Al regresar a su casa, Lancaster ingresó a la imponente biblioteca y, tras servirse un trago, se sentó a contemplar el fuego. Unos ojos celestes lo asaltaron desprevenido. No había considerado las advertencias de Essex en relación a lady Claire; la había tomado por una dama más, incapaz de resistirse a la idea de cazar a un duque. Pero, al parecer, estuvo más encantada con el hombre desaliñado del parque que con el caballero que la abordó durante el vals.
Bebió un sorbo de su brandy y sonrió al imaginar todas las barbaries que habrían pasado por su cabeza al escuchar la confesión poco adecuada. Después de su conducta en Hyde Park y en el baile, consideró que la dama era una romántica empedernida que solo le daría una oportunidad si se enamoraba. Con solo gustarle, no era suficiente para proponerle matrimonio, y tenía que idear la manera perfecta para conseguirlo cuanto antes. El rechazo no se encontraba entre sus opciones.
Las invitaciones para el baile que se daría en el abandonado salón de Lancaster House ya habían sido enviadas y debía asegurarse de que la bella lady Claire asistiera. Al principio estaba seguro de su presencia, pero, luego de confesarle abiertamente que le gustaba, lo dudaba. Arthur temía que pusiera una excusa para evitarlo o tomara distancia; no porque él no fuera de su agrado, sino porque tal vez se sintió acorralada por su sinceridad. Convino que, a consecuencia, debía añadirle un ingrediente adicional para que ella no faltara a la velada.
Había planeado meticulosamente la noche, pero, sin la protagonista principal, sería imposible llevar a cabo su propósito. Apuró el resto de su bebida y subió al dormitorio. El ayuda de cámaras que contrató Clay, el mayordomo que servía en Lancaster House, lo estaba esperando. Aunque se rehusaba a utilizar los servicios del joven muchacho, se resignó a dejarlo hacer su tarea sin protestar. Cuando los pasos del sirviente murieron en el pasillo, se metió entre las sábanas de su cómoda cama y pensó en todas las posibilidades que tenía con Claire. Suspiró hondo y, evocando una mirada color cielo, se perdió en su sueño.
Lady Katerina Premberly, la reciente viuda del marqués de Lennox, se presentó al día siguiente en la mansión de Arthur con el conde de Essex, dado que sería la encargada de organizar el baile en honor al cumpleaños número treinta de su excelencia.
—Milady —Arthur tomó su mano—, agradezco infinitamente su ayuda. Siéntase en la libertad de solicitar lo que considere haga falta.
—Excelencia —realizó una elegante reverencia—, las gracias debería dárselas a usted. Si me permite, me gustaría conocer la casa y el salón principal. Tengo entendido que desea algo particular para el invernadero.
—Me gustaría algo especial, algo que complazca la vista de una dama como usted. —Katerina se ruborizó al comprender las intenciones de Arthur—. Confío en su buen gusto.
Ella sonrió.
—Estoy segura de que el resultado será de su agrado.
Lancaster afirmó complacido y le pidió al mayordomo que sirviera de guía a la marquesa viuda y que proveyera todo lo que ella solicitara.
Cuando ambos abandonaron el vestíbulo para recorrer la casa, el duque miró suspicaz a Essex.
—Milady y tú… —insinuó curioso, pero Thomas se apresuró a corregirlo.
—Solo somos amigos; la conocí cuando tenía negocios con el difunto marqués.
—Oh, ya veo —dijo—. Necesito tu opinión. Ven conmigo a mi despacho —pidió, y Essex lo siguió.
Se le ocurrió que una manera de atraer a la dama sería provocándola. Lady Claire le pareció una mujer orgullosa, y Lancaster aseguró que obsequiarle algo que le recordara a su primer encuentro la sacaría de sus casillas. Al menos, para reclamarle su atrevimiento, ella debía ir a su casa.
En el estudio, rodeó el escritorio y tomó asiento en el sillón orejero de cuero negro. Extrajo una pequeña caja de terciopelo de uno de los cajones y la colocó delante de Thomas, quien se sentó del otro lado.
Extrañado, el conde tomó el estuche negro y lo examinó, abriendo los ojos por la sorpresa. Con cuidado, tomó la pieza que descansaba en ella y la levantó a la altura de los ojos. Sonrió con complicidad al apreciar el delicado prendedor de oro blanco en forma de árbol, cuyas ramificaciones concluían con incrustes de zafiros y esmeraldas.
—Veo que has comprendido mis palabras al advertirte sobre cómo cortejar a una dama —señaló burlón—. Conmoverás profundamente a la bella lady Claire. Pero siento curiosidad por tu repentino cambio de táctica. —Devolvió la joya a su sitio y se la entregó a Arthur.
—Temo que anoche mis palabras no fueron bien recibidas por esa mujer.
—No me digas que te has declarado en el primer acercamiento que has tenido con ella. —Thomas se inclinó sobre el escritorio y esperó paciente a que su amigo respondiera. Este asintió, y el conde entrecerró los ojos—. Te advertí que no podías tratarla como lo haces con tus amantes.
—Para ser justos, no fue nuestro primer acercamiento, y en mi defensa, no dije nada malo —se justificó Lancaster.
—Conociéndote, lady Claire debió escandalizarse. —Lo reprochó con la mirada—. Ahora comprendo tu desesperación: tienes miedo de que no asista a tu baile. Eres un pésimo alumno.
—Solo dije que me gustaba, no hay nada malo con esas palabras. Pero sí, se escandalizó, y no puedo negar que me resultó muy entretenido. —Se cruzó de brazos y sonrió con malicia, lo que produjo el enojo del conde.
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Editado: 23.07.2026