Un Demonio Enamorado

EL NACIMIENTO

En 1980, en un hospital de segundo piso con pintura amarilla descascarada, una mujer pujaba.

Se llamaba Elena. Tenía 26 años y llevaba nueve horas de trabajo de parto. Sudaba, lloraba, le apretaba la mano a su esposo hasta dejársela morada. Afuera llovía.

A las 3:17 de la madrugada, el bebé salió. No lloró.

Los doctores lo esperaban. Era un parto de riesgo, lo sabían desde el mes siete. El cordón enredado, la falta de oxígeno. Lo pusieron sobre una mesa de metal fría. Estaba morado. Pequeño. Inmóvil.

"¿Está bien?", preguntó Elena sin voz.

Nadie le contestó.

Un doctor mayor le hizo reanimación. Otro le puso oxígeno. Una enfermera le frotó la espalda con fuerza. Uno, dos, tres minutos. El monitor marcaba una línea plana. Ese pitido largo que todos odian en los hospitales.

A los cinco minutos, el doctor negó con la cabeza. "Lo siento mucho, Elena. Hicimos todo lo que pudimos".

Elena no gritó. Se quedó mirando el techo, con las manos todavía en posición de sostener algo que no iba a sostener. Su esposo se tapó la cara.

En esa misma sala, aunque nadie podía verlo, había alguien más.

No era un alma. Las almas de los bebés que mueren suben rápido. Era otra cosa. Un demonio menor. De esos que no están en el infierno quemando gente, sino en el borde, mirando. Llevaba más de doscientos años existiendo sin existir. Su trabajo era susurrar, asustar, tentar. Pero estaba cansado. Cansadísimo.

Llevaba décadas mirando a los humanos con envidia. No envidia de su dinero o de su poder. Envidia de cosas tontas: de poder tener sueño y despertarse con hambre. De poder resfriarse. De poder aburrirse un domingo. De poder reírse hasta que le doliera la panza. De poder llorar por amor.

Quería una vida humana. Una, aunque fuera corta y gris.

Y ese día, flotando por el hospital porque los hospitales son lugares donde las puertas entre mundos se abren fácil, sintió un cuerpo vacío. Un cuerpo que acababa de morir y que todavía estaba caliente. Un cuerpo que nadie reclamaba porque el alma original ya se había ido.

Se acercó. Olía a sangre y a líquido amniótico. Vio al bebé morado en la mesa de metal.

Y pensó: "¿Y si me meto?".

No pidió permiso. Los demonios no piden permiso. Se metió por la boca del bebé, como aire.

Al principio no pasó nada. El cuerpo no quería. Estaba frío.

El demonio hizo lo único que sabía hacer y que nunca había hecho con ganas: hizo un esfuerzo por vivir. Contrajo ese corazón chiquito con toda su fuerza demoníaca. Una vez. Dos veces.

A los siete minutos y dieciocho segundos de haber sido declarado muerto, el monitor pitó.

Pip. Pip. Pip.

La enfermera gritó. El doctor mayor se devolvió corriendo. "¡Está vivo! ¡Está vivo!".

El bebé lloró. Un llanto ronco, raro, como si no supiera llorar. Como si estuviera aprendiendo en ese instante.

Elena se incorporó a medias, con los puntos sangrando, y extendió los brazos. "Mi hijo, mi hijo".

Se lo pusieron en el pecho. Estaba caliente otra vez. Rosado. Vivo.

"Es un milagro", dijo la enfermera llorando.

Le pusieron Jayko. Porque Elena había soñado ese nombre toda la vida. Jayko.

Nadie en esa sala supo que el milagro tenía trampa. Que el niño que acababa de nacer no era un niño del todo. Era un demonio que por fin había conseguido lo que quería: una vida humana.

Y los demonios, cuando consiguen lo que quieren, no siempre saben qué hacer con eso.




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