Jayko aprendió a caminar tarde. No porque no pudiera, sino porque no quería.
A los 14 meses todos los bebés de su edad ya corrían por la casa. Él se quedaba sentado en la mitad de la sala, mirando un punto fijo en la pared. Su madre, Elena, lo estimulaba. Le ponía juguetes de colores, le cantaba. Él los miraba como si fueran objetos extraños que no entendía para qué servían.
A los 3 años, en su primer día de jardín, la profesora llamó a Elena.
"Su hijo no juega con los demás. Se queda solo en la esquina del arenero, mirando cómo los otros niños juegan. ¿En la casa es así también?"
Elena dijo que sí. Que era un niño muy tranquilo. Pero por dentro tenía miedo.
A los 6 años, Jayko tuvo su primera piñata. Elena le hizo una fiesta con bombas, con torta de chocolate, con 12 compañeritos del salón. Cuando rompieron la piñata y todos se tiraron al suelo a recoger dulces como animales felices, Jayko se quedó parado al lado de la mesa, con las manos en los bolsillos.
"¿No vas a coger dulces, mi amor?", le dijo Elena.
"¿Para qué?", respondió él. "Si al final todos se los comen y se acaba".
Esa fue su primera frase que Elena no olvidó nunca.
A los 11 años ya era oficialmente el raro del colegio. No porque lo molestaran. No lo molestaban porque daba miedo meterse con él. Era el que nunca se reía. El que respondía los exámenes con la nota más alta sin estudiar y sin alegrarse. El que se sentaba solo en el descanso a mirar el cielo gris de Medellín.
Una vez un profesor de religión le preguntó: "Jayko, ¿usted qué quiere ser cuando sea grande?"
Y él contestó: "Nada. No me veo con vida en un futuro".
El profesor lo mandó a orientación. La orientadora lo mandó al psicólogo. El psicólogo le hizo dibujar una familia, le hizo test de manchas. Concluyó: "Presenta rasgos de personalidad evitativa, posible distimia infantil. Es un niño muy analítico y frío para su edad".
Lo medicaron. Pastillas chiquitas blancas que le daban sueño y le quitaban el hambre. Elena se las daba llorando porque no sabía qué más hacer. ¿Cómo le explicas a un hijo que tiene que tener ganas de vivir?
En la casa, su cuarto era desolado. No tenía posters de futbolistas como los otros niños. No tenía videojuegos. Tenía una cama tendida perfectamente, un escritorio vacío y una ventana que daba a un muro de ladrillos. Se pasaba horas ahí, mirando el muro. Sin música. Sin nada.
"¿En qué piensas, Jayko?", le preguntaba Elena.
"En nada. En que todo es lo mismo. Un día gris y sin sentido tras otro. ¿Usted para qué se levanta todos los días, ma?"
Elena no sabía qué responder.
A los 16 años ya medía 1.78, tenía ojos verdes que no parecían de él, como si los hubiera heredado de alguien que no era su familia, y una cara bonita pero apagada. Las niñas del colegio lo miraban, pero él no miraba a nadie. Decía que reír era un esfuerzo. Que jugar era una pérdida de tiempo. Que enamorarse era una estupidez inventada por la gente que no sabía estar sola.
Pero la verdad, la verdad que solo sabía el demonio que vivía dentro de él, era otra.
El demonio extrañaba el infierno. No porque el infierno fuera mejor, sino porque allá por lo menos sabía quién era. Acá, en la tierra, con un cuerpo humano, con una madre que lo amaba, con un desayuno caliente todos los días, no entendía nada. Le habían dado lo que más quería y ahora no sabía qué hacer con eso.
Se sentía vacío. Oscuro. Infeliz. Como un disfraz de humano que no le quedaba bien.
Hasta que a los 18 años se mudaron.
Elena vendió la casita donde había crecido Jayko y se fueron a un barrio más arriba, con una calle empinada y vecinos que ponían música a todo volumen. A Jayko le valió madres, como todo. Ayudó a cargar cajas sin decir una palabra.
No sabía que en esa cuadra, a dos casas de la suya, vivía una mujer con dos hijos, con una casa siempre desordenada y con un martillo que le faltaba.
Y que esa mujer iba a ser lo primero en 18 años que lo haría querer salir de su habitación desolada.