Un contrato inconveniente

CAPÍTULO 13: No había cláusula para eso

El silencio después de que la madre de Mauricio se fue era… peligroso.

No incómodo.
No tenso.
Peligroso.

Adriana caminaba de un lado a otro del departamento.

—Esto es una locura —murmuraba—. Tu mamá piensa que estamos juntos, mi familia cree que somos la pareja estable del año, nosotros rompimos un contrato que ya no existe y…

—Y nos besamos como si no hubiera cámaras ni testigos —añadió Mauricio, apoyado en la pared, observándola.

Ella se detuvo.

—No fue planeado.
—Nada entre nosotros lo ha sido.

Se miraron.

Otra vez ese silencio.
Pero ahora distinto.
Más lento.
Más consciente.

—Adriana… —dijo él, acercándose despacio—. Yo no quiero seguir fingiendo que esto es solo un favor.

—Yo tampoco —susurró—. Pero me da miedo que sea más.

—A mí me da miedo que no lo sea… y que aun así ya no pueda fingir que no me importas.

Ese fue el punto exacto donde todo se desarmó.

No fue un beso impulsivo.
Fue una decisión.

Mauricio la besó despacio, como preguntando.
Adriana respondió como si llevara días queriendo decir que sí.

No hubo prisa.
Pero tampoco hubo marcha atrás.

Las manos buscaron, los cuerpos se acercaron, las respiraciones se olvidaron del contrato, de las madres, de los ex, de todo.

—Esto ya no es un accidente —murmuró ella entre besos.
—No —respondió él—. Esto es exactamente lo que quiero.

Cuando finalmente se separaron, ya era tarde para fingir normalidad.

Se quedaron sentados en el sofá, demasiado cerca, con la sensación de que algo importante había cambiado.

—Y ahora… —dijo Adriana, nerviosa—. ¿Qué se supone que hacemos?

Mauricio sonrió, suave, sincero.

—Lo que las personas que se gustan hacen. Ver si esto… puede ser real.

Adriana apoyó la cabeza en su hombro.

Por primera vez, no pensó en huir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.