Un contrato inconveniente

CAPÍTULO 15: Sin cláusulas, sin miedo

Adriana no durmió esa noche.

No por el dinero.
No por el ex.
Sino por la idea que no la dejaba en paz: no quiero huir otra vez.

A la mañana siguiente llegó temprano a su oficina. Abrió el cajón donde guardaba documentos importantes y sacó una carpeta vieja. Facturas, balances, recuerdos de cuando el negocio apenas sobrevivía.

Ahí estaba.
El registro de aquella inversión.
La nota escrita de su puño y letra: “Apoyo inicial — regalo.”

No era un contrato.
Pero era su verdad.

Cuando Mauricio llegó, ella ya lo estaba esperando.

—He pensado mucho —dijo antes de que él pudiera hablar—. Y tomé una decisión.

Mauricio la miró, atento.

—No voy a pagarle —continuó—. No porque no pueda, sino porque no debo. No voy a permitir que alguien del pasado vuelva a cobrarme con culpa.

Él sonrió, orgulloso.

—Eso suena muy a ti.

—Y tampoco voy a aceptar que tú lo hagas por mí —añadió—. Porque no quiero cambiar una dependencia por otra.

Mauricio asintió.

—Me parece justo.

Adriana lo miró, nerviosa.

—Pero sí quiero algo contigo. Sin rescates. Sin favores. Sin contratos.

—¿Qué tipo de algo? —preguntó él, con media sonrisa.

—Uno donde caminemos juntos. Si me caigo, me levanto. Y si tú tropiezas… ahí estaré.

Mauricio dio un paso al frente.

—Eso es exactamente lo que quiero.

Ese mismo día, Adriana respondió al ex con un mensaje claro, firme y definitivo.
Sin explicaciones largas.
Sin miedo.

Y el pasado, por fin, se quedó donde debía.

Esa noche, en el departamento de Mauricio, no hubo dramatismos ni discursos largos.

Cenaron algo simple.
Rieron.
Se quedaron en silencio cómodo.

—¿Sabes qué es lo más irónico? —dijo Adriana—. Que todo empezó con un contrato para fingir amor.

Mauricio levantó su copa.

—Y terminó con una decisión consciente de sentirlo.

—Sin firma —añadió ella.

—Sin letra pequeña —respondió él.

Se besaron.
No con urgencia.
Con certeza.

Antes de dormir, Adriana apoyó la cabeza en su pecho.

—No sé a dónde va esto —susurró.
—Yo tampoco —dijo Mauricio—. Pero esta vez no quiero huir.

Ella sonrió.

—Yo tampoco.

Y por primera vez en mucho tiempo, Adriana no sintió miedo al futuro.

Porque el amor que estaba construyendo no necesitaba promesas grandilocuentes.

Solo presencia.
Respeto.
Y la valentía de quedarse.




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