Después de ese día del sol, Samanta no aguantó más de cuatro días alejada.
El quinto día, estaba organizando su casa. Había comprado una pintura blanca barata para pintar la pieza de sus hijos que tenía moho en una esquina. Tenía una brocha vieja, un balde y un periódico en el suelo para no manchar.
Tenía la ventana abierta. Y por esa ventana se veía el andén.
Jayko pasó. Ya no era el niño de 11 años del capítulo 2. Ya tenía 19, ya trabajaba a veces con un tío en un taller, ya era un hombre, aunque todavía con alma de demonio confundido. Iba con una camiseta blanca.
La vio pintando. Se paró.
"¿Qué hace?", le preguntó.
Samanta se asustó. Tenía pintura en las manos.
"¿No ve? Tratando de no hacer un desastre".
Él se quedó mirando. No se fue. Eso ya era raro en él.
"¿Le ayudo?", dijo.
Samanta se rió. "¿Usted? ¿El que no quería jugar a la lleva?"
Él se encogió de hombros y entró. Sin que lo invitaran mucho, pero entró.
Al principio pintaban serios. Cada uno en una esquina. Los niños de Samanta estaban en el colegio. La casa estaba sola. Solo se escuchaba la brocha contra la pared.
Hasta que a Samanta se le cayó un chorro de pintura en el brazo.
"¡Ay, jueputa!", gritó y se rió.
Jayko la miró. Tenía pintura blanca en el antebrazo, resbalándole.
Y sin pensar, con el dedo, se la quitó.
Le pasó el dedo frío y blanco por la piel.
Samanta se quedó quieta.
Él también.
Y entonces ella, para romper el momento, le untó pintura en la mejilla. En la cara.
"¡Ahora estamos a mano!", se rió.
Jayko se miró en un espejo viejo que había en la pieza. Tenía una mancha blanca en la cara. Y en vez de limpiársela, se miró y se rió. De verdad. Una risa larga, no de dos segundos.
Y le devolvió la mancha. Le puso pintura en la nariz.
Y ahí se les dañó el trabajo.
Empezaron a jugar. A untarse pintura como dos niños de 5 años. Ella le pintó la frente, él le pintó las manos, ella le manchó la camiseta blanca que ya no volvió a ser blanca nunca más. Corrían por la sala pequeña, riéndose duro, con el balde casi regándose.
Samanta no se había reído así desde antes de que el papá de sus hijos se fuera. Jayko no se había reído así en toda su vida humana.
Cuando ya estaban los dos blancos, cansados, con pintura hasta en el pelo, se pararon frente a frente en la mitad de la sala.
Respiraban rápido. Tenían los labios muy cerca. Tenían pintura en la boca.
Se quedaron viéndose fijamente. Ella le vio los ojos verdes de nuevo, pero ahora no brillaban por el sol, brillaban por ella.
Ella paró el juego. Dio un paso atrás. Porque le dio miedo.
"Jayko, no", le dijo bajito. "No podemos".
Él no dijo nada. Se le acercó otra vez. Lento. Como si le pidiera permiso con la mirada.
Y se dieron su primer beso.
No fue un beso de película. Fue un beso con sabor a pintura barata, con la respiración agitada, con miedo. Pero fue el primer beso que Jayko daba en su vida humana. Y fue el primer beso que Samanta daba en tres años que la hacía sentir niña otra vez.
Ella se separó llorando un poquito.
"Esto está mal, Jayko. Yo tengo dos hijos. Soy amiga de tu mamá".
Él le limpió una lágrima con un dedo lleno de pintura y le dejó una mancha blanca en la mejilla.
"¿Y si no está mal? ¿Y si por primera vez algo está bien?", le dijo.
Ella no supo qué responder.
Esa tarde terminaron de pintar la pared a medias, mal pintada, con huellas de manos por todos lados. Si uno entra hoy a esa pieza, todavía se ven esas huellas blancas debajo de la pintura nueva. Como fantasmas.
Al otro día, Elena los vio desde su ventana. Los vio sentados en el andén, hablando bajito, con las manos todavía con pintura. Y no dijo nada. Porque una madre sabe cuando su hijo por fin está feliz, aunque esa felicidad le dé miedo.
Desde ese beso, se siguieron envolviendo en ese juego sin darse cuenta de que iban a quedar tan atrapados. Él iba todas las noches a ayudarle a cerrar la venta de arepas. Ella le guardaba la arepa más grande. Hablaban hasta las 11 de la noche en la ventana que daba a la cama donde después se darían amor.
Samanta se enamoraba cada vez más. Y Jayko, el demonio que vino a la tierra porque quería sentir algo humano, por primera vez sentía algo que ni los demonios ni los humanos saben explicar bien: sentía que su infierno se había vuelto paraíso.
Y tenía tanto miedo de perderlo, que en su mente no existía la posibilidad de dejarla ir, aunque tuviera que arriesgar su libertad por ser feliz con ella.