Un corazón para el duque de Lancaster

CAPITULO 11

Para evitar las habladurías sobre la repentina partida del duque y las especulaciones de un posible compromiso frustrado entre ambos, aceptó el consejo de lady Katerina. Durante toda la semana se dejó ver en público, ya sea en pequeñas reuniones sociales o en el parque paseando a la hora en que la crema y nata de la sociedad londinense se reunía a conversar o a montar a caballo, y esa mañana no había sido la excepción.

Desde el incidente con aquella yegua salvaje, no había vuelto a montar, por lo que en ese momento se encontraba paseando en calesa con el marqués de Lys, quien se había convertido en un buen amigo gracias a su interés en la hija del conde de Craven y la simpatía que unía a Claire con la dama.

—He oído que pronto se comprometerá con el duque de Lancaster —comentó el marqués—. Me pregunto si con las damas se comporta distinto a como lo hace cuando los asuntos son de negocios.

—Son solo rumores infundados, milord. Y en cuanto al comportamiento de su excelencia, solo he tenido la oportunidad de tratarlo en dos ocasiones, por lo que no sabría responderle con exactitud. —Alexander asintió con la cabeza—. Sin embargo, me causa curiosidad su comentario.

—¿Podría ser que desconoce lo que se rumora acerca de la personalidad del duque, milady? —preguntó. Ella lo miró sin comprender. Alexander Merton frunció la mirada y miró al frente—. Lancaster tiene fama de ser bastante malhumorado, temperamental y, sobre todo, violento. Detesta la ciudad porque no le agrada respetar las normas sociales. Es implacable y despiadado en los negocios. Le disgusta la idea de asistir a bailes y reuniones donde abunden jóvenes de edad casadera, ya que no cree en el matrimonio. Y se volvió peor con la prematura muerte de su hermana. Sin embargo, como todo noble, deberá casarse para continuar con su linaje, y, al parecer, escogió esta temporada como el momento más oportuno para hacerlo.

Ella lo vio horrorizada por su apreciación nada sutil sobre la personalidad del duque. El marqués comprendió que se había ido de boca y descubrió que la bella hermana de Devon estaba interesada en el hombre a quien acababa de describir como si fuera un demonio.

—Lo lamento. No digo que todo eso sea cierto; más bien son solo rumores que circulan sobre él, lady Claire. —Ella asintió, pero se sentía conmocionada ante tal información—. Supongo que debe ser todo un caballero para haberse hecho con el corazón de una dama como usted —especuló.

—Y yo sospecho que, con una personalidad tan imprudente, no exista nada que sea del agrado de su excelencia —dijo en cambio para sortear aquella suposición sin tener que responder.

—Le gustan los caballos —dijo él—. Mucho más que las personas… —bromeó, aunque a ella no le pareció nada gracioso.

—Ya veo… —musitó confundida por aquellas reveladores acotaciones, cuando de pronto la calesa frenó y tuvo que sostenerse por la brusquedad que empleó el marqués para hacerlo.

Levantó la mirada hacía él, quien veía al frente bastante perturbado. Siguió la dirección de sus ojos y se encontró con el motivo de la sorpresa de Alexander, quedando igual o más perpleja que él.

Permaneció casi tres meses en Londres y se sintió renovado cuando pisó Haven House. El aire puro y la tranquilidad de su hogar habían renovado su espíritu y esclarecido bastante los pensamientos. Apenas soportó una semana sin saber de Claire, pero no sucumbió a la tentación de preguntarle a Essex si tenía noticias sobre ella cuando llegó a Lancaster House, donde ambos se reunieron para conversar sobre la posibilidad de invertir en un negocio que le ofreció el conde de Craven a Thomas.

Proveer el financiamiento que necesitaba le rendiría una considerable ganancia y ayudaría a Craven a saldar la cuantiosa deuda que lo tenía al borde de la ruina.

—Podríamos proporcionar cada uno la mitad del capital —propuso el conde de Essex—. Si el negocio resulta, ambos ganaríamos y, si no, al menos tendré el consuelo de que no fui el único que perdió —bromeó.

—La idea de importar ese tipo de telas es interesante y, con el manejo adecuado, resultará, confía en mí.

—Entonces, vayamos a reunirnos con lord Craven y démosle la posibilidad de dormir en paz esta noche. Estoy seguro de que no ha pegado el ojo por semanas al estar siendo acosado por sus acreedores.

Arthur estuvo de acuerdo y ambos salieron de Lancaster House para dirigirse a la residencia de Craven.

—En mi ausencia, ¿ha ocurrido algo relevante?

Durante el trayecto que hicieron en el carruaje de Essex, Arthur intentó sonsacarle a su amigo alguna noticia sobre Claire. Thomas enarcó una ceja, divertido.

—¿Qué deseas saber, mi estimado duque?

—¿Qué sabes de ella? —fue directo. Le crispaba cuando su amigo le tomaba el pelo.

—Pues ha sobrevivido a tu ausencia —se burló el conde—. Y, al parecer, está bastante bien.

—¿Buscas fastidiarme la mañana?

—En absoluto. Solo respondí a tu pregunta.

El carruaje se detuvo y Arthur ignoró a su amigo para apearse del coche.

Las negociaciones fueron reñidas, pues lord Craven deseaba obtener un mayor porcentaje de ganancias de lo que Arthur ofrecía. Finalmente llegaron a un acuerdo y cerraron el trato. Ya cuando iban de salida, el conde les presentó a su encantadora hija y, tras la astuta sugerencia de Essex para que su amigo la acompañara a un paseo, Lancaster se vio en una embarazosa situación; paseando en Hyde Park con lady Vanessa Craven.




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