Vivía a dos casas de la de Elena, en una casa de tres pisos que nunca terminaba de organizar. Tenía dos hijos. Uno de 6 y otro de 4. Los dos con el mismo padre que se había ido hacía un año y medio diciendo que necesitaba "encontrarse a sí mismo". Se encontró a sí misma sola, pagando arriendo, haciendo aseo en casas ajenas por la mañana y vendiendo arepas por la tarde.
Su casa olía siempre a pintura fresca porque siempre estaba tapando un hueco, arreglando una gotera, clavando algo. Pero nunca tenía las herramientas completas.
Esa tarde necesitaba colgar una repisa para poner los cuadernos de sus hijos. Tenía el clavo, tenía la repisa, pero no tenía martillo.
Salió a la calle en chanclas, con el pelo recogido a la carrera y un delantal con harina.
Vio la casa de al lado con cajas afuera. Recién mudados.
"Buenas", gritó.
Elena salió. Gordita, con sonrisa de madre buena. "Dígame, vecina".
"Vecina, pena con usted, ¿usted me presta un martillo? Es solo un momentico, es para clavar una repisita".
Elena sonrió. "Claro que sí, mija. ¡Jayko! ¡Tráeme el martillo de la caja de herramientas!".
Jayko salió. Tenía 18 años recién cumplidos. Camiseta negra grande, pelo desordenado, ojos verdes que a Samanta le parecieron prestados. No saludó. Le pasó el martillo a su mamá sin mirar a Samanta y se volvió a meter.
Samanta se quedó mirando la puerta por donde se había ido.
"Ay, mija, discúlpelo, él es así, es muy callado", dijo Elena.
"No se preocupe", dijo Samanta, pero pensó: "Qué muchacho tan raro y tan chocante".
Esa era la primera impresión que Jayko le daba a todo el mundo.
Pero Samanta volvió al otro día a devolver el martillo. Y al otro día volvió a pedir azúcar. Y al otro día Elena la invitó a tomar tinto.
Se hicieron amigas. De esas amigas de cuadra que se cuentan todo en la puerta. Elena le contaba que Jayko era un buen muchacho pero muy solo. Que nunca le vio sentido a la vida. Que le preocupaba que no saliera, que no tuviera amigos.
Samanta escuchaba y no opinaba, porque qué iba a opinar. Pero por dentro pensaba en lo mucho que ese muchacho se parecía a ella. Ella también se había sentido vacía mucho tiempo. Desde que se fue el papá de sus hijos, sentía que su cielo se había vuelto gris. Que ya no tenía alma.
Un sábado, Samanta estaba con sus dos hijos y su prima de 17 años en el antejardín, jugando a las escondidas. Gritaban, corrían. Elena salió a barrer y Jayko salió detrás a ayudarle con las bolsas de basura.
"¡Jayko! ¡Venga juegue con nosotros! ¡Nos falta uno!", gritó la prima de Samanta sin pena.
Jayko dijo que no con la cabeza. Como siempre.
Pero Samanta, sin saber por qué, insistió. "Ay, venga, no sea amargado. Un ratico nada más".
Él la miró. A ella. Por primera vez la miró de verdad. No como a la vecina que pedía cosas, sino como a una mujer. Tenía harina en la mejilla, estaba sudando, tenía una sonrisa grande y sin vergüenza.
Y por primera vez en 18 años, a Jayko le dio curiosidad algo humano.
Aceptó. Un ratico nada más, dijo.
Jugaron a la lleva. Corrieron. Jayko corría raro, como si no supiera usar las piernas para jugar. Pero corrió. Y Samanta lo vio reírse. Una risa corta, de dos segundos, como un ruido que se le escapó sin querer.
Esa risa le cambió el día a Samanta.
Desde ese día se les hizo costumbre. Todas las tardes, después de que Samanta terminaba de vender las arepas, se sentaban en el andén. Jayko, Samanta, los dos niños y la prima. Hablaban bobadas. Jugaban a lo que hubiera.
A Samanta le encantaba ver sonreír a ese muchacho. Aunque fuera por segundos. Porque sabía lo mucho que le costaba. Y a Jayko le empezó a gustar salir de esa habitación desolada. No por los juegos. Por ella.
Pero Samanta tenía un pensamiento que no la dejaba dormir.
"Yo soy mayor que él. Soy amiga de la mamá. Tengo dos hijos. No puedo hacerle eso a Elena. No puedo".
Entonces una noche tomó una decisión. Al otro día le dijo a Elena que ya no iba a poder ir tanto. Que tenía mucho trabajo. Que los niños tenían tareas.
Se alejó. Dejó de ir al andén. Dejó de pedir martillos.
Pasaron dos semanas. Dos semanas en las que Jayko volvió a ser el niño gris. Volvió a encerrarse. Volvió a decir que no tenía sentido nada. Elena lo notó y le preguntó a Samanta qué había pasado.
Samanta le dijo que nada, que estaba ocupada.
Mentira. Lo que pasaba era que cada vez que iba a la tienda y pasaba por la casa de Elena, miraba por la ventana a ver si lo veía. Y cada vez que lo veía, se le alegraba el pecho y se le rompía al mismo tiempo.
Porque le gustaba verlo cambiar. Y le dolía saber que ella era la razón.
Hasta que un martes soleado, hermoso, de esos días que en Medellín parece que Dios lavó el cielo, Jayko estaba parado en el andén frente al sol.
Samanta venía de comprar huevos.
Él se paró frente al sol a propósito para que la luz le pegara en la cara. Y Samanta se frenó. Se fijó en sus ojos verdes que brillaban con el sol. En sus labios. En esa pequeña sonrisa que él hizo cuando la vio concentrada mirándolo.
Se quedaron mirando como tres segundos que fueron eternos.
Samanta sintió un susto en el estómago. Un susto rico y peligroso.
Corrió para su apartamento. Cerró la puerta. Se apoyó en la puerta y pensó: "Ya me enamoré. Ya me jodí".