Un contrato inconveniente

CAPÍTULO 1: La letra pequeña de las mentiras cómodas

Adriana López no temía quedarse sola.
Temía, eso sí, las reuniones familiares.

Especialmente aquellas donde el postre venía acompañado de frases como “¿y tú para cuándo?” o “se te está yendo el tren, hija”, dicha por alguien que jamás había tomado un tren en su vida.

La boda de su hermana menor era el evento del año.
Vestidos, flores, invitados, sonrisas falsas y un detalle no menor:
ella iba a asistir sola.

—No es presión, Adri —había dicho su madre por teléfono—. Es solo que… ya tienes treinta y tantos.
—Treinta y dos —corrigió Adriana, mecánicamente.
—Eso, hija. Treinta y tantos.

Como organizadora de eventos, Adriana sabía que había situaciones que podían controlarse.
Esta no era una de ellas.
Pero podía disfrazarla.

Por eso estaba sentada en una cafetería elegante, revisando su agenda mental, cuando escuchó una voz masculina decir:

—Si vuelve a insinuar que me va a presentar a la hija de una amiga, juro que me cambio de apellido.

Adriana levantó la vista.
No por curiosidad. Por solidaridad.

El hombre frente a ella —alto, traje sobrio, café demasiado cargado— parecía cansado. No del trabajo. De la vida… o de su madre.

—¿Madres? —preguntó ella, levantando ligeramente su taza.
—Madres —respondió él, resignado.

Mauricio Rodríguez tenía treinta y ocho años, era abogado, hijo único y víctima recurrente del síndrome “quiero nietos antes de morir”.
Ella no lo sabía aún. Pero lo iba a descubrir pronto.

Hablaron.
Primero de forma casual.
Luego con esa extraña comodidad que se da cuando dos personas reconocen el mismo problema… aunque con distinto apellido.

—Mi hermana menor se casa —dijo Adriana—.
—Mi madre quiere que yo también —respondió Mauricio.
—Yo no temo estar sola.
—Yo tampoco.
—Pero nuestras familias sí.

Se miraron.
Y entonces, como ocurre con las malas —y brillantes— ideas, surgió.

—¿Has considerado… fingir? —preguntó Mauricio, con tono profesional.
—¿Fingir qué?
—Una relación.
Adriana arqueó una ceja.
—¿Un novio falso?

Se quedaron en silencio.
Demasiado silencio para ser casual.

—Sería temporal —añadió él—.
—Con reglas —dijo ella.
—Con límites claros —insistió él.
—Y sin dramas —cerró Adriana.

Mauricio sonrió por primera vez.
Una sonrisa peligrosa.
De abogado que ya está redactando algo en su cabeza.

—Podríamos hacer un contrato.

Adriana rió.
Luego dejó de reír.

—¿Un contrato… contrato?
—Nada serio —mintió—. Solo para que esto no se vaya de las manos.

Pidieron otra ronda de café.
Y una hoja en blanco.

CONTRATO DE RELACIÓN TEMPORAL

(También conocido como “el acuerdo inconveniente”)

PARTES:
Adriana López y Mauricio Rodríguez, mayores de edad, mentalmente estables (según su propio criterio).

OBJETO:
Simular una relación sentimental exclusiva durante eventos familiares y sociales previamente acordados.

CLÁUSULAS:

  1. Duración:
    La relación tendrá vigencia limitada hasta la boda de la hermana menor de Adriana López.

  2. Contacto físico:
    Permitido: tomarse de la mano, abrazos breves, besos en la mejilla.
    Prohibido: besos prolongados, caricias innecesarias y cualquier acto que genere confusión emocional.

  3. Celos:
    No permitidos. Cualquier ataque de celos será considerado incumplimiento del acuerdo.

  4. Dormir juntos:
    Estrictamente prohibido. Incluso si “no significa nada”.

  5. Familia:
    Mauricio se compromete a soportar comentarios incómodos de la familia de Adriana.
    Adriana se compromete a sobrevivir a las indirectas de la madre de Mauricio.

  6. Sentimientos:
    Queda terminantemente prohibido enamorarse.

  7. Salida anticipada:
    Cualquiera de las partes podrá dar por terminado el acuerdo si la situación deja de ser conveniente.

Adriana leyó todo dos veces.
Mauricio esperó.

—Esto es absurdo —dijo ella.
—Lo sé.
—Y peligrosamente lógico.
—También lo sé.

Se miraron otra vez.
Esta vez con algo distinto.

Adriana tomó el bolígrafo.
Firmó.

Mauricio hizo lo mismo.

Ninguno de los dos leyó la cláusula invisible.
Esa que no estaba escrita.
La que siempre aparece cuando el amor ignora la letra pequeña.

Y así, con dos firmas y demasiada confianza, comenzó todo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.