Un corazón para el duque de Lancaster

CAPITULO 16

Claire sintió su cuerpo deliciosamente pesado y perezoso. No terminaba de despertar, pero era consciente del dichoso aturdimiento que nublaba su cerebro. Sonrió evocando lo que había sucedido entre ella y Lancaster, porque no pensó que la intimidad entre un hombre y una mujer fuera del modo en que él le enseñó.

Por el repentino frío en su espalda, se percató de que ya no estaba arropada por su esposo, por lo que alargó una mano con la esperanza de sentir su cuerpo grande y tibio. Sin embargo, la cama estaba vacía a su lado. Abrió por completo los ojos y parpadeó ante la luz del alba que se colaba por la ventana.

Con mucha dificultad por la punzada que sintió entre sus piernas al moverse, se sentó al borde de la cama, tiró del pliegue de la sábana para cubrir su cuerpo y recorrió con la vista el interior de la alcoba. Entonces lo vio. Arthur estaba sentado al lado de la chimenea, observándola con una extraña expresión. Claire sonrió vacilante al percibir la extrema seriedad en su semblante.

—Buenos días... —susurró, pero él no respondió. La siguió escrutando con aquellos ojos pardos que parecían demasiados fríos—. Excelencia, ¿se encuentra bien? —inquirió mientras parecía que el aire en la alcoba se había enrarecido—. ¿Arthur? —se atrevió a llamarlo por su nombre al sentir una especie de desesperación en sus adentros.

Él se levantó y fue hacia la ventana, donde permaneció de espaldas a ella, vestido con traje de mañana, como si fuera a partir en cualquier momento.

—El buen rey —inició con dificultad— crio con todo su amor al príncipe y a la princesa. —Claire frunció el ceño al comprender que Arthur había reanudado la historia que le había narrado en la biblioteca; una de las tantas veces que se reunieron a escondidas—. A pesar de haber sido abandonado por la reina, siempre les enseñó a sus hijos todos los valores que un buen padre podría inculcarles. La pequeña princesa se volvió su mundo y junto con el príncipe se juraron protegerla y luchar por su felicidad. —Respiró hondo y se volvió a verla. Caminó hasta el sillón que se encontraba al lado de la cama y tomó asiento—. La princesa creció feliz y era la razón de ser de su padre y de su hermano. Cuando el rey falleció, le hizo jurar al príncipe que cuidaría de su pequeña con su propia vida; pero un demonio, parecido al que se llevó a la reina, apareció de entre las sombras para volver a repetir la historia con la hija del rey. —Claire, quien no comprendía nada, presionó contra sí la sábana—. Un demonio disfrazado de un joven de familia respetable irrumpió en la vida de la bella princesa sin que el príncipe lo notara. Solo cuando ese demonio la llevó a la muerte, el príncipe pudo descubrir que el hijo menor de un admirable duque había seducido a la princesa y convencido de huir cuando no existía ningún motivo para hacerlo.

—Es… es la historia de su hermana… —dedujo ella, y él afirmó cerrando los ojos—. Creí que murió a causa de una enfermedad.

Arthur sonrió con sorna y solo prosiguió:

—Lo cierto es que el príncipe casi enloqueció cuando tomó a su hermana pequeña entre sus bazos, y, al descubrir los escabrosos detalles del incidente, prometió a la princesa que no descansaría hasta que los culpables pagaran. Lo lamentable del hecho es que el demonio que provocó su muerte también murió, a pesar de que su familia intentó salvar su vida, incluso dejando de lado a la bella princesa que lo acompañaba. —Ella abrió los ojos desmesuradamente y comenzó a temblar. En ese momento, del rostro de Arthur desapareció cualquier rastro de ternura y pasión—. ¿Te resulta familiar la historia, Claire?

Ella negó con la cabeza, pero algo en su pecho le decía que el asunto tenía que ver con ella.

—En absoluto, excelencia…

—Un accidente de carruaje que sucedió al principio de la temporada pasada, se llevó la vida del hijo menor del duque de Devon… ¿Finnley? —preguntó mientras la piel se le erizada—. Lo cierto es que ese demonio se llevaba consigo a la princesa, a la hermana menor del príncipe. —Claire se tapó la boca con la mano para no emitir un grito de horror—. Estaban huyendo a Gretna Green, y lo más curiosos es que ni el duque ni su heredero la mencionaron a ella cuando encubrieron aquella desgracia para salvaguardar el buen nombre de su familia.

—No… —susurró Claire mientras movía la cabeza—. Eso… eso no puede ser verdad. Mi hermano era honorable, jamás habría incitado a su hermana a huir… No la habría sometido a semejante deshonra. No. Debe… debe ser un malentendido, tiene que haber otra explicación…

—El príncipe durante un año intentó buscar esas explicaciones, pero todas las investigaciones siempre concluían en un mismo resultado: el demonio y la princesa iban en el mismo carruaje. Pero lo más indignante del asunto es que la familia del demonio, con tal de no manchar su honorable apellido, dejó a su suerte en la escena del accidente a la princesa y solo se llevaron al demonio para que un médico intentara salvarlo.

—¿Qué ha dicho? —prácticamente gritó—. ¿Está insinuando que mi padre y Charles no tuvieron ninguna intención de salvar a su hermana?

—No estoy insinuando nada, estoy diciendo la verdad.

—No… no… no… Miente. Tiene que ser mentira. Ellos no serían capaces de algo así, excelencia. —Las lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas y, de pronto, se sintió asqueada por la acusación sin fundamentos que estaba haciendo su esposo en contra de su familia.

—Si no me crees, pregúntale a tu hermano. Quiero ver si es capaz de negarlo —la desafió él. Para entonces, Claire estaba hecha un mar de lágrimas y negaba vehemente con la cabeza—. ¿Sabes qué sucedió con el príncipe? —Ella se tapó los oídos para no escuchar lo que temía que el duque dijera—. Juró vengarse… —Su cuerpo convulsionó al escucharlo—. Prometió en la tumba de su hermana, que a la persona responsable de haberla dejado abandonada en la escena del accidente, le haría sentir exactamente lo mismo que él sintió al perder a su querida princesa.




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