Adriana estaba de buen humor.
Eso ya era sospechoso.
Habían desayunado juntos.
Habían reído.
Habían hablado de cosas normales.
Casi… pareja.
Adriana revisaba presupuestos con una sonrisa tonta que no combinaba con su reputación de mujer eficiente. Mauricio había pasado a dejarle café, se habían rozado las manos y por primera vez pensó: esto podría funcionar.
El timbre sonó.
—¿Esperas a alguien? —preguntó Mauricio, que había ido a llevarle café como excusa descaradamente romántica.
—No…
Adriana abrió la puerta.
Y ahí estaba.
El universo, en su infinita creatividad para arruinar momentos felices, decidió mandar al pasado con camisa planchada.
Mauricio apareció detrás de ella.
—¿Todo bien?
El ex sonrió.
—Hola, Adri —dijo él, con esa voz que antes le había parecido segura y ahora solo le sonaba conocida—. ¿Podemos hablar?
El estómago se le cerró.
—No es buen momento.
—Nunca lo es, contigo —respondió él—. Pero necesito decirte algo. Pero, veo que no estás sola.
Mauricio se colocó a su lado, tranquilo, firme.
—¿Todo bien?—insisistió— ¿Quién es?
—Sí —mintió Adriana—. Es… alguien del pasado.
—Ex —aclaró él, con media sonrisa—. Y no vine por nostalgia.
Eso fue peor.
—Vaya… así que es verdad.—dijo el ex—.
—¿Qué cosa? —preguntó Adriana, ya incómoda.
—Que ya tienes reemplazo.
Silencio incómodo número mil.
—No estoy aquí para pelear —dijo el ex—. Solo quería hablar contigo. A solas.
Mauricio apretó la mandíbula.
—No es buen momento —dijo Adriana.
Mauricio dio un paso al frente.
—Lo que tengas que decirle, lo puedes decir conmigo presente.
El ex lo miró de arriba abajo.
—¿Y tú eres…?
—El que está con ella —respondió Mauricio sin dudar.
Adriana lo miró, sorprendida… y peligrosamente conmovida.
El ex suspiró.
—Perfecto. Entonces será rápido. Adriana… me voy del país.
—¿Y yo que tengo ver en eso? —Entonces dime qué quieres —dijo Adriana, cruzándose de brazos.
El ex respiró hondo.
—Quiero cerrar cosas pendientes. Entre ellas… el dinero.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Qué dinero? —preguntó Adriana.
—El que te di cuando empezaste el negocio —respondió él—. Cinco mil dólares. Dijiste que era para invertir, pero siempre quedó claro que era un préstamo.
Adriana sintió que el suelo se movía.
—Eso no es cierto —dijo—. Dijiste que era un regalo. Tú insististe. Si me diste el cheque en Navidad.
—Yo dije que te ayudaba —replicó él—. Y ahora necesito que me lo devuelvas.
El aire se volvió pesado.
—Eso fue hace años —susurró Adriana—. Ese dinero ya se reinvirtió. No lo tengo así, disponible.
—Entonces tendrás que buscarlo —respondió él, seco—. Porque lo necesito de vuelta. Pronto.
Mauricio dio un paso al frente.
—¿Tienes algún contrato? ¿Algún documento que respalde que fue un préstamo?
El ex lo miró con desdén.
—No. Porque confié.
—No, porque fue un regalo —susurró Adriana.
—Entonces legalmente no hay deuda —dijo Mauricio, con calma precisa—. Y venir a presionarla así no es apropiado.
—Esto no te incumbe —espetó el ex—. Es entre ella y yo.
Mauricio no levantó la voz.
—Todo lo que la afecte, me incumbe.
Adriana lo miró, con un nudo en la garganta.
—No quiero problemas —dijo ella—. Dame tiempo y te lo devuelvo.
—No tengo tiempo —respondió el ex—. Tienes dos semanas.
Se giró hacia Mauricio.
—Cuídala. Siempre fue buena creyendo en la gente equivocada.
Cerró la puerta tras él.
Adriana se quedó inmóvil.
—Yo… —la voz se le quebró—. Jamás pensé que volvería a usar eso contra mí.
Mauricio se acercó despacio.
—¿Cuánto necesitas para cubrirlo sin que afecte tu negocio?
Ella lo miró, sorprendida.
—No puedes…
—No he dicho que no pueda —la interrumpió—. He dicho que quiero ayudarte.
—No quiero que me rescates —dijo ella rápido—. No soy eso.
Mauricio le tomó las manos.
—No te estoy rescatando. Estoy caminando contigo. Es distinto.
Adriana sintió que las lágrimas, traidoras, se le escapaban.
—Tengo miedo —confesó—. Miedo de depender. Miedo de deberle algo a alguien otra vez.
—No me debes nada —dijo él—. Ni dinero, ni amor, ni promesas. Si te ayudo es porque quiero. Y si no quieres… lo respeto.
Eso fue lo que la rompió.
Apoyó la frente en su pecho.
—¿Por qué tú no me haces sentir pequeña?
Mauricio sonrió, suave.
—Porque no vine a ocupar espacio. Vine a compartirlo.
El problema no estaba resuelto.
El pasado había golpeado fuerte.
Pero por primera vez, Adriana no estaba sola frente a él.
Y eso… lo cambiaba todo.