Un contrato inconveniente

CAPÍTULO 8: Una cena fuera de cláusula

El desacuerdo no llegó con una pelea.
Llegó con un mensaje.

Adriana lo leyó dos veces, apoyada en la encimera de la cocina, todavía con el eco del desayuno compartido rondándole el pecho.

Mamá quiere que vengamos a cenar el sábado.

CENAR.
No almorzar.
No pasar un rato.

Cenar era íntimo.
Cenar era quedarse.
Cenar era peligroso.

—No —escribió ella, demasiado rápido.

El teléfono vibró casi de inmediato.

Es solo una cena.
Estamos haciendo esto juntos.

Estamos, pensó Adriana.
Y algo se tensó.

Cuando se encontraron esa noche, la incomodidad ya estaba instalada.
No flotaba.
Pesaba.

—No puedo —dijo Adriana sin rodeos.
—¿No quieres? —corrigió Mauricio.
—No es lo mismo.
—Para mí sí.

Silencio.

—Esto ya está cruzando límites —continuó ella—. No familiares. Emocionales.

Mauricio frunció el ceño.

—Anoche no dijiste eso.
—Anoche fue un error.
—¿Dormir aquí fue un error?

Ella dudó.
Y ese segundo lo dijo todo.

—Esto se está pareciendo demasiado a algo real —dijo Adriana al fin—. Y no fue lo que acordamos.

Mauricio respiró hondo.

—¿O es que ahora te asusta?
—No me asusta.
—Te estás alejando.
—Me estoy protegiendo.

Se miraron.
No había ironía.
No había humor.

—Yo no quiero que esto se vuelva cómodo —dijo ella—. Porque lo cómodo duele cuando se rompe.

Mauricio apretó la mandíbula.

—Yo no quiero seguir fingiendo que no me importa —respondió—. Porque eso también duele.

El silencio que siguió fue distinto.
Frío.
Lleno de palabras no dichas.

—Tenemos que volver a las reglas —dijo Adriana—. A lo que era antes.
—Antes no funcionaba.
—Ahora es peligroso.

Mauricio asintió lentamente.

—Entonces pongamos límites claros —dijo—. De verdad.

Sacó el contrato del bolso.
Arrugado.
Usado.
Ridículo.

—Nada de noches improvisadas.
—Nada de desayunos juntos.
—Nada de mensajes que no sean necesarios.
—Nada de nosotros —dijo Adriana, con la voz firme y el pecho apretado.

Mauricio escribió.
Uno por uno.

Cuando terminó, empujó el papel hacia ella.

—¿Firmamos otra vez?

Adriana tomó el bolígrafo.
La mano le tembló.

Firmó.

Mauricio firmó después.

—Listo —dijo él—. Todo claro.

Adriana asintió.

Se despidieron con un beso en la mejilla.
Correcto.
Distante.
Permitido.

Cuando Adriana salió, Mauricio se quedó mirando el contrato.

Por primera vez, entendió algo con una claridad brutal:
el desacuerdo no era sobre reglas.

Era sobre quién estaba dispuesto a perder primero.

Y ninguno de los dos quería serlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.