Adriana despertó con una sensación extraña.
No era alarma.
No era prisa.
Era calma.
Tardó unos segundos en recordar dónde estaba.
El sofá.
La manta.
El silencio.
Y entonces lo vio.
Mauricio dormía en el sillón, en una posición que claramente no estaba aprobada por ningún fisioterapeuta.
Tenía el ceño levemente fruncido, como si incluso dormido analizara contratos invisibles.
Adriana se incorporó despacio.
Demasiado despacio para alguien que supuestamente no debía observarlo.
No es íntimo, se dijo.
Es cortesía visual.
Fue a la cocina.
No porque tuviera hambre.
Porque hacer café parecía la decisión más segura en ese momento.
El aroma llenó el departamento cuando él apareció, despeinado, con la camisa arrugada y una expresión entre confundida y peligrosamente atractiva.
—Buenos días —dijo él, rascándose la nuca.
—Dormiste… mal —respondió ella, señalando el sillón.
—Tú dormiste —replicó—. Yo hice guardia nocturna.
Se miraron.
Una sonrisa pequeña.
Cómplice.
No contractual.
—Gracias por quedarte —dijo Adriana, entregándole una taza.
—Gracias por el café.
—Eso tampoco está en el contrato.
—Estoy empezando a sospechar que el contrato es inútil.
Se sentaron a la mesa.
En silencio.
Un silencio distinto.
Cálido.
Doméstico.
—¿Siempre desayunas así? —preguntó Mauricio.
—Café fuerte y pan tostado. No confío en mañanas demasiado dulces.
—Yo tampoco —admitió él—. Pero hoy…
Se encogió de hombros.
—Hoy está bien.
Adriana sintió algo incómodo.
No miedo.
No emoción exagerada.
Familiaridad.
—Tenemos que hablar —dijo ella de pronto.
—Eso suena a ruptura.
—Suena a… realidad.
Mauricio apoyó los codos sobre la mesa.
—Anoche no pasó nada.
—Exacto —dijo Adriana—. Y eso es lo que pasó.
Silencio otra vez.
—Nos estamos acostumbrando —continuó ella—. A esto.
—¿A qué?
—A compartir espacios.
—A cuidarnos —añadió él.
Adriana levantó la vista.
—Eso sí está prohibido.
—No lo escribimos —respondió él.
Se miraron.
Tres segundos.
Cuatro.
—Infracción —murmuró ella.
Mauricio sonrió.
—Deberíamos poner una cláusula sobre las mañanas.
—Las mañanas son peligrosas —dijo Adriana—. La gente baja la guardia.
Él se levantó, tomó su taza y fue al fregadero.
—Puedes quedarte a desayunar —dijo sin mirarla—. O irte. Como prefieras.
Ella dudó.
El contrato.
La comodidad.
El miedo.
Se quedó.
—Solo un rato —dijo.
Mauricio asintió, satisfecho.
Ninguno mencionó que ese “rato” se parecía demasiado a una costumbre.
Ni que, por primera vez, la mentira empezaba a sentirse como hogar.
Y eso…
era el mayor incumplimiento hasta ahora.