaron con los ojos. Noté que era la primera vez que ellas eran conscientes de mi presencia en la residencia. Aunque vivía ahí desde hacía más de tres años y habíamos pasado tiempo juntas —el año anterior, me habían designado, junto a la rubia de la derecha, limpiar los baños del primer piso. Aún recordaba como tuve que sostenerle el pelo para que vomite cuando vio el cepillo del inodoro de cerca. A la colorada de la izquierda la dejé dormir en mi cama todo un verano porque su habitación tenía problemas de humedad y ella estaba demasiado lejos de su país para regresar por eso—, para ellas, yo también era invisible. Tenía más sentido del que podría parecer.




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