Un corazón para el duque de Lancaster

CAPITULO 9

HOLA!

LEAN Y COMENTEN, A VER SI ME ANIMAN UN POQUITO A SEGUIR SUBIENDO MÁS COSITAS♥

Arthur había cerrado por cautela las puertas del invernadero antes de acercarse por la espalda a Claire. La vio desde un rincón disfrutar como una chiquilla de aquella maravillosa escena montada por lady Lennox y sintió lástima por ella. Por un momento deseó que no tuviera nada que ver con el apellido Bradbury y se lamentó de que, entre todas las mujeres del mundo, la dama cuyas virtudes lo habían estado asaltando durante varias noches sin siquiera él saberlo, tuviera que pagar con un amor condenado, las consecuencias de una desgracia que no era culpa de ninguno de los dos.

Mientras se acercaba con sigilo, sus ojos no podían apartarse de la piel desnuda de su nuca, cuello y hombros, y se maldijo a sí mismo por todas las reacciones involuntarias de su cuerpo. Se obligó a recordar quién era ella, cuál era el propósito de tanto esfuerzo y lo que debía lograr: que Claire lo quisiera con toda el alma, que lo mudara a su piel y que estuviera dispuesta a todo por él, porque solo así el golpe de gracia que él le proporcionaría tendría un efecto similar al dolor que su familia lo obligó a vivir.

Al mismo tiempo, debía tener claro de antemano que su relación con ella solo se trataba de un juego de fingido amor que utilizaba para atraerla y que sería muy tonto de su parte perder el control del asunto. Sin embargo, tenía que aceptar que le costaba cada vez más dominar sus propios impulsos, como en ese momento, que no pudo evitar sentir su piel sedosa y recorrer con el dedo su hombro desnudo. Tragó grueso antes de hablarle y, cuando ella se recostó de espaldas contra él, sus instintos más bajos lo hicieron cuestionar el porqué de entre todas las pasiones que le aguardaban siempre dispuestas, la deseaba a ella más que a cualquiera.

El tiempo que duraron en aquella posición, con él abrazando su cintura, tuvo que reprimir sus ganas de posar los labios en su cuello y, cuando oyó los primeros acordes del último vals de la noche, la giró para que ella viera en sus ojos que no estaba dispuesto a dejarla ir sin que antes cediera por completo a sus deseos. Los ojos celestes de la bella dama que entreabría su boca, expectante, revelaban una pasión reprimida que él deseaba con todas sus ganas desatar.

—¿Nunca imaginó que podríamos estar aquí, compartiendo un silencio que dice mucho más de lo que se podría con palabras? —susurró muy cerca del rostro, y su pulgar se deslizó despacio, de su mejilla hasta la barbilla. Claire arqueó la cabeza y suspiró ante el gesto tan íntimo—. Sé que no termina de convencerse de mis intenciones, pero también estoy seguro de que, cuando no sabe de mí, se pregunta si pienso en usted, a lo que me resigno a confesar que desde la primera vez que mis ojos vieron los suyos tuve el mismo sentimiento que tuvo usted, mi querida Claire. —Su dedo descendió hasta la garganta, y, para entonces, el pecho de ella subía y bajaba. Cerró los ojos al sentirse presa de una sensación desconocida—. Sufro de inmensa pena cuando pienso que tal vez, por temor a que las habladurías sobre mí sean ciertas, me eche al abandono sin darle una mínima oportunidad al sentimiento que a ambos nos atormenta. —Separó su tacto de ella y la tomó del rostro—. Míreme, querida. —Las gemas brillantes de Claire obedecieron al instante—. Dígame que estoy equivocado, que todo lo que acabo de decirle es solo producto de mi imaginación y deseos, y le aseguro que dejaré de importunarla.

La mirada de ella se fundió a la suya y una gran ansiedad lo atrapó desprevenido. La boca se le secó tanto que tuvo que humedecerse los labios y tragar despacio, en lo que recomponía aquello que se desbarató en sus adentros a causa de la mujer que lo miraba, ajena a lo que a él le ocurría. Sin poder dilatarlo más, inclinó su cabeza y depositó un suave beso en los labios de Claire. Un beso inocente que solo empeoró la conmoción en él, quien la apretó contra sí en un abrazo urgido y desesperado. Claire entreabrió la boca y el beso casto se trasformó en uno apasionado. Arthur ya no era dueño de sus sentidos y se dejó llevar por la pasión desenfrenada que lo estaba consumiendo.

Sus manos recorrieron su espalda mientras se aventuró a instruirla en los placeres del amor con infinito cuidado para que ella no se sintiera espantada. La percibió rendida y dispuesta a seguirle el paso cuando lo abrazó por el cuello y emitió un jadeo sobre su boca. Entonces él tuvo que atenuar los movimientos de sus labios hasta apartarlos, porque sabía lo que sucedería si la seguía besando.

Aprovechó el aturdimiento que la envolvió para estudiar sus facciones perfectas y ahogó un lamento por las circunstancias en las que se estaban dando las cosas.

—Me debe una respuesta, milady —musitó él, quien seguía rodeándola con los brazos en tanto ella regresaba a la realidad—. ¿Desea que la deje en paz?

Claire no estaba en condiciones de emitir una sola palabra, pero él tampoco le daba tiempo a meditar una respuesta apropiada. Solo negó con la cabeza y susurró un «no» que fue suficiente para que el duque la estrechara en sus brazos. Afianzada a su cuerpo, se descubrió exquisitamente feliz, y por fin pudo darle nombre a todo lo que sentía cada vez que pensaba en su excelencia.

Era amor.

Ella, lady Claire Bradbury, estaba perdidamente enamorada del que todos llamaban El Duque Demonio, y ya no había modo de esconder aquel sentimiento turbador que se liberó esa noche con la confesión de Lancaster. Lo quería. Sospechaba que sería capaz de lo que nunca imaginó con tal de volver a sentir lo que su pecho concibió al ser besada por él.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.