Un corazón para el duque de Lancaster

CAPITULO 8

Aunque era consciente de que todas las miradas estaban puestas en él y que el salón se quedó en silencio cuando anunciaron a Claire, Lancaster se abrió paso hacia las escaleras, conviniendo su llegada con la de ella, quien bajó con elegancia cada peldaño.

Al verlo acercarse, la dama le sonrió mientras realizaba una reverencia como mandaba la etiqueta. Arthur hizo lo propio inclinándose y trató de ignorar el hormigueo que le asaltó de pronto, cuando tomó su mano enguantada y le besó los nudillos con la intención de provocar algún tipo de reacción en ella.

El carraspeo de la duquesa viuda de Devon lo obligó a apartar su boca, pero no a soltar la mano. Levantó la cabeza, y su mirada felina dio con el prendedor que le había obsequiado. La miró a los ojos por unos instantes; tomó la libretilla de baile y apuntó su nombre, adjudicándose el primer vals.

—Lady Claire, me alegra verla aquí. —Su sedosa voz ruborizó a la dama—. Lamentablemente, el protocolo solo permite que baile con usted una vez y, como regalo de cumpleaños, me tomé el atrevimiento de escoger el primer vals. Espero no le moleste. —Claire sonrió, y Arthur volcó su atención en Margot, a quien le presentó sus respetos con una reverencia—. Espero que disfrute de la velada, excelencia.

—Feliz cumpleaños, excelencia —fue lo único que ella atinó a decir luego de la familiaridad con la que su hija y el duque se trataron.

Ya no tenía dudas de que Claire había omitido varias cosas relacionadas a ese asunto.

Sentía que el aire le faltaba, pero no podía hacer nada más que tragarse sus preguntas para después.

—Hasta luego, lady Claire. —Lancaster no tuvo más remedio que despedirse hasta el baile que compartiría con ella, ya que varios caballeros se habían acercado para solicitar un baile y la compañía de esta.

—Estás perdido, mi querido amigo —susurró Essex a Arthur mientras ambos bebían y observaban a la bella dama girando en la pista. No había dejado de bailar y se veía más bella que nunca en aquel espectacular vestido de la misma tonalidad que sus ojos, y que realzaba su figura—. Tu futura esposa ha acaparado la atención de todos esta noche; incluso te ha desplazado a ti.

—Deja que se divierta —fue lo único que él respondió al respecto—. ¿Lady Lennox ha recibido las instrucciones?

Sus ojos no se podían despegar de Claire. Se llevó la copa a los labios y retuvo el líquido en su cavidad, degustándolo mientras estudiaba a la dama que sonreía con demasiada familiaridad a su acompañante.

—Por supuesto. Solo debes dar la señal para que lady Katerina haga su parte.

—Será durante el segundo vals —determinó.

—Como tú digas. Aunque ¿no será llamativa la ausencia de ambos?

—¡El alumno ha superado al maestro! —se burló Lancaster, y Thomas lo vio intrigado—. Es lo que busco, querido Thomas: que las personas especulen sobre la conveniente ausencia del anfitrión y de la única dama por quien ha demostrado interés. Por supuesto, sin comprometerla.

—¡Como si fuera eso posible! —Ironizó su amigo—. Las lenguas filosas harán su trabajo por ti; buscas comprometerla sin que ella te culpe del hecho. Muy buena jugada. No se me había ocurrido.

El duque lo miró con inquisición y ladeó la cabeza.

—¿Has estado haciendo algo que atrofie tus neuronas, Essex?

Thomas se encogió de hombros y sonrió.

—Nada que se pueda revelar —dijo misterioso cuando Lancaster le tendió su copa para que la sostuviese—. ¡Ahora me tomas por sirviente! —Negó con la cabeza y simuló sentirse ofendido, pero al duque poco le importó, pues comenzaron a sonar los primeros acordes del vals.

Arthur caminó con suma seguridad hasta la dama que regresaba de la pista del brazo del joven Dew Frost, hermano menor del conde de Rutland, y reclamó su compañía. Frost miró con recelo al duque, de quien había oído bastantes rumores –la mayoría de ellos malos–, por lo que lo sorprendió que la hermana de Devon acogiera de buena gana aquel modo posesivo que el hombre empleó para hacerse con su compañía.

Claire posó su mano en el brazo del anfitrión y ambos, prodigándose una mirada cómplice, se dirigieron a la pista de baile. Lancaster inclinó la cabeza y ella respondió al instante con una elegante reverencia. El duque la hizo incorporarse, y Claire se dejó llevar en sus brazos. A diferencia del primer baile que compartieron, esta vez ella lo miraba con los ojos chispeantes de placer y su rostro brillaba de la emoción. Las personas no se atrevieron a emitir ni un solo comentario; era como si contuvieran el aliento mientras observaban a la pareja recorrer la pista despejada con suma elegancia, moviéndose como si fueran uno solo y dejando a la vista de todos que inequívocamente existía una cierta intimidad entre ambos. Arthur la hizo girar con habilidad y retomaron el paso junto con las parejas que se unieron a ellos.

—Temía que no viniera —susurró él, muy cerca al oído—. No sabe lo feliz que me ha hecho con su presencia.

Al duque no le costó nada pronunciar aquellas palabras, y hasta él se sorprendió por el hecho de sentirse tan cómodo realizando semejante confesión. Consciente de que todas las miradas los seguían, Claire solo sonrió.

—No me atreví a desafiarlo… —respondió, y enarcó una ceja en un tácito reclamo al duque por ponerla entre la espada y la pared.




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