Adriana había organizado bodas con más de trescientos invitados, quince proveedores y novias al borde del colapso.
Nada de eso la había preparado para presentar a un novio —falso— a su familia.
—Recuerda —le dijo a Mauricio antes de bajar del auto—: sonríe, asiente y no contradigas a mi madre.
—¿Eso está en el contrato?
—Es una cláusula tácita de supervivencia familiar.
La casa estaba llena.
Demasiado llena.
Globos, listas de invitados pegadas en la nevera, muestras de centros de mesa y una palabra flotando en el aire: boda.
—¡Adriana! —gritó su madre desde la cocina—. Llegas tarde.
Mentira, pensó ella. Pero no discutió.
—Mamá —dijo con tono ensayado—. Él es Mauricio.
Silencio.
Tres segundos.
Cuatro.
—¿Mauricio? —repitió su madre—. ¿El Mauricio?
Adriana frunció el ceño.
—No hay otro.
La madre sonrió.
Demasiado.
—Pasa, hijo. Siéntete como en casa.
Eso nunca era buena señal.
Las hermanas aparecieron enseguida.
Claudia, la del medio, experta en comentarios incómodos.
Y Laura, la menor, la novia radiante, la razón de todo este desastre emocional.
—¡Así que tú eres el famoso novio! —dijo Claudia, evaluándolo como si fuera un electrodoméstico caro.
—Encantado —respondió Mauricio, educado—. Espero no venir sin garantía.
Claudia rió.
Adriana no.
—¿Cuánto tiempo llevan juntos? —preguntó Laura, abrazando a Adriana con emoción genuina.
Adriana abrió la boca.
Mauricio habló primero.
—El tiempo suficiente para saber que no llegué tarde.
Adriana lo miró.
Buen movimiento, pensó, molesta consigo misma por admitirlo.
Se sentaron todos alrededor de la mesa.
La boda era el tema central.
Y, como era de esperarse, Adriana el secundario.
—Ya era hora, hija —dijo su madre sirviendo café—. Pensé que ibas a venir sola.
Adriana apretó los labios.
Mauricio le tomó la mano.
Otra vez.
Y otra vez fue demasiado natural.
—Es abogado —dijo Adriana, casi a modo de defensa preventiva.
—¡Ay, bendito sea Dios! —exclamó la madre—. Alguien serio por fin.
Incumplimiento emocional número dos, pensó Adriana.
—¿Y planes? —preguntó Claudia, con sonrisa venenosa.
—Vamos despacio —respondió Adriana.
—Pero firmes —añadió Mauricio.
La madre de Adriana asintió satisfecha.
Laura sonrió emocionada.
Claudia frunció el ceño, decepcionada de no encontrar grietas.
—¿Se van a quedar a almorzar? —preguntó la madre.
—Claro —respondió Mauricio antes de consultar.
Adriana lo miró.
Él se inclinó y susurró:
—Actuación comprometida.
Almorzaron.
Rieron.
Sobrevivieron.
Hasta que llegó el momento fatal.
—Mauricio —dijo la madre—. ¿Tú quieres hijos?
Adriana se atragantó con el agua.
Mauricio no.
—Sí —respondió con calma—. Algún día.
La madre sonrió como si ya tuviera nietos corriendo por la casa.
Adriana sintió algo incómodo.
No era miedo.
Era… vértigo.
Cuando por fin salieron, Adriana cerró la puerta del auto y apoyó la cabeza en el asiento.
—Tenemos que hablar.
—Lo sé —dijo Mauricio.
—Esto se está saliendo de control.
—Técnicamente, lo estamos haciendo muy bien.
Ella lo miró.
—No hablaste del futuro con tu madre.
—Tú no me lo prohibiste.
Silencio.
—Hay que ajustar el contrato —dijo ella.
—Otra vez.
—Esta vez en serio.
Mauricio asintió.
—Porque si seguimos así…
—…esto deja de ser una mentira —completó él.
Se miraron.
Demasiado tiempo.
Y ninguno quiso ser el primero en soltar la mano.
El caos ya estaba activado.
Y el acuerdo… empezaba a volverse peligrosamente real.