Tanto Claire como Essex iniciaron una ardua investigación que duró más de dos meses. Entre las pertenencias de lady Susan encontró varias cartas de amor y breves misivas con la inconfundible caligrafía de Finnley, y acudió a Devon House en busca de las respuestas que él habría recibido. Solo así demostraría que su hermano menor no había tenido malas intenciones con la dama.
La ausencia de su esposo, en la boda de Charles y Serena, había despertado ciertas sospechas que, junto con lord Essex, acallaron mencionando que su excelencia se encontraba de viaje por el extranjero, en busca de nuevos ejemplares equinos. Era de público conocimiento la pasión del duque por los caballos, por lo que nadie dudó de aquella historia, a excepción de su nueva cuñada. Gracias al cielo, Serena se encontraba en Devonshire, o de lo contrario, no habría podido mantener su secreto oculto por mucho tiempo.
Su madre ingresó a la habitación de su difunto hermano mientras ella escrutaba su antiguo escritorio.
—¿Claire? —La duquesa viuda quedó confundida al verla hurgando entre las cosas de Finnley—. ¿Qué estás haciendo?
Ella no respondió hasta que sus manos palparon un compartimiento secreto dentro de uno de los cajones. Forzó la superficie, liberando así lo que buscaba con ansias. Sus manos tomaron el atado de cartas y las revisó rápidamente. Eran de lady Susan; pudo reconocer su letra gracias a que lord Essex le había enseñado su escritura.
—¿Claire? —repitió su madre, pero ella no estaba dispuesta a hablarle. Solo acomodó las misivas tal y como estaban y se dirigió a la puerta para marcharse. Margot la tomó del brazo y la detuvo—. ¿Qué modales son esos, niña? ¿Qué hacías en la habitación de tu hermano y qué significan esas cartas?
—Madre, le juro que no quiero discutir con usted. Solo deje que me marche y le prometo que más adelante le explicaré todo.
—¿Qué sucede, Claire? —Dirigió la mirada a las cartas que sostenía—. Devuelve esas cartas, eran de tu hermano y no tienes ningún derecho a revisarlas. —La duquesa viuda intentó arrebatárselas, pero ella no se las dio.
—¿Por qué no me lo dijo, madre? —Recriminó, y su madre la miró sorprendida—. Usted sabía de la relación de Finnley y la hermana de su excelencia, ¿cierto? —increpó; su madre ahogó un grito colocando la mano sobre la boca.
—¿Él lo sabe? —Inquirió desesperada—. ¿Lancaster lo sabe? —repitió la pregunta, y Claire asintió—. Por Dios… ese hombre… ese hombre es capaz de matarte a ti, a tu hermano. —Los labios de la duquesa viuda comenzaron a temblar.
—Él solo dijo que dejaría de lado su resentimiento hacia nuestra familia por el amor que siente por mí. —Su madre la miró sin creerle—. ¡Siempre lo supo, madre! —Claire comenzó a llorar—. Se acercó a mí para vengarse por lo que sucedió con su hermana.
—Claire… —susurró su madre, dolida por el evidente sufrimiento que experimentaba su hija—. No te lo dijimos porque…
—¿Para que no me sintiera mal? ¿O para no empañar la imagen de Finnley?
—Hija, las cosas no son como crees; tu hermano se enamoró…
—Eso no justifica sus actos.
—No puedes juzgarlo; era tu hermano.
—Ustedes despreciaban a Arthur por el error que cometió Finnley. ¡Ustedes sí lo juzgaron a él sin que tuviera nada que ver con el asunto! —le reprochó—. Pusieron miles de excusas para que no me casara con él, cuando lo más sencillo habría sido informarme de las diferencias que existían entre nuestros apellidos. Solo permanecieron callados, viendo cómo me enamoraba sin remedio del hombre que más detestaba a nuestra familia.
—Claire… —sollozó su madre—. No tenemos la certeza de lo que ocurrió esa noche; tu hermano no llevaba siquiera equipaje y lady Susan tampoco. Además, como madre, tengo la certeza de que Finnley jamás la obligaría a huir. ¡Yo lo crie! Igual a que ti. Hija… —suplicó mientras la tomaba del rostro empapado—. Te aseguro que se trata de un malentendido. Mi corazón lo siente de ese modo…
—Entonces deje que me lleve las cartas y que aclare el asunto con su excelencia —pidió ella, y su madre la miró confundida.
—Pero ¿Lancaster no está en el extranjero?
Claire negó con la cabeza.
—Al día siguiente de nuestra boda, partió a Reading.
—¿Te abandonó?
—Él me pidió una oportunidad, pero pedí que me dejara sola —explicó con un nudo en la garganta.
—¡Oh, mi pequeña! —Su madre la abrazó mientras ella intentaba contener sus lágrimas.
—Él no es un mal hombre, madre. Solo ha sufrido mucho —explicó para calmarla—. Intentó enmendar su error, pero no puede existir entre nosotros una relación amistosa si no se aclaran los malos entendidos entre nuestras familias.
—¿En qué momento has madurado tanto?
Ella solo sonrió.
—Debo reunirme con lord Essex para partir a Reading —informó, saliendo de la habitación. Sin embargo, un fuerte mareo le nubló la vista y la oscuridad la embargó.
Abrió los ojos con dificultad y sentía el cuerpo pesado. Cuando logró distinguir las formas, reconoció la estancia como su antigua habitación. Se incorporó despacio en la cama con la intención de marcharse; el conde seguramente la esperaba.
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Editado: 23.07.2026