Un corazón para el duque de Lancaster

CAPITULO 15

Al parecer, no pensaba regresar hasta ella, porque recostó sus caderas a la columna de madera del dosel de la cama; se cruzó de brazos por unos segundos y luego extendió su mano al aire, llamándola con el dedo índice.

—Acércate, Claire —exigió sin preámbulos.

El cuerpo de ella cobró vida sin que los impulsos de su cerebro le ordenaran moverse, con el profundo anhelo de cumplir su sueño más preciado. Él también emprendió camino, acortando la distancia que los separaba. Estando uno frente al otro, se detuvieron y se contemplaron a los ojos por un intenso momento en el que ella le entregó la llave de su más profunda intimidad, de los más inhóspitos secretos guardados en el fondo de su alma. Las grandes manos de Lancaster la hicieron voltear para desprender su vestido, que se deslizó por sus hombros y cayó en el suelo. La volvió a rodear, y su mirada celeste no pudo evitar escrutar aquellos ojos magnánimos que parecían esconder muchas incógnitas. Sin embargo, entre aquella mezcla de dorado intenso y matices verdes, también descubrió exuberancia, deseo y pasión.

En ese momento, agradeció que fuera precisamente él quien despertara aquella sensualidad dormida en su interior y le enseñara todo lo que sus amaestradas manos sabían.

—Excelencia… —gimió cuando sus dedos rozaron su hombro desnudo.

—Shhh —Colocó esos mismos dedos en sus labios para hacerla callar, y en el fondo lo agradeció, porque no estaba segura de lo que quería decirle en aquel momento.

De pronto, Arthur tomó su rostro, y ella respiró hondo para no desplomarse por los nervios. Acarició con lentitud su mejilla y fue por su cabello, deshaciéndose de cada horquilla, liberando los mechones de su pelo castaño. Hundió sus dedos en su cabellera y sus iris penetraron como nunca antes sus ojos. Esa simple acción la había desarmado y se sintió incapaz de sostenerle la mirada, por lo que cerró los párpados como un método para ganar tiempo y recobrar algo de compostura.

El primer roce de los labios de Lancaster con su boca hizo que su respiración se volviera errática y entrecortada. Ni siquiera tuvo tiempo de responderle cuando sintió las palmas presionar sus caderas. Con la ineptitud propia de una primeriza, rodeó su estrecha cintura con sus lánguidos brazos. Despacio, Arthur cortó el beso y rompió el contacto al separar su rostro. Entonces ella aprovechó para mirar con atención aquellos ojos pardos que parecían desprender fuego.

Luego de un largo momento en el que se estudiaron mutuamente, el duque volvió a besar cada rincón de su cara, frente, mejillas y barbilla hasta sentir la humedad de sus besos sobre la vena latente del cuello. Claire gimió por la sensación distinta que experimentó en ese momento, y él, todo un experto, comenzó a descender lento, a sabiendas de que las reacciones de su cuerpo delataban que jamás la habían besado en esos lugares.

Quiso tomar el timón de la situación buscando que la besara en la boca, pero él parecía dispuesto a continuar sin que ninguna persuasión lo desviara de su cometido.

Para demostrarle que no tendría ningún sentido rogarle tácitamente que su lengua volviera a subir, las manos de Lancaster descendieron hasta sus glúteos y presionó la pelvis contra su virilidad, señalando de aquel modo cuán encendido se encontraba y advirtiendo que de ninguna manera daría un paso atrás.

Fue en ese momento cuando ella sintió pequeñas espinas pincharle en el bajo vientre, mientras rogaba por dentro que su excelencia se las quitara a punta de besos y caricias. Se olvidó de todo. El anhelo se concentró más debajo de su ombligo y solo quería que él la liberara de aquella tortura en la que la había sumido.

Desinhibida, se atrevió a acariciarle la espalda y sintió sus músculos duros y tensos bajo la suave tela de la camisa. En ese instante deseó que no tuviera nada que cubriera su piel y separara su carne de su tacto; quería sentirlo de aquel modo. Bajó los dedos por los pliegues de la tela y comenzó a tirar despacio hacia arriba con la intención de desnudarlo.

El duque gimió cuando la mano de Claire rozó la piel de su espalda; se apresuró a apartarla para despojarse de su prenda, arrojándola hacia un lado y reanudando la expedición que su boca realizaba sobre el cuerpo de su esposa.

Sus instintos más bajos la llevaron a mover las caderas hacia la pelvis de Arthur, incitándolo de un modo inconsciente porque deseaba que le arrancara la sensación febril en la que se encontraba su cuerpo. Su respiración errante delataba su desesperación.

Como consecuencia, Lancaster se apartó de golpe y la vio con los ojos endiablados, lanzando fuego y espinas al mismo tiempo.

—Indudablemente, eres una bruja, Claire, porque me has hechizado —susurró, y ella negó con la cabeza—. ¿Qué me has hecho? —inquirió, ladeando el rostro.

—Nada… —gimió ella—. Solo soy una mujer, excelencia…

Entonces los ojos del duque parecieron cobrar un brillo distinto, como si hubiera descubierto algo que se guardaría para sí y no le diría jamás a ella. Parecía sorprendido y desconcertado; tanto, que entreabrió la boca para decirle algo, pero de golpe la cerró.

Ella lo miró confundida y él solo la tomó con posesión y presionó su cuerpo contra el de ella, demostrando que la deseaba tanto que ya no podía esperar. De golpe, la cargó entre sus brazos y comenzó a andar con ella a cuestas. Con cuidado la depositó en el piso, cerca del lecho, y se deshizo sin delicadeza de las pequeñas almohadas que adornaban el colchón mientras ella temblaba sin cesar desde la punta de los dedos de los pies hasta el último poro de cabello castaño que brotaba de su cabeza.




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