Un contrato inconveniente

CAPÍTULO 10: Cláusula de retirada

El lunes llegó como llegan las cosas que no quieres enfrentar:
demasiado rápido.

Adriana despertó antes que el despertador.
Se quedó mirando el techo, contando respiraciones que no la calmaban.

No había pasado nada.
Y, sin embargo, había pasado todo.

La imagen de la mano de Mauricio sosteniéndola en el hospital regresó sin pedir permiso. No como un recuerdo romántico, sino como algo peor: seguridad.

Se incorporó de golpe.

—No —murmuró—. Esto no estaba en el plan.

En la cocina, el contrato seguía sobre la mesa.
Dobladito.
Inocente.
Mentiroso.

Adriana lo tomó, lo leyó por encima, como si buscara una salida de emergencia que no recordaba haber firmado.

Cláusula sexta: “Cualquiera de las partes podrá dar por terminado el acuerdo sin explicaciones.”

Perfecto.

Envió un mensaje.

Creo que necesitamos hablar. Hoy.

Mauricio respondió minutos después.

De acuerdo. Paso por tu oficina a las seis.

Seis.
Demasiado cerca.

Demasiado definitivo.

Durante el día, Adriana fue una organizadora de eventos impecable y una mujer emocionalmente en fuga. Sonreía, daba instrucciones, revisaba listas… y huía mentalmente cada vez que alguien decía la palabra familia.

A las seis en punto, Mauricio estaba ahí.

Demasiado puntual.
Demasiado serio.

—¿Café? —ofreció ella.
—Mejor no —respondió él.

Eso ya era una señal.

Se sentaron frente a frente. El contrato entre ellos como una tercera persona incómoda.

—Quiero terminar esto —dijo Adriana sin rodeos.

Mauricio no se sorprendió.
Eso fue lo que más dolió.

—¿Por qué?
—Porque se nos fue de las manos.

—¿Cuándo?
—En el hospital.

Él apoyó los codos en la mesa.

—Eso no fue parte del acuerdo.
—Exacto.

Silencio.

—No podemos seguir fingiendo algo que ya no es fingido —continuó ella—. Yo no quiero depender de nadie. No quiero… esto.

Mauricio la miró largo.

—¿Esto qué es, Adriana?
—Complicado.

—Honesto.

Esa palabra la golpeó más fuerte que cualquier reclamo.

—No puedo —dijo ella finalmente—. No ahora.

Mauricio asintió despacio.

—Entonces activamos la cláusula sexta.

Tomó el contrato.
Sacó un bolígrafo.

—Firma aquí.

Adriana lo miró.
Su nombre impreso.
La línea esperando.

La mano le tembló.

Firmó.

Mauricio hizo lo mismo.

El sonido del papel al cerrarse fue demasiado definitivo para algo que no había terminado de empezar.

—Cumpliré con la boda de tu hermana —dijo él—. Es lo justo.

—No tienes que hacerlo.
—Sí tengo.

Se levantó.

—Gracias… por todo —añadió ella.

Mauricio se detuvo en la puerta.

—Eso es lo peor, Adriana.
—¿Qué cosa?
—Que no fue “todo”. Apenas estaba empezando.

Se fue sin esperar respuesta.

Adriana se quedó sola.
Con un contrato terminado.
Con una paz que no se sentía como paz.

Esa noche, al guardar el documento en un cajón, se dijo que había hecho lo correcto.

Pero el silencio del departamento no estuvo de acuerdo.

Y por primera vez en mucho tiempo, Adriana no temió estar sola.

Temió haber huido demasiado pronto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.