Un corazón para el duque de Lancaster

CAPITULO 4

Las invitaciones llegaban sin cesar a Devon House, al igual que los ramos de flores silvestres. A Claire la entusiasmaba el hecho de que siempre iban acompañadas de tarjetas con poemas que delataban el anhelo del pretendiente anónimo que poco a poco despertaba su curiosidad. Sin embargo, la mirada penetrante de aquel desconocido y el agarre firme que empleó en su talle aún la aturdían gran parte de la noche. Llevaba días de aquella manera y todavía las entrañas le quemaban cuando rememoraba la sonrisa ladina que le había dedicado.

—La siento muy tensa, milady —advirtió madame Maxim, la célebre modista de la calle Bruton, trayendo de vuelta de sus pensamientos a Claire.

—Lo lamento, madame —se disculpó ella—. ¿Hemos terminado? —inquirió, refiriéndose a la toma de medidas que estuvo haciendo Maxim para los vestidos que había encargado.

—Hemos terminado, milady. —La modista decidió dar por concluida aquella entrevista, ya que la dama demostraba poco interés en dar su opinión sobre encajes y telas—. Sus medidas siguen siendo las mismas de siempre. Le aseguro que deslumbrará en todas las fiestas de la temporada.

La mujer miró con sincera admiración a Claire, pues la hermana del duque de Devon era una mujer de gran belleza y figura envidiable. No era muy difícil vestirla dado que todo le quedaba perfecto con su esbelta figura, sus ojos celestes, el pelo castaño y la tez alabastro, que eran el epítome de belleza tan en boga de la época.

—Con su inigualable talento, estoy segura de que así será, madame —devolvió Claire el cumplido.

Minutos después, subió al carruaje, en compañía de su carabina, a fin de regresar a Devon House.

Al ingresar a su habitación y tras tomar un ligero almuerzo, su doncella la ayudó a desvestirse para su habitual descanso: por la noche asistiría al baile que ofrecerían los vizcondes de Lyngate por el debut de su hija menor. Pero ella no pudo cerrar los ojos y, con sus pensamientos revueltos, dio vueltas en la cama.

Se sentía irreconocible.

Desde el incidente del parque, nada había sido igual para ella: dudaba demasiado, se sentía ansiosa y se distraía con mucha facilidad, algo que llamaba la atención de sus amigas, de su madre y hasta de su hermano.

Aunque no deseaba admitirlo, en cada reunión que asistió desde lo ocurrido estaba expectante por encontrar al hombre que la había salvado. Pero, de la misma manera, regresaba a casa decepcionada cuando ninguna de las miradas se asemejaba a la de su Salvador.

Cansada de embrollarse con un asunto que al parecer había iniciado y acabado en Hyde Park, tocó la campana para que su doncella acudiera y la ayudara a alistarse para el baile de la noche.

Más tarde, ataviada con un vestido de satén de color marfil, con un bordado de encaje bastante llamativo alrededor del escote, y con el cuello adornado por las preciosas perlas que su difunto padre le había obsequiado el día de su debut, bajó por las escaleras arrebatadora, como solo ella podía lucir.

—Te ves radiante, querida —elogió su hermano, Charles, mientras ofrecía su mano para ayudarla a descender del último peldaño de las escaleras—. Estoy seguro de que serás la más elogiada de la fiesta y que mañana lloverán las propuestas. ¿No lo cree, madre? —inquirió el caballero a la duquesa viuda.

Margot Bradbury, duquesa viuda de Devon, asintió de acuerdo con el comentario que profirió su hijo. Claire lucía preciosa. No obstante, aprovechó la ocasión para mencionar al duque un asunto del que rehuía con suma agilidad.

—Tú también luces impecable, querido —inició—. Espero que esta noche al fin puedas escoger a la futura duquesa y liberes a tu madre de la angustia constante que le genera el asunto.

Charles Bradbury, duque de Devon, carraspeó incómodo y miró de soslayo a su hermana menor suplicando ayuda, pero esta solo lo comprometió aún más.

—No se preocupe, madre. Charles me ha prometido bailar y conocer mejor a mis amigas. Estoy segura de que pronto nos dará la noticia de que ha escogido a la futura duquesa.

Reacio a tocar el tema, el duque solo sonrió mascullando la palabra «tramposa» a Claire, quien se hizo la desentendida con dicho reclamo.

—Se nos hace tarde y el carruaje espera. ¿Vamos? —Sonrió como si no hubiera ocurrido aquella embarazosa conversación, y ambas, negando con la cabeza por su manera de sortear el asunto, tomaron el brazo de Charles.

Tras un viaje sin incidentes, el carruaje con el emblema del duque de Devon se sumó a la larga fila de coches que aguardaban para llegar hasta la entrada iluminada por antorchas. Cuando al fin el coche se detuvo, Charles ayudó a las damas a apearse, y pronto se hallaron subiendo la magnífica escalinata iluminada por donde hacían su aparición los invitados.

Al llegar arriba fueron recibidos por lady Lyngate, quien le propinó una mirada sugerente al duque, cosa que no pasó desapercibida a su hermana. Intercambiaron algunas palabras triviales e ingresaron al salón de baile en el momento en que fueron anunciados por los lacayos que escoltaban la entrada.

Lady Claire, quien apenas dio unos pasos en el salón, fue abordada de inmediato por Barney Milborne, barón de Sandys y pretendiente suyo desde la temporada anterior.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.