Un corazón para el duque de Lancaster

CAPITULO 10

—¡Maldición! —bramó rabioso cuando Claire salió del invernadero con lady Lennox.

Estaba furioso y no podía ni quería disimularlo. Todo se le había ido de las manos. Enamorar a aquella mujer no le sirvió de nada. Ella seguía en la estúpida obstinación de seguir conociéndolo cuando otra dama cualquiera le hubiera besado los pies por proponerle matrimonio en su tercer encuentro. Ni siquiera el intento de manipularla funcionó y, además de todo, se sentía enfadado consigo mismo por lo que experimentó con la cercanía de Claire Bradbury.

En un momento dado, se había rendido a todas esas sensaciones, deseando que estuvieran en un sitio más apropiado para que él pudiera explorarla de un modo íntimo. Cerró los ojos y se reprochó por volverse presa de una embriagadora fantasía que no podía rebasar la realidad.

Con la respiración errática y la vena saltándole en el cuello, se dirigió a la entrada secreta por donde había llegado. Al regresar a la fiesta, vio con cierta amargura cómo ella se marchaba tan campante del brazo de su hermano. De inmediato se disculpó con sus acompañantes, se dirigió a la biblioteca, donde tocó la campana y el mayordomo acudió espantado por lo que sea haya puesto de tan mal humor al duque.

—Partiré de inmediato a Reading. Ordene que preparen el carruaje y dígale al valet que se ocupe de mis pertenencias.

—Como ordene, excelencia. —Clay giró para salir del estudio, pero Arthur lo detuvo.

—Clay, quedará bajo su responsabilidad supervisar los cuidados de Tormenta. —Tras un momento de asombro, porque su excelencia no llevaría su caballo a Haven House, el sirviente asintió y salió del despacho para cumplir con las disposiciones de su señor.

Una vez solo, se sirvió coñac y se deshizo de la chalina de un tirón. Bebió de un trago todo el líquido y rellenó su copa; cerró los ojos y respiró profundo. Toda la situación en el invernadero solo lo había aturdido y no podía pensar con claridad. Sentía cierta frustración y su orgullo había sido herido profundamente con la tácita negativa de la dama a comprometerse con él, sintiéndose más confundido por no comprender con exactitud si todo ese embrollo mental se debía a que su venganza se dilataba o a que lo agobiaba no tenerla.

Volvió a terminar su bebida y lanzó la copa contra la chimenea, en el preciso instante que Essex entraba.

—¿Cómo es eso que te marchas? —Tomó asiento delante de su amigo y lo miró con cautela.

—Tengo algunos asuntos que atender —fue lo único que le respondió.

Thomas fue a la mesilla de licores y tomó dos copas. Regresó a su sitio, cogió la botella y sirvió para ambos.

—¿Demasiado importantes para ni siquiera descansar? —Bebió despacio al igual que Arthur, quien esa vez retuvo la bebida en su boca—. ¿Tan desastrosa fue tu entrevista con lady Claire?

—No sabría decirlo, pero necesito largarme de aquí hasta que mi cerebro enfebrecido vuelva a razonar —manifestó sin tapujos, y el conde sonrió con malicia—. No quiero escucharlo… —Se frotó las sienes.

—De todos modos, lo diré: te lo dije —profirió victorioso y satisfecho con el resultado de la situación—. ¿Me dirás al fin qué sucedió?

—A ella le agrado, pero no quiere desposarse aún.

—Vaya… esas sí son novedades. —Arqueó las cejas asombrado—. ¿Por qué no le haces la corte como dictan las normas? Tal vez desea comprobar si se casará con el caballero confiable que la invitó a bailar o con el demonio salvaje que la rescató en el parque —se burló.

Arthur lo miró hosco.

—Porque no tengo tiempo, Essex. —El conde frunció la frente sin entender—. Mi plan se ha dilatado demasiado y quiero terminar lo que inicié cuanto antes.

«Mientras todavía pueda», pensó.

—Aguarda un momento, Arthur. ¿Estás diciendo que seguirás con este absurdo plan de vengarte?

—¡Por supuesto! ¿Acaso existe alguna razón para no hacerlo? —cuestionó en tono agresivo, y Essex comprendió que su amigo estaba librando una batalla interna que lo estaba afectando.

—Bueno, creí que tal vez con este asunto de que la dama te gusta cambiarías de opinión… —respondió con cautela.

El duque emitió un lamentable suspiro.

—Aún no determiné si de verdad me gusta —mintió con descaro, y lord Essex emitió un bufido—. Pero, aun así, en lo que respecta a sentimientos, mi odio supera a cualquier otra emoción, y sé que jamás estaré en paz si no cumplo con la promesa que le hice a Susan y a mi padre.

—¿Y estás dispuesto a sacrificar a esa inocente criatura? —Fijó su mirada a los ojos celeste de su amigo —de la misma tonalidad que los de la mujer de quien hablaban— y Arthur no supo qué responder.

—No puedo traicionar a Susan —se excusó, esquivando la mirada.

—Pero te estarás traicionando a ti mismo; estás vivo y eres libre de disfrutar del amor.

—Si falto a mi palabra, jamás seré un hombre libre. Porque alguien que no puede cumplir un juramento por anteponer sus propios deseos personales, es un cobarde. Y yo no soy de esa forma. —Se puso de pie, y Essex lo imitó.

—¿Cabalgarás después de haber bebido?

—Esta vez iré en carruaje. No me siento en mis cabales como para subirme a un caballo. Aunque, tal vez, la idea de que sufra un accidente y me rompa el cuello fuese la mejor solución a todo este embrollo. Me siento estúpido —concluyó mientras negaba con la cabeza.




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