Un corazón para el duque de Lancaster

CAPITULO 14

Durante los dos meses siguientes, Claire se dedicó a visitar constantemente a lady Serena, forjando una entrañable amistad. Charles no había tomado aún una decisión respecto a la solicitud del duque de Lancaster y su madre comenzó a acompañarla a todas partes. No obstante, continuó saliendo por las noches para reunirse con él en su residencia, donde pasaban un rato agradable hasta que llegaba la hora de partir.

Faltaba una semana para el baile de máscaras que ofrecería el conde de Rutland, y Claire, con ayuda de Henrietta, convenció a Serena para asistir a la fiesta. Sabía que por el impedimento en su pierna la joven no había querido debutar, perdiéndose la oportunidad de disfrutar lo que cualquier muchacha de su edad vivía. Sin embargo, siempre se mostraba alegre, y ella la admiraba cada día más, al punto de que quiso abrirle los ojos a Charles en relación al sentimiento mutuo que ambos sentían pero que aún no se confesaban.

El vestido confeccionado por madame Maxim le quedaba estupendo, y con los zapatos especiales que Charles mandó fabricar, era imperceptible su problema de cojera. Sin embargo, tras un inicio que parecía augurar la feliz noche, un inesperado accidente derivó la velada a un desastroso final donde lady Serena se marchó bastante afectada y su hermano quedó devastado por la negativa de la joven sobre verlo de nuevo.

Las cosas se salieron de control para Charles; se descubrió perdidamente enamorado de lady Serena al mismo tiempo que Dew revelaba que el marqués de Lys llevaría a su hermana de viaje. Los acontecimientos vividos afectaron tanto a su hermano que, tras meditar sobre los sentimientos tan fuertes que profesaba a la hija del duque de Derby, tomó la decisión de concederle su mano a Lancaster.

Sus sentimientos estaban divididos. Por un lado, sentía una profunda pena porque lady Serena no quisiera escuchar a Charles y comprender que solamente había intentado ayudarla; por el otro, la dicha no cabía en su pecho.

¡Al fin se casaría con el hombre que amaba!

La noticia del compromiso entre su excelencia y ella se había esparcido como pólvora. Con los preparativos del banquete, las visitas a la modista para la confección de su vestido de novia y de su ajuar, la duquesa viuda de Devon decidió que la señora Jackeline reemplazara a Amalia, ya que contaba con más experiencia que la joven doncella.

De todos modos, Amalia la seguía ayudando a escabullirse por las noches, siempre que su excelencia pedía reunirse.

—No puedo creer que falta solo una semana para la boda —susurró Claire, enfebrecida en los brazos de Arthur, luego de un intenso y apasionado beso.

Ambos se encontraban sentados frente a la chimenea.

—Sigo sin comprender qué hizo cambiar de opinión a su hermano —respondió él mientras acariciaba su pelo.

—Charles se enamoró. Creo que, con la partida de la mujer que ama, comprendió lo que yo sentía.

—¿De la joven dama que sufrió aquel desafortunado accidente en el baile de Rutland? —Claire asintió—. Ya veo…

—He planeado ayudarlos a reunirse en nuestra boda —reveló entusiasmada.

—Mi bella Caire, ¿piensa hacer de cupido? —inquirió divertido el duque.

—¡Por supuesto! Me gustaría que esos dos experimentaran la dicha que siento. Haré lo que esté a mi alcance para que vuelvan a estar juntos. Además, lady Serena es una maravillosa mujer que merece ser feliz.

—¿Necesita ayuda para su cometido? —preguntó con curiosidad.

—La duquesa de Derby y yo ya nos encargamos de todos los detalles. Solo espero que Serena acepte mi invitación y pueda reencontrarse con Charles.

La semana que faltaba para la boda trascurrió demasiado pronto para Arthur, quien veía inminente la llegada del momento en que debía destrozar el corazón de la mujer que amaba. Tendría que guardarse cada sentimiento concebido por ella y reprimir las ganas de consolarla llegado el momento. Maldijo en sus adentros haberla besado en el invernadero. Si no lo hubiera hecho, tal vez lo que sentía por ella se hubiera resumido a un inocente galanteo que derivaría tarde o temprano al matrimonio. Pero no. Él tuvo que besarla, tuvo que sentirla entregada en aquel contacto tan sencillo, que no pudo evitar entregarle su alma a esa jovencita que ignoraba sus verdaderas intenciones. Si ella, después de todo aquello quería abandonarlo, la dejaría en paz por el propio bien de su conciencia.

—¿Puedes permanecer quieto por unos segundos? —increpó Thomas mientras intentaba acomodar los blanquísimos pliegues de la corbata con dos alfileres de diamantes. Faltaba una hora para la ceremonia y él aún no terminaba de alistarse—. Estoy seguro de que ni siquiera la novia está tan nerviosa como tú.

—Ha llegado el final de mi cuento de hadas, Essex —profirió lamentándose—. No puedo estar tranquilo.

Sentía una extraña opresión en el pecho y una obstrucción en la garganta. Quería gritar, deseaba con todo su ser desahogarse en un largo llanto.

—Es porque así lo decidiste. Solo tú tienes el poder de escoger entre el amor y la venganza. —Le recordó su amigo—. Aún estás a tiempo de no cometer una injusticia y escoger la felicidad.

—Cada vez que tengo que tratar con Devon, la imagen de mi hermana muerta y tendida en aquel camastro regresa a recordarme que no debo olvidar mi promesa. ¿Acaso a ti no te importa? ¡Tú la querías! —le recordó.




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