La madre de Mauricio Rodríguez no creía en las casualidades.
Creía en señales, en presentimientos… y en nietos.
Por eso, cuando su hijo la llamó un martes por la mañana y dijo con una calma sospechosa:
—Mamá, hoy voy a almorzar contigo. Voy a llevar a alguien.
Ella no preguntó quién.
Preguntó a qué hora.
Adriana llegó al restaurante quince minutos antes.
No por nervios. Por costumbre. Los eventos importantes se preparan con antelación, incluso los falsos.
—Respira —se dijo—. Es solo una madre. No muerden.
Mauricio apareció puntual, impecable, peligrosamente tranquilo.
—¿Lista?
—No —respondió ella—. Pero el contrato no contempla la huida.
Él sonrió. Otra vez esa sonrisa que empezaba a resultarle incómodamente agradable.
La madre los esperaba sentada, perfectamente arreglada, con una expresión que mezclaba esperanza contenida y juicio anticipado.
—Mamá —dijo Mauricio—. Ella es Adriana.
La mujer la miró.
La evaluó.
La aprobó… demasiado rápido.
—¡Por fin! —exclamó, poniéndose de pie—. Pensé que iba a tener que conocer a mis nietos por catálogo.
Adriana parpadeó.
Mauricio carraspeó.
—Mucho gusto, señora —dijo Adriana, extendiendo la mano.
—Nada de señora, querida. Llámame Marta. Si estás con mi hijo, ya eres casi familia.
Casi, pensó Adriana.
Menos mal.
Se sentaron.
Pidieron café.
Y entonces comenzó el interrogatorio más amable del mundo.
—¿A qué te dedicas, Adriana?
—Soy organizadora de eventos.
—¡Maravilloso! ¿Y bodas?
—Muchas.
—¿Te gustan los niños?
—Depende —respondió ella con honestidad—. Los bien educados, sí.
Mauricio tosió para disimular la risa.
—¿Y cómo se conocieron? —preguntó Marta, inclinándose hacia adelante.
Adriana miró a Mauricio.
Mauricio miró a Adriana.
Habían olvidado ensayar esa parte.
—En una cafetería —dijo él—.
—Hablamos de… trabajo —añadió ella.
—Y de madres —cerró él.
Marta sonrió.
Una sonrisa peligrosa.
—Ah, claro. Las madres siempre unimos destinos.
Durante el almuerzo, Marta no dejó de observarlos.
Cada gesto.
Cada mirada.
—Se toman poco la mano —comentó de pronto.
Adriana sintió el codazo de Mauricio bajo la mesa.
Contacto físico permitido, recordó.
Mauricio tomó la mano de Adriana.
Y ahí estuvo el problema.
No fue el gesto.
Fue lo natural que se sintió.
Demasiado.
—Así —dijo Marta, satisfecha—. Ahora sí parecen una pareja.
Adriana sonrió.
Mauricio no la soltó.
Incumplimiento leve, pensó ella.
Totalmente innecesario, pensó él.
Nada grave, pensaron ambos… mientras ninguno hacía el menor intento por corregirlo.
—¿Y planes a futuro? —preguntó Marta, como quien pregunta la hora.
—Estamos yendo despacio —respondió Adriana con elegancia.
—Muy despacio —confirmó Mauricio.
—Bueno —suspiró Marta—. Pero no demasiado. El amor no espera.
Adriana sintió algo extraño.
No culpa.
No miedo.
Algo parecido a… incomodidad emocional.
Al despedirse, Marta abrazó a Adriana con una calidez inesperada.
—Cuídalo —le dijo en voz baja—. Es buen hombre. Solo le cuesta confiar.
Adriana asintió.
No estaba preparada para esa información.
Cuando caminaron hacia el auto, el silencio se instaló entre ellos.
—Lo hiciste bien —dijo Mauricio.
—Tu madre es intensa.
—No tienes idea.
Adriana se detuvo.
—Tenemos que ajustar el contrato.
—¿Por qué?
—Porque tu madre no cree en las mentiras a medias.
—¿Y eso qué implica?
Ella lo miró.
Él la miró.
—Más contacto —dijo ella.
—Más actuación —dijo él.
—Más peligro —pensaron ambos.
Ninguno mencionó que, por primera vez, el acuerdo ya no se sentía tan inconveniente.
Y eso…
no estaba en ninguna cláusula.