La tormenta no estaba en el pronóstico.
Como muchas cosas últimamente.
—No creo que puedas manejar así —dijo Mauricio mirando la lluvia caer con entusiasmo dramático.
—He manejado peores cosas —respondió Adriana—. Incluyendo relaciones mal elegidas.
Un trueno sonó como si el cielo estuviera opinando.
—Ok, eso fue intimidante —admitió ella.
Mauricio miró su reloj.
Luego la lluvia.
Luego a ella.
—Quédate.
—¿A dormir?
—A no morir electrocutada en una calle mal iluminada.
—Eso no está en el contrato.
—Tampoco está prohibido compartir techo.
Adriana suspiró.
—Dormimos separados.
—Obviamente.
—Sin conversaciones profundas.
—Después de las diez no existimos.
—Y sin contacto físico innecesario.
—Adriana, ni que estuviéramos en una telenovela.
Diez minutos después, ella estaba en el sofá con una manta y una taza de té.
Él, en la cocina, revisando si tenía algo que no fuera café.
—Solo hay galletas que vencieron hace… —miró el paquete— …dos años.
—Perfecto, morimos pero juntos —respondió ella desde el sofá.
Se sentó frente a ella, en el borde del sillón individual.
—Gracias por quedarte —dijo él.
—Gracias por no dejarme salir a una película de terror versión climática.
Silencio cómodo.
Peligroso.
—¿Siempre sigues todas las reglas? —preguntó Mauricio.
—Casi siempre.
—¿Y cuando no?
—Cuando algo vale la pena.
Se miraron.
Tres segundos.
Cuatro.
—Infracción —dijo él en voz baja.
Adriana se acomodó la manta.
—Tú también estabas mirando.
Otro trueno.
—Puedes usar mi cama si quieres —dijo Mauricio—. Yo me quedo en el sofá.
—Ni hablar. Esto es mío.
Él sonrió.
—Eres muy territorial para alguien que odia el contacto físico innecesario.
—Estoy defendiendo territorio neutral.
Se rieron.
Pasó una hora.
Luego otra.
Hablaron de cosas pequeñas.
De trabajo.
De películas malas.
De manías ridículas.
Sin darse cuenta, Adriana se quedó dormida.
Mauricio la miró.
El cabello desordenado.
La respiración tranquila.
Y una certeza que no estaba en el contrato: no quería despertarla.
Buscó otra manta.
Se la acomodó con cuidado.
Y entonces ella murmuró:
—Mauricio…
Él se quedó inmóvil.
—Sí…
—No te vayas.
No lo dijo como una orden.
Lo dijo como alguien que no quiere quedarse sola en medio de la noche.
Se sentó en el extremo del sofá.
Sin tocarla.
—No me voy.
Se quedaron así.
Despiertos.
Callados.
Demasiado cerca.
Sin dormir juntos.
Pero tampoco separados.
A la mañana siguiente, Adriana abrió los ojos y lo encontró dormido en el sillón, con la cabeza inclinada incómodamente.
Por primera vez, no pensó en el contrato.
Pensó en despertarlo con café.
Y eso…
definitivamente no estaba en ninguna cláusula.