Clay lo desconcertó cuando mencionó que una dama se encontraba en su estudio pidiendo entrevistarse con él. Sin embargo, jamás pensó que se trataría de lady Claire, mucho menos a aquellas horas. De pronto concibió una insólita preocupación por su seguridad y no dudó en reclamarle que hubiera salido de su residencia tan tarde. Al contrario de lo que pensó, ella no se inmutó y le reprochó sin rodeos que hubiera dado un paseo con la hija de Craven como si la estuviera cortejando.
Incapaz de dejar que se marchara creyendo algo injusto, la tomó del brazo y lo impidió. Despacio, se situó frente a ella y buscó las palabras adecuadas para explicar toda la situación, porque, aunque sabía que lo mejor para la dama era que se fuera pensando lo peor y que se alejara del inminente peligro que él implicaba para ella, tampoco soportó que lo acusara de algo que no había hecho.
—Yo no pretendo desposar a nadie más, ni he acudido a casa del conde de Craven para iniciar un cortejo —fue lo mejor que pudo formular. Ella le sostuvo la mirada como si le pidiera que continuara—. Fui por negocios.
—¿Con lady Vanessa? —inquirió en tono mordaz, colmando su paciencia.
—Lo que sucedió con la dama fue una simple coincidencia y, en todo caso, no tiene nada de malo. ¿O acaso usted salió a pasear en calesa con el marqués porque él la está cortejando? —le increpó en el mismo tono.
—¡Por supuesto que no! El marqués solo es un buen amigo.
—Entonces no comprendo su reproche, milady. ¿Usted puede dar un paseo con cualquier caballero, pero yo no puedo hacer lo mismo con ninguna dama? —Ella se ruborizó al instante y a él le pareció tentador el color carmesí de sus mejillas—. ¿O podría ser que esté celosa?
Acercó más su rostro al de ella, fijando la mirada en sus labios húmedos. Percibió de inmediato el cálido aliento cuando jadeó horrorizada por la insinuación de Arthur.
—Fue un error haber venido… —susurró apenas, e intentó rodearlo para marcharse. Era evidente que él la había abochornado.
—No respondió mi pregunta. —Claire se detuvo, y él aprovechó para situarse detrás de ella rodeando su cintura con las manos. La sintió temblar en sus brazos y acercó su boca a su oído—. ¿Está celosa, milady?
—En absoluto… —musitó en tono vibrante, y él sonrió—. Se supone que debe ser usted quien responda mis preguntas —respiró hondo, y él la giró para que lo viera a la cara.
—Entonces haga sus preguntas —le propuso, conciliador.
—¿Así de simple?
—Así de simple.
—¿Por qué quiere casarse conmigo?
Arthur la miró por un instante antes de responder.
—Por la misma razón por la que está usted aquí reclamándome un inocente paseo con otra dama. —Se cruzó de brazos y sonrió divertido.
—No es lo mismo.
—¿Ah, no?
—Usted se ocupó de ilusionarme sin que yo supiera quién era…
—¿Y fue tan malo descubrir que se trataba de mí?
—No es lo que quise decir —aseguró frustrada—. ¿Por qué siempre supone cosas que no he dicho? Hizo lo mismo en el baile de los Lyngate y en el invernadero. Malinterpretó mis palabras y luego se marchó de la ciudad.
—Tengo la virtud de adivinar lo que piensan las personas. —Se encogió de hombros—. Pero en su caso, al parecer, siempre me equivoco.
—¿Por qué se fue sin aclarar las cosas conmigo? —Esta vez la voz de Claire se suavizó.
—Porque estaba dolido.
—¿Y por qué no me buscó cuando regresó? —insistió.
—Porque quise darle la oportunidad de escapar, milady. —El tono que empleó confundió a la dama, quien frunció el ceño—. Lo que quiero decir es que usted me rechazó, por lo que me pareció que sería demasiado inapropiado e incómodo buscarla. Creí conveniente darle tiempo al asunto y respetar su decisión si quería mantener la distancia conmigo.
—¿Por qué hace esto, excelencia? —Reclamó ofuscada, y comenzó a dar vueltas en el espacio—. En el invernadero dio voz a mis sentimientos y ahora dice que omitió buscarme porque deseaba respetar una decisión que no he tomado. —Se detuvo y lo miró a la cara—. ¡Usted me confunde y hace que mis pensamientos se enreden! No lo entiendo en absoluto, no comprendo sus acciones y no sé qué hago aquí intentando razonar con alguien que se niega a tomar en serio la necesidad que tengo de saber tantas cosas. —Se tapó el rostro con frustración. Él se acercó para apartar sus manos y tomarlas entre las suyas.
—Yo no me niego a nada. Si usted no me cree es otro asunto.
—No es que no le crea, pero…
—¿Tiene miedo? —Ella afirmó con la cabeza—. ¿Es por lo que dicen de mí? —Claire se mordió el labio inferior, y él sonrió—. Es verdad que soy un salvaje —comenzó a explicar, haciendo alusión a las habladurías que corrían sobre su carácter—. También es cierto que prefiero el campo a la ciudad y que pocas personas de nuestro círculo me conocen a fondo, pero no porque sea un ermitaño como dicen, sino porque considero que las personas fingen demasiado para agradarme y soy consciente de que lo hacen para conseguir algún beneficio.
Claire sonrió.
—No, excelencia. No se trata de usted, sino de mí.
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Editado: 23.07.2026