Conseguí el número de Tomi cobrando favores en la residencia. Comencé intercambiando cucharitas de té por alfileres de gancho y un par de barritas de cereal proteicas —de las caras— por preservativos con textura. Horas después, me di cuenta de que los dos estábamos en el grupo de WhatsApp de la materia que compartimos los viernes.
No sé qué fue lo que se apoderó de mí, cómo encontré el valor para escribirle, pero lo cité el viernes en la puerta del teatro media hora antes de mi ensayo. Le pedí que fuera puntual y no me hizo caso, apareció quince minutos tarde con unos lentes de sol y una remera blanca que resaltaba su piel dorada y los músculos de sus brazos. Tuve la decencia de no tirarme el contenido de mi botella de agua helada sobre la cabeza.
—Así que pensaste mejor mi oferta —se regodeó, con ambas manos en los bolsillos de sus jeans claros.
Bajé las cortas escaleras de piedra que me separaban de él, pero me quedé en el primer escalón porque era mucho más alto que yo y no podía permitirme inflar tanto su ego.
—Algo así —antes de que su sonrisa le llegase a los ojos, agregué—: Tengo un par de condiciones.
—Te escucho.
Me mordí el interior de la mejilla, mientras él se subía los lentes a la cabeza. No podía creer cómo mi cuerpo se había fusionado con el suyo hacía tan solo días y yo no era capaz de recordarlo. Ese debía de ser un castigo kármico, ¿a cuántas personas habré matado para ganarmelo?
—Quiero… Quiero que tus amigos de la fotocopiadora le paguen mejor a Rubí, que sea un sueldo digno y con horarios normales… También quiero que nos escribas una carta de recomendación para nuestro intercambio y que me acompañes al casamiento de mi prima.
Había una sonrisa triunfante en los labios de Tomi Varela. A mi me latía el corazón con fuerza, había pasado horas repasando la lista de condiciones en mi cabeza, agregando y sacando cosas, insegura de que él se riera de mí o dijera que no tenía tiempo ni ganas para hacer todo eso. Pero ninguna de esas palabras salió de la boca del chico.
—¿Nada más? —me preguntó, en cambio, entre la ironía y la sorpresa.
—No…
—¿Y cuánto te transfiero?
Ya me estaba arrepintiendo. Ser la novia falsa de ese engreído sin un ápice de problemas económicos sería un trabajo insoportable.
—Te dije que plata no quiero. Si vamos a hacer esto, vas a tener que aprender a escucharme.
—¿Entonces ya está? —preguntó Tomi, anonadado. Sus ojos verdes brillando bajo el sol—. ¿Aceptás?
Había millones de resultados catastróficos. La literatura me los había mostrado a todos: cada escenario, cada mundo y desenlace posible. Por una fracción de segundo, estuve a punto de dar media vuelta y regresar al ensayo, decirle a Tomi que no iba a funcionar, que nadie se tragaría el cuento de que él se había fijado en mí. Pero entonces recordé las lágrimas de Rubí, brillando sobre sus mejillas entre las estrellas y el humo que amenazaba con robarle los sueños. Recordé el suelo frío del lavadero donde sentí tanta vergüenza, y las palabras de mi amiga en la oscuridad “me hubiera gustado verte con alguien”. No podría vivir con la culpa si no lo intentaba por ella. Tenía que arriesgarme a confiar a ciegas en este desconocido y en mi fortaleza para no enamorarme de él. Porque estaba claro: Tomi Varela jamás se enamoraría de mí.
—Primero quiero que pongamos cláusulas y tengamos una especie de árbitro —dije—. No quiero terminar llorando por esto. Soy una chica sensible, te lo digo en serio.
Tomi volvió a colocarse los lentes de sol, como cerrando el asunto.
—Bueno, cuando termines acá te paso a buscar y ponemos todas las reglas que quieras.
Mi boca se contrajo en una mueca y me tapé el rostro con las manos. Era una pesadilla. Una pesadilla.
—¡Dios! ¡Lara Jean y Peter dijeron lo mismo! —exclamé, en voz alta—. ¡Esto es una pesadilla!
—¿Quiénes?
Tomi y yo parecíamos hablar dos idiomas diferentes. Sería un falso noviazgo muy difícil de afrontar.
—¡Nadie! Terminamos a las siete. Trae una hoja y una lapicera.
Tomi asintió con la cabeza y se dio media vuelta, aunque se detuvo para decirme, en un tono que intentaba ser coqueto:
—Dejate la peluca puesta, te queda lindo el rubio. Podía sentir las mejillas ardiendo de vergüenza.
—¡No empieces con tus fetiches raros! —le grité, antes de dar media vuelta y desaparecer por la puerta del teatro con el corazón acelerado.
Tomi me pasó a buscar a las siete y cuarto. Dos horas después estábamos sentados en un restaurante de comida rápida, escribiendo sobre una servilleta de papel reciclado porque olvidó traer la mitad de las cosas que le pedí.
Cláusulas del contrato para ser una pareja feliz y efectivamente falsa: