Si había algo que Adriana dominaba, era el arte de los eventos sociales.
Sabía cuándo sonreír, a quién saludar y cómo sostener una copa sin derramar ni una gota… incluso cuando la vida empezaba a hacerlo por dentro.
Lo que no había previsto era asistir a uno tomada del brazo de un novio falso que parecía demasiado cómodo en el papel.
—Recuerda —le dijo en el auto—: hoy somos funcionales.
—Siempre lo somos —respondió Mauricio.
—No. Hoy somos creíbles.
—Eso suena peor.
El evento era una inauguración elegante. Música suave, luces cálidas, conversaciones que no importaban y copas que sí.
Adriana había organizado algo parecido mil veces.
Nunca desde el otro lado.
—¿Lista? —preguntó Mauricio.
—No —respondió ella—. Pero el contrato tampoco contempla excusas.
Entraron.
Y todo cambió.
—¡Adriana! —exclamó una colega—. ¡Por fin te vemos acompañada!
Acompañada.
Como si estuviera incompleta antes.
Mauricio sonrió con la seguridad de quien ya había ensayado mentalmente ese momento.
—Mauricio —se presentó—. Encantado de ser el motivo.
Adriana lo miró.
Demasiado bueno, pensó.
Demasiado natural.
Las presentaciones se sucedieron.
Las miradas también.
—Tu novio es… interesante —comentó una amiga al oído de Adriana.
—Lo sé —respondió ella, con un orgullo que no estaba en ninguna cláusula.
Mauricio hablaba.
Escuchaba.
Encantaba.
Y eso empezó a molestarla.
—¿Te importa? —preguntó él en voz baja, acercándose demasiado—.
—¿Qué cosa?
—Que me esté robando el show.
Ella le lanzó una mirada peligrosa.
—No estaba contemplado que gustaras tanto.
—Celos no permitidos —respondió él, divertido.
Se acercó una mujer.
Alta. Elegante. Demasiado segura.
—Mauricio —dijo—. ¿No me vas a presentar?
Adriana tensó la mandíbula.
—Perdón —respondió él—. Adriana, ella es Paula.
—Un gusto —dijo Paula, midiendo a Adriana de arriba abajo—. ¿Amiga?
Mauricio rodeó la cintura de Adriana sin pensarlo.
—Mi pareja.
Silencio.
Adriana sintió el gesto antes de procesarlo.
Calor. Seguridad. Algo peligrosamente parecido a pertenecer.
—Ah —sonrió Paula—. No lo sabía.
Se fue.
—Eso fue innecesario —susurró Adriana.
—Eso fue actuación —respondió él, sin soltarla.
Demasiado cerca.
Demasiado bien.
Se alejaron hacia una esquina más tranquila.
—Tenemos que recordar por qué estamos haciendo esto —dijo Adriana.
—Para evitar preguntas incómodas.
—Exacto.
—Y para no involucrarnos emocionalmente.
Adriana bebió un sorbo largo de su copa.
—¿Y cómo vamos?
—Fatal —admitió Mauricio.
Rieron.
Una risa compartida. Real.
—Esto no estaba en el plan —dijo ella.
—Nada bueno lo está —respondió él.
Se quedaron en silencio.
El tipo de silencio que no incomoda.
El tipo que asusta.
—Tenemos que ajustar el contrato otra vez —dijo Adriana, finalmente.
—Deberíamos —aceptó él—. Antes de que alguien salga herido.
Se miraron.
Esta vez ninguno mencionó el contrato.
Y eso fue lo más peligroso de la noche.
La prueba de fuego había terminado.
Y ambos sabían que habían pasado…
justo cuando empezaban a perder el control.