Ya eran novios sin decir que eran novios.
Todo el barrio lo sabía menos ellos. Los niños de Samanta le decían "Jayko" y lo querían porque les armaba carritos con cajas de cartón. Elena los veía y no decía nada, solo les servía más tinto cuando estaban los dos en la cocina, como si con eso les dijera "yo los apoyo".
Samanta nunca había estado con un hombre así. Jayko no era como los otros. No le decía piropos baratos, no le prometía plata, no le hablaba de irse a vivir juntos a la carrera. Jayko la escuchaba. De verdad la escuchaba. Se sentaba en el suelo de su casa, con la espalda contra la pared, y la dejaba hablar de sus hijos, de su cansancio, de que a veces sentía que no tenía alma.
Una noche se lo dijo llorando.
Estaban en la pieza de Samanta. La ventana estaba abierta y entraba el frío de Medellín de madrugada. La misma ventana que había visto la pintura, que había visto el primer beso. Ahora veía una cama con dos personas que no estaban haciendo nada más que abrazarse.
"Yo no tengo alma, Jayko", le dijo Samanta, con la cara metida en su pecho. "Yo la perdí cuando se fue el papá de mis hijos. Cuando me tocó ser mamá y papá y todo. Yo no siento nada, yo solo funciono. Como un robot".
Jayko se quedó callado un rato largo. Tan largo que Samanta pensó que se había quedado dormido.
Pero no. El demonio que vivía dentro de él estaba entendiendo por primera vez algo que ni en el infierno le habían enseñado.
Él sí tenía un alma. O por lo menos, tenía una que le habían prestado. Una alma humana que le dieron en esa mesa de metal en 1980 cuando nació muerto.
Y entendió que esa alma no le servía si no la podía compartir.
La miró. Le levantó la cara con las dos manos. Tenía los ojos verdes llenos de lágrimas, pero no de tristeza. De algo que él nunca había sentido antes.
Y le dijo la frase que Samanta no olvidaría nunca, ni siquiera después de la puñalada:
"Si tú no tienes un alma, yo te regalo la mía. Así vas a ser feliz".
Samanta se quedó mirándolo.
"¿Qué?", le dijo.
"Te regalo mi alma. Toma. Yo no la necesito si tú no estás feliz. Yo vine a esta vida a buscar una razón para existir y mi razón sos vos. Si vos no tenés alma, yo te doy la mía y así tu cielo vuelve a ser azul. Así las noches frías se vuelven cálidas. Así tu corazón vuelve a latir".
Samanta lloró. Lloró mucho. Porque nadie, nunca, ni siquiera el papá de sus hijos, le había ofrecido algo así. No plata, no una casa. Un alma.
Sin saber que el que la hacía feliz era él.
Esa noche se amaron. No te voy a contar detalles mor, porque esto no es de eso. Se amaron con amor de verdad, con amor puro, con ese amor que solo tienen dos personas que se encontraron rotas y se pegaron con pintura blanca.
Y al otro día, Samanta se levantó diferente.
Barrió la casa cantando. Les hizo trenzas a sus hijos cantando. Salió a vender arepas cantando. Por primera vez en tres años, su cielo era azul de nuevo. Por primera vez, su corazón latía por una razón. Por un nuevo amor que le estaba borrando las tristezas más profundas del alma.
Jayko también cambió. Ya no era frío. Ya no era gris. Ya le gustaba salir, hablar, tenía amigos. Iba al taller y contaba que tenía novia. Una novia que lo hacía reír. Una novia que le había enseñado a reír.
Elena lo veía y lloraba de felicidad en la cocina sola, porque por fin veía a su hijo vivir.
Todo iba bien. Demasiado bien.
Y tú sabes, mor, que cuando todo va demasiado bien en una historia de amor, es porque va a llegar el villano.
Al principio pensaste que no había villano. Que su madre no se opuso. Y era verdad. Elena no se opuso. Elena decidió apoyar a su hijo y a la vez no hacerle daño a Samanta.
Pero el villano no era la madre. El villano era el tiempo y la gente que no entiende el amor cuando no es como el de ellos.
Y ese villano tenía nombre. Se llamaba la hermana de Samanta.