Un corazón para el duque de Lancaster

CAPITULO 7

Lady Katerina corroboró una vez más la lista de invitados y los arreglos que había hecho para los puestos de cada comensal en la mesas. Faltaba solo un día para el baile en Lancaster House y, junto con Clay, llevaban supervisando por más de una semana los detalles para que el evento fuera la sensación de la temporada.

El sirviente se había ocupado de que la mantelería y vajillas lucieran impecables y de que los criados bruñeran con sumo cuidado toda la platería de la mansión. La marquesa viuda escogió meticulosamente el menú y se aseguró de que los ingredientes proveídos fueran de la mejor calidad. El duque, después tres años, desplegó la basta bodega que tenía en la mansión y puso a disposición su preciada colección de licores y vinos.

La llegada constante de comerciantes no cesó durante la última semana, y ese día no fue la excepción. Las floristas, que se resumían a un pequeño ejército de mujeres, iban montando las mesas y algunos caballetes donde se desplegaría una gran cantidad de flores en jarrones y trenzadas en guirnaldas, así como también colgarían de las paredes y techo en forma de arreglos elegantes escogidos de antemano por lady Katerina.

Con el permiso de su excelencia, ordenó la redecoración del gran salón que estaba abandonado y con la pintura estropeada. El espacio se iluminó con la nueva tonalidad celeste y con detalles de arabescos elegantes en color plata.

La decoración del invernadero era otro asunto. Katerina casi se fue de espaldas cuando lord Essex le compartió en confidencia el nombre de la dama a quien su excelencia deseaba impresionar. Consciente de que la discreción debía ser su principal virtud para sobrevivir en aquellos momentos, no se lo mencionó ni a su mejor amiga; madame Maxim. No solo por lo que un simple chisme podría ocasionar a los nombres de los involucrados, sino también por la amistad que la unía al conde y la gratitud que sentía hacia el duque.

Para que el cometido de su excelencia tuviera éxito, ordenó anémonas, rosas y jazmines, todas blancas. El invernadero estaba rebosado de flores rojas de varias especies, por lo que solo hacía falta un color más claro para que resaltaran en la noche. Se le ocurrió incluir una mesa donde pondría un candelabro con velas y un arreglo de flores. En el centro del sitio había una pequeña fuente que mandó colmar con lirios de agua púrpuras. Telas blancas, casi trasparentes, con flores entrelazadas, colgaban del techo de cristal desde la entrada hasta el centro del invernadero.

—No podré mirar a lady Claire a la cara durante mucho tiempo —profirió Katerina, cuando el día del baile acompañó a Thomas para que contemplara el invernadero.

—Pues deberá, querida, porque su misión aún no ha terminado.

—¿Qué quiere decir, milord?

—Su excelencia necesita un último favor de su parte. Promete que la compensará si sus planes no fallan. —Essex unió sus manos a su espalda y caminó por los jardines de Lancaster House con una Katerina bastante consternada.

—Mientras no perjudique la reputación de la dama, estoy dispuesta a escuchar la solicitud de su excelencia.

—Es precisamente para resguardar el buen nombre de la misma que necesitamos de usted.

La marquesa viuda frunció el ceño y suspiró luego de que lord Essex la instruyera sobre el importante papel que debía desempeñar durante el baile.

La mañana gris de ese miércoles, le supo a melancolía al ser consciente de que por la noche debía enfrentar a Lancaster. Sumado a ello, desde el día en que le envió aquel obsequio y la provocadora nota, ni siquiera volvió a recibir flores de su parte.

Durante toda la semana Claire asistió a reuniones sociales, nada tan relevantes como para encontrarse con la presencia del duque. Estaba al tanto de que el baile que ofrecería su excelencia con motivo de su cumpleaños número treinta era el evento más esperado de la temporada, por las proporciones del asunto. Y como no, si se trataba de uno de los solteros más convenientes de la sociedad londinense, sin mencionar su atractivo indiscutible y que, el carácter del que se rumoraba era dueño, no se reflejaba en absoluto en su comportamiento. Tenía a todas las madres con sus hijas impresionadas y no se hablaba de otra cosa que no tuviera que ver con la fiesta, cosa que la irritaba.

—¿Asistirá al baile del duque, lady Claire? —le había preguntado lady Vanessa Craven durante el almuerzo que ofreció la condesa de Jersey, días antes de la fiesta, para un grupo selecto de señoritas.

Lady Vanessa era una encantadora dama que le caía particularmente bien, pero con quien solo podía intercambiar conversaciones triviales por los celos tontos de su amiga Cecilie, quien comenzaba a fastidiarla por su cambio repentino de comportamiento.

Consciente de que la anfitriona prestaba una especial atención a su respuesta y que adoraba los chismes, respondió con aplomo:

—¡Por supuesto! Por nada del mundo me perdería el evento de la temporada.

Lady Vanessa, percibiendo la incomodidad de Claire, solo asintió dando por terminado el asunto. Además, luego de la fiesta de los vizcondes de Lyngate, había tenido que sortear numerosas preguntas incómodas por parte de las amigas de su madre. A excepción de lady Castlereah, todas sentían mucha curiosidad por el evidente interés de Lancaster en ella, y la duquesa viuda comenzaba a crisparse con las constantes evasivas de Claire.




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