Haven House
2 meses después…
Era momento de casarse nuevamente, pero esa vez en los jardines de Haven House, con el resplandeciente cielo como testigo.
—¿Estás lista? —inquirió Serena, quien había ido desde Devonshire para acompañarla luego de que ella le narrara toda su historia con Lancaster en confidencia.
—Más que nunca —respondió, tomando el brazo de Charles para hacer el recorrido nupcial de hierbas, que la llevaría hasta su endemoniado duque.
—Estás preciosa, querida —su hermano le procuró un casto beso en la frente—. Espero que seas muy feliz y lamento mucho lo que sucedió… solo quería protegerte —le aclaró emotivo.
—Lo que ocurrió, queda en el pasado. Solo quiero disfrutar de mi presente y planificar mi futuro al lado del hombre que amo.
Charles afirmó y comenzaron a andar hasta el pequeño altar improvisado con un arco de flores, donde el párroco de la zona y Arthur, la esperaban.
Había escogido un vestido sencillo de seda color crema, que se adaptaba a su nueva figura y caía hasta el suelo. Dejó su cabellera castaña suelta, extendida sobre su espalda, cuyo único adorno era una corona de flores amarillas. No llevaba joyas, solo el prendedor en forma de árbol que su esposo —por segunda vez— le había obsequiado meses antes. Cuando se acercó a él, sonrió al apreciar que lágrimas brillantes se deslizaban por su mejilla y supo que había tomado la decisión correcta al darle una oportunidad a su amor.
Al tomar la mano que le extendió Arthur, le dio un vistazo rápido para su propia tortura. Llevaba unas calzas negras con botas y una camisa de lino amplia. Sus ojos no se apartaron de su mirada en lo que duró la ceremonia. Cuando llegó el momento del beso, después de intercambiar sus votos, la tomó del rostro con las manos y le susurró:
—Juro amarte siempre y besarte tanto como me sea posible.
Ella contuvo las lágrimas y sonrió nerviosa.
—Entonces bésame, Arthur, y no te canses nunca de probar mis labios, mi querido y endemoniado duque.
Lancaster cumplió con la solicitud de su amada esposa durante un largo rato, hasta que los invitados comenzaron a aplaudir y a suplicar finalmente que pararan para poder seguir con la íntima celebración.
—Mis felicitaciones, excelencia. Le deseo lo mejor y mucha paciencia, porque sé lo que le espera —bromeó Essex, quien acudió a la celebración en compañía de una dama misteriosa.
—No puedes con tu genio, ¿cierto? —le increpó Arthur, fingiendo enfadarse—. ¿Cómo están las cosas? —señaló a la mujer que presentó en cuanto llegaron.
—Podrían ir mejor.
—Espero que no cometas un error, como el que estuve a punto de cometer yo —replicó y Essex bufó.
—No todos tenemos la misma suerte, Arthur. Valora a tu esposa —le guiñó un ojo.
—¿Qué sucede con lord Essex? —preguntó ella una vez que el conde se marchó.
—Es una larga historia, que tal vez te la cuente más adelante. Ahora solo quiero disfrutar de mi fiesta de bodas y de mi radiante esposa.
Diez meses después…
Al despertar de la siesta que habitualmente hacían, Claire sonrió adormilada al sentir unas fuertes manos apartar a su pequeña de su pecho.
—Es hora de que la pequeña Susan y su padre, pasen tiempo juntos, para que tu bella madre descanse —le oyó susurrar a su hija y abrió los ojos al recibir un casto beso en los labios.
Se incorporó en la cama viendo a su encantador esposo alejarse, ataviado en traje de montar, y el corazón le dio un brinco como le sucedía siempre que lo veía.
Suspiró feliz y se puso de pie, enrollando un chal alrededor de sus hombros para ir a reunirse con su familia.
Caminó despacio hacia las caballerizas, donde vio a Arthur sosteniendo a su pequeña hija sobre Tormenta. Al llegar hasta él, lo rodeó con sus brazos por la espalda y escuchó su dulce sonrisa.
Arthur acomodó a su hija de cinco meses en uno de sus fuertes brazos y con el otro, la abrazó posesivamente. La miró a los ojos con infinita adoración y eso fue suficiente para saber que estaba en el lugar correcto y con la persona indicada.
Se puso de puntillas y besó sus labios mientras él sonreía y devolvía el beso en la cúspide de su frente.
—Te amo…
—Y yo te amo más que a mi propia vida, Claire —la bebé emitió un murmulló de pronto.
—Parece estar celosa —le dijo.
—Tú, bebé preciosa, eres junto con tu madre, la luz de mis ojos y la razón de mi respirar —besó la frente de la niña y Claire suspiró feliz.
Y así, juntos los tres, permanecieron en su hogar, contemplando la puesta de sol de otro maravilloso día de sus vidas.
FIN.
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Editado: 23.07.2026