Un Cliché Encantador

Capítulo 3: Un lunes de locos

Rubí y yo robamos un paquete de yerba porque no teníamos más plata.

Después de varios días grises, el sábado salió el sol en la ciudad y el calorcito del tardío verano recuperó cierta vida en la ciudad. Esa mañana, Rubí se despertó para estudiar, pero abrió las cortinas y vio el cielo, entonces me despertó a mí para que lo viera también, ¡mirá que hermoso, Magui, mirá!, exclamaba como loca, todavía en su pijama de otoño, con bermudas de algodón a rayas en color bergamota y marrón, junto con una remera a juego. Rubí señalaba el balcón y tiraba de mi brazo para que saliera de la cama. Yo aún intentaba sentir los nervios de la cara cuando noté que me había arrastrado hasta ahí, medio sonámbula. Miré el infinito celeste, de nubes esponjosas como una almohada, y un sol radiante que coloreaba el mundo en tonos alegres. Se me estaban achicharrando los ojos. Actué una sonrisa educada y murmuré algo como “ah sí qué lindo…”. Rubi soltó una carcajada que me mareó en los oídos.

—¡El cielo no! El chico ese, en la parada del colectivo.

No podía comprender si seguía soñando. En la esquina de la cuadra de enfrente, a solo unos diez metros a la izquierda de nuestro balcón, un chico que me recordaba a un Jacob Elordi petizo, esperaba la llegada del transporte. Miré a Rubí entre la sorpresa y la ironía.

—¿Vos me estás jodiendo?

Sus finas cejas se fruncieron en el centro de la frente.

—Hacía mucho que no veíamos a uno así de lindo, Magdalena. Te tenía que despertar.

—¡Ni siquiera es tan lindo!

—¡Ah, perdón, ahora que sos la amante de Tomi Varela te pusiste exigente!

Rubí se reía, su pelo enredado todavía y las ojeras muy marcadas, una mancha de pasta de dientes en la comisura de su boca. Me refregué la cara con ambas manos y la sentí áspera.

—Algún día te voy a tirar del balcón —le prometí, aunque se me estaba escapando una sonrisa.

—¡Cuando estemos en el intercambio me vas a suplicar para que te señale a todos los chicos lindos que vea!

—O me voy a terminar tirando yo del balcón.

Los fines de semana eran días tranquilos porque muchas chicas volvían a sus respectivas ciudades o pueblos para pasar tiempo con sus familiares.

Cerca del mediodía, ya no quedábamos muchas en la casa, ¡significaba que Rubí y yo teníamos la oportunidad de usar el horno sin hacer fila! Recalentamos algunas porciones de la pizza que sobraron de la noche anterior y preparamos café. Comimos en silencio, enviándonos videos y tweets, viendo a la gente pasar por la calle desde los ventanales del comedor. Algo que ocurre cuando compartís la vida con tu mejor amiga es que dejás de tener muchas cosas de las cuales hablar a la hora de la comida, aunque también existe cierta intimidad en no tener nada para decir, en pasar tiempo juntas con nuestros propios pensamientos.

Rubi estaba ordenando los bordes de la pizza en línea recta sobre su plato, cuando recordé que hoy no tenía nada para hacer. Había terminado todos mis pendientes para la facultad y el trabajo la noche anterior.

—¿Y si vamos al parque a tomar unos mates? —le propuse. Rubí me sonrió.

—Vamos.

Después de lavar los platos, notamos que en la yerbera con estampado de perritos, la que heredé de mi abuela, no quedaba ni una hojita de yerba. Claramente, eso era un problema porque la yerbera de perritos era un producto de nuestro locker con provisiones de comida para crisis. El locker —dos pequeños estantes de treinta centímetros de largo y cuarenta de alto— también estaba casi vacío, a excepción de algunas latas de choclo y caldos de sopa. Rubí miró la fecha de vencimiento aguantando la risa.

—Creo que somos indigentes —afirmó, con una sonrisa. Yo no pude contener una carcajada—. ¿Está mal si le robamos a las europeas?

El locker que compartían las cuatro francesas estaba abierto, casi como alardeando la cantidad de paquetes de fideos y latas de salsa de tomate que habían adquirido. Al contrario del resto de las argentinas, que manteníamos nuestras cosas bajo llave, ellas eran extremadamente descuidadas, incluso cuando se iban a pasar el fin de semana a Buenos Aires. No es que hubiera robos en la residencia, pero nunca se sabe que puede hacer un estudiante universitario con hambre y sin plata.

Al lado de un pote de Nutella, distinguí cuatro paquetes de yerba cerrados y apilados, como si realmente les gustara el mate. Recordé que Anouk me había enviado un mensaje durante el verano, pidiendo consejos sobre qué marcas comprar, aunque nunca les había terminado de encantar nuestra infusión.

Lo medité por un momento. Las francesas no eran chicas malas y probablemente nunca notarían la ausencia de la yerba. Era un buen momento para el euro en nuestro país y, si realmente lo querían, no gastarían más que unos centavos para reponer el paquete. Además, la semana pasada, Rubí les había prestado dos huevos que nunca nos devolvieron.

—Mm… —murmuré. Rubí ya estaba cerca al locker abierto—. Los europeos nos colonizaron y mataron a nuestros soldados en la guerra, un paquete de yerba no les va a arruinar la economía.

Llegamos al parque cerca de las cuatro de la tarde. Como todos los fines de semana, los lugares más cercanos al río estaban abarrotados de gente. Con muchísima suerte, pudimos encontrar un hueco bajo un jacarandá para extender nuestra manta. Mientras Rubí cebaba el mate con su típico ritual de tomarse dos antes de darme uno, registré mi alrededor. Era una costumbre muy pueblerina esa de observar a la gente y no dejar de comentar sobre ellos. Por suerte, ni Rubi ni yo habíamos dejado atrás esa parte nuestra.




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