Un contrato inconveniente

CAPÍTULO 11: Una boda y seguir la corriente

Adriana marcó el número tres veces antes de atreverse a dejar que sonara.

—¿Sí? —respondió Mauricio, formal… demasiado formal.

—Yo… —tragó saliva—. La boda es este sábado.

Silencio.

—Lo sé.

—Y sé que ya no tenemos contrato —dijo rápido, como si temiera arrepentirse—, pero todo esto empezó para no ir sola. Y ahora… tener que explicar por qué no estás, por qué ya no hay “novio”, va a ser peor que todo el drama junto.

—¿Me estás pidiendo que vaya? —preguntó él con calma peligrosa.

—Te estoy pidiendo que me acompañes. Solo a la boda. Después… ya veremos.

Mauricio cerró los ojos.

—Eso no es buena idea, Adriana.

—Lo sé —dijo ella—. Pero aun así la necesito.

Otra pausa.

—Paso por ti el sábado a las cinco —dijo finalmente.

Y colgó antes de que ella pudiera agradecerle.

El sábado llegó vestido de nervios.

Adriana se miró al espejo demasiadas veces para alguien que “solo estaba fingiendo”.
Vestido sencillo, elegante… y un nudo en el estómago que no combinaba con nada.

Cuando Mauricio tocó la puerta, su corazón se adelantó tres pasos.

Él estaba… peligrosamente guapo.
Traje oscuro, sonrisa contenida, mirada que no sabía si abrazar o salir corriendo.

—Hola —dijeron al mismo tiempo.

Incómodo.
Familiar.
Demasiado correcto para dos personas que no estaban bien.

En la boda fueron perfectos.

Sonrieron.
Saludaron.
Posaron para fotos.
Soportaron comentarios del tipo: “ya era hora”, “se ven tan enamorados” y “quiero nietos pronto” por ambos bandos.

Adriana reía.
Mauricio actuaba.

Y ambos se evitaban justo lo suficiente para no tocar el tema que ardía entre ellos.

Hasta que la música cambió.

Una canción lenta.
Romántica.
Cruel.

—¿Bailamos? —preguntó él, por inercia.

—Claro —respondió ella, por costumbre.

Y entonces, sin testigos importantes, sin contratos, sin excusas… se miraron de verdad.

Las manos de Mauricio en su cintura no estaban fingiendo.
El pulso de Adriana contra su pecho tampoco.

—Esto no es buena idea —susurró ella.
—Nunca lo fue —respondió él.

Pero no se soltaron.

Cuando salieron del salón, el aire fresco no ayudó en absoluto.

—Deberíamos irnos —dijo Adriana.
—Sí —dijo Mauricio.

Ninguno se movió.

Se miraron.
Otra vez.

Y entonces pasó.

No fue un beso tímido.
Fue un por fin.

Un beso largo, profundo, cargado de todo lo que no se dijeron cuando firmaron el contrato y cuando lo rompieron.

Adriana lo sujetó de la chaqueta.
Mauricio la acercó como si temiera que desapareciera.

—Esto no estaba en el plan —murmuró ella contra sus labios.
— Ya no hay plan —respondió él antes de volver a besarla.

Se separaron apenas para respirar.

—Esto va a complicarlo todo —dijo Adriana.
— Ya estaba complicado desde que te importo —dijo Mauricio, sin humor.

Y esa verdad cayó entre ellos como una bomba suave… pero inevitable.

Regresaron al auto en silencio.
Con las manos demasiado cerca.
Con el corazón peligrosamente despierto.

El contrato había terminado.
Pero lo que sentían… acababa de empezar de verdad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.