Adriana todavía tenía el eco del beso en los labios cuando el celular de Mauricio vibró.
—Es mi mamá —dijo él, mirando la pantalla como si acabara de ver aparecer a Voldemort sin varita.
—No contestes —susurró Adriana.
—Si no contesto, viene.
—¿Cómo que viene?
—Como una madre latinoamericana con radar emocional.
Contestó.
—Hola, mamá.
La voz al otro lado no necesitaba volumen para imponer autoridad.
—Hijo, ya estoy en la ciudad. Pensé pasar a saludarlos.
Adriana abrió los ojos como platos.
—¿Saludarnos… hoy? —repitió Mauricio.
—Claro, ¿no están juntos? —dijo ella, sospechosamente dulce.
Adriana le arrebató el teléfono.
—¡Hola, señora Rodríguez! Qué alegría escucharla.
—¡Adriana, querida! Justamente iba para allá.
Mauricio cerró los ojos.
Treinta minutos después, el departamento estaba en modo “pareja feliz improvisada”.
Cojines acomodados.
Tazas estratégicamente colocadas.
Y Adriana sentada demasiado cerca de Mauricio como para que eso pareciera normal… o seguro para su autocontrol.
Sonó el timbre.
—Respira —murmuró él.
—No puedo, estoy viviendo una telenovela en tiempo real.
La señora Rodríguez entró con sonrisa amplia, bolso grande y mirada escaneadora profesional.
—¡Mis niños!
Abrazo para Mauricio.
Abrazo para Adriana.
Evaluación silenciosa nivel FBI.
—Qué bonito tu vestido, Adriana —dijo—. Muy apropiado para alguien que ya piensa en familia.
Adriana sonrió. Tensa.
—Gracias…
—¿Y cómo están ustedes? —preguntó sentándose—. Los noto… distintos.
Mauricio carraspeó.
—Bien, mamá. Todo normal.
—Normal no es palabra de enamorados —sentenció ella—. ¿Pelearon?
Adriana y Mauricio se miraron.
—No —dijeron al mismo tiempo.
Mala señal.
—¿Entonces?
Antes de que alguno pudiera mentir, la madre sacó el celular.
—Porque tu tía me dijo que no te vio en la boda… y tú juraste que irías con Adriana.
Silencio mortal.
Adriana reaccionó primero.
—Sí fuimos —dijo—. Pero salimos temprano.
—¿Ah sí? —sonrió la señora—. Qué raro, porque hay fotos circulando… y ustedes no salen en ninguna.
Mauricio abrió la boca.
Adriana lo interrumpió.
—Nos escapamos un rato —dijo—. A tomar aire.
La madre los miró.
Lento.
Letal.
—¿Y eso explica por qué mi hijo parece que no ha dormido en dos días?
Mauricio tragó saliva.
—Mamá…
—¿Están juntos o no?
La pregunta cayó como bomba sin cronómetro.
Adriana sintió el impulso de huir.
Mauricio sintió el impulso de decir la verdad.
Ambos se quedaron en silencio.
—Porque si no lo están —continuó ella—, yo no pienso seguir fingiendo que no noto la tensión romántica que se puede cortar con cuchillo.
Adriana se levantó de golpe.
—Señora Rodríguez, yo…
—Estamos juntos —dijo Mauricio, firme.
Adriana giró hacia él, en shock.
—Mauricio…
—No sé en qué punto estamos —continuó él—, pero no voy a negar que me importa. Y mucho.
La madre lo miró, sorprendida… y luego sonrió satisfecha.
—Por fin dices algo con sentido.
Adriana sintió que el corazón se le subía a la garganta.
—Esto no era parte del plan —susurró.
—Ya no hay plan —repitió él, mirándola con la misma intensidad que en el estacionamiento.
La madre se levantó.
—Bueno, yo ya confirmé lo que necesitaba —dijo tomando su bolso—. Los dejo… resolver lo que claramente ya existe.
Se detuvo en la puerta.
—Y por cierto, Adriana… si vas a huir, hazlo rápido. Porque mi hijo, cuando se enamora, no suelta fácil.
Cerró la puerta.
Silencio absoluto.
—Genial —murmuró Adriana—. Ahora tu mamá cree que somos una historia de amor en proceso.
—¿Y no lo somos?
Ella lo miró.
Con miedo.
Con deseo.
Con esa mezcla peligrosa que ya no se puede firmar ni cancelar.
—Eso es lo que me asusta —susurró.
Y esta vez, ninguno supo qué decir.