0 días desde la caída.
6:25 PM, Jueves 9, agosto del 2192.
"Un objeto raro cayó del cielo, no estaba identificado por los astrónomos, pero según grabaciones de satélites, salió del Sol."
—Bah, ni que fuera un meteorito. —Con eso, él guardó su celular, lo había sacado por una "noticia importante" que no dejaba de sonar, pero los eventos como ese a él no le importaban mucho.
El atardecer en la ribera junto al suave cantar de las olas siempre fue hermoso a los ojos de Cameron, era una costumbre para él: Caminar por la playa con pasos lentos y sin rumbo fijo.
Él se había mudado a la Playa Wasaga por esa misma razón, el ajetreo de la ciudad y la contaminación siempre lo habían disgustado, y la playa era un lugar donde podía relajarse. La paz del atardecer era lo que siempre buscaba y anhelaba, el ambiente playero y el sonido de las olas eran música para sus oídos.
Cameron se detuvo seco cuando vió algo: un chico rucio, de no más de treinta años, desnudo y desmayado en la orilla del mar. No parecía tener heridas ni ningún trauma, parecía que simplemente estaba durmiendo en la arena húmeda, el aire parecía hacerse más frío por la vista.
—... ¿Hey, estás bien? —Una pregunta tonta, pero parecía obligatoria para él, el rucio no se movió. Cameron se acercó lentamente y tratando de no alertar al desconocido o causar alguna incomodidad, tomó su muñeca suavemente y presionó ligeramente sus dedos en la arteria radial del chico, la pulsación era débil, pero estaba.
—Joder, ¿ahora qué hago? —Obviamente, Cameron no podía dejar a un chico desmayado en el aire libre, incluso en la playa, existe gente mala, y aunque él no lo conoce, su conciencia no lo dejaría dormir en paz. Con un suspiro, se quitó su abrigo y cubrió al rucio, al menos para taparlo un poco.
Después de unos minutos, notó que el chico comenzaba lentamente a recuperar la conciencia, estremeciéndose al sentir la tela de franela cálida en su piel mojada. Cameron lo observó con los ojos entrecerrados, dejando que el chico se recompusiera en silencio, notó como este empezo a toser, probablemente porque tragó arena sin saberlo.
—¿Estás bien?
El rucio levantó la mirada sin decir nada. Sus ojos llamaron la atención de Cameron al instante: Un color ámbar muy único, con pupilas hipnotizantes de un blanco puro.
—...Mhneg? —Fue todo lo que salió de los labios del joven, el contrario apretó los suyos, sin saber cómo responder.
—... ¿No sabes hablar? —El chico bajó la mirada antes de negar con la cabeza, entendía lo que él decía, pero no sabía modular. Cameron solo asintió, confundido.
—¿No tienes donde ir? —El rucio volvió a negar con la cabeza.
Cameron miró alrededor de la playa, asegurándose de que no hubieran miradas curiosas. La costa estaba vacía, en paz. Solo ellos dos estaban allí.
—... Mierda... escúchame, como parece que no recuerdas nada, te puedo llevar a mi cabaña para que te quedes esta noche y mañana veremos qué hacer, ¿te parece bien?
Pudo ver cómo los ojos del rucio brillaron ante sus palabras. Una sonrisa comenzó a formarse lentamente en sus labios.
—Nyeit!
—Tomaré eso como un sí...
Cameron ayudó con cuidado al joven a levantarse, notando cómo se esforzaba por mantenerse de pie a pesar de la clara falta de peso. El rucio se aferró a su brazo y al abrigo que lo cubría, tan confundido como él.
—Soy Cameron, por cierto... —El rucio lo miró por unos segundos, pero enseguida volvió a concentrarse en dónde pisaba. Sus pasos eran vacilantes y torpes, como un bebé aprendiendo a caminar.
Cameron lo esperó pacientemente. Después de todo, él joven parecía exhausto; era evidente que no representaba una amenaza si ni siquiera podía estar de pie por su cuenta.
La playa volvió a quedar en silencio. Solo los leves sonidos de pasos y el susurro de las olas volvían a reinar el ambiente, mientras ambos chicos se alejaban rumbo a la cabaña de Cameron.