Adriana estaba en medio de una reunión cuando el teléfono vibró.
No debía mirar.
No quería mirar.
Lo hizo igual.
¿Puedes llamarme? Es urgente.
El mensaje era de Claudia.
Su hermana.
Nunca escribía así.
El corazón se le apretó antes de que pudiera responder.
—Disculpen —dijo, levantándose—. Tengo que salir.
La llamada entró de inmediato.
—Adri… —la voz de Claudia temblaba—. Mamá se desmayó.
El mundo se redujo a una sola frase.
—¿Dónde están?
—En la casa. Ya llamamos a la ambulancia.
Adriana colgó con manos frías.
No pensó.
No evaluó.
Marcó el número de Mauricio.
Contestó al primer tono.
—Necesito que vengas conmigo —dijo ella sin preámbulos—. Ahora.
—¿Qué pasó?
—Mi mamá.
Eso fue suficiente.
Treinta minutos después, Mauricio estaba frente a su edificio.
No preguntó.
No opinó.
Solo abrió la puerta del auto.
Durante el trayecto, Adriana apretó las manos sobre el regazo.
Mauricio condujo en silencio, concentrado, sólido.
—Gracias —susurró ella.
—Estoy aquí —respondió él.
Y no sonó como actuación.
En la sala de urgencias, el tiempo se volvió una cosa viscosa.
Lento.
Cruel.
Claudia lloraba.
Laura caminaba de un lado a otro.
—¿Quién es? —preguntó Laura, mirando a Mauricio.
Adriana dudó un segundo.
—Mi… pareja.
Mauricio le rodeó los hombros.
Nadie lo cuestionó.
Esperaron.
Las luces blancas.
El olor a desinfectante.
El miedo.
Cuando el médico salió, Adriana se puso de pie de un salto.
—Fue una baja de presión —explicó—. Está estable. Necesita observación.
Las piernas de Adriana cedieron.
Mauricio la sostuvo antes de que cayera.
No la soltó.
—Estoy bien —murmuró ella.
—No lo estás —respondió él con suavidad.
La llevaron a ver a su madre.
Pálida. Dormida. Vulnerable.
Adriana se quebró ahí.
En silencio.
Sin permiso.
Mauricio se quedó a su lado.
Sin tocar el contrato.
Sin mirar el reloj.
Horas después, sentados en el pasillo, Adriana habló por fin.
—No quería llamarte.
—Pero lo hiciste.
—Porque sabía que vendrías.
Él la miró.
—Siempre.
Ese siempre no estaba permitido.
Pero era verdad.
—Esto ya no es una mentira —dijo Adriana, agotada.
—Lo sé.
—Y tengo miedo.
—Yo también.
Se miraron.
Cansados.
Honestos.
Mauricio tomó su mano.
No como novio falso.
Como refugio.
Y Adriana no la soltó.
En ese pasillo de hospital, sin testigos y sin contrato, algo quedó claro:
cuando importa de verdad, no hay reglas que aguanten.
Y el acuerdo…
acababa de romperse para siempre.