La hermana de Samanta se llamaba Paola. Era dos años mayor, vivía en Bello, tenía un esposo policía y una casa con reja. Era de esas hermanas que se creen mamás. Que llaman todos los días a preguntar "¿qué hiciste?", "¿con quién andas?", "¿ya conseguiste marido?".
Samanta no le había contado nada de Jayko. No por vergüenza, sino porque sabía cómo era Paola.
Pero el barrio habla. Y en Medellín el chisme viaja más rápido que el metro.
Un domingo, Paola llegó sin avisar a la casa de Samanta. Con el esposo policía y con una bolsa de mercado, como si fuera una visita buena. Samanta estaba en la sala con Jayko, viéndose una película en un televisor viejo, con los niños dormidos en la otra pieza. Jayko tenía la mano de Samanta agarrada.
Paola entró, los vio y no saludó.
"¿Quién es él?", preguntó.
Samanta se paró nerviosa. "Es Jayko, el hijo de doña Elena, la vecina".
Paola lo miró de arriba abajo. 19 años, camiseta manchada de pintura que nunca se quitó del todo, ojos verdes. Y luego miró a su hermana de 28, con dos hijos.
"¿Vos sos novio de mi hermana?", le preguntó directo a Jayko.
Jayko, que nunca había sabido mentir porque los demonios no mienten, dijo que sí. "Sí. Somos novios".
El esposo policía se cruzó de brazos.
Paola explotó.
"¿Usted está enferma, Samanta? ¿Usted sabe cuántos años tiene este peladito? ¿Usted sabe que esto es un delito? ¿Usted sabe que yo la puedo denunciar? ¿Usted sabe que le pueden quitar a los niños por estarse metiendo con el hijo de su amiga? ¿Usted qué ejemplo le está dando a mis sobrinos?"
Samanta lloraba. Jayko se paró y se puso delante de ella, como un príncipe chiquito con alma prestada.
"Nosotros nos queremos", dijo.
"¡Ustedes no saben qué es querer!", gritó Paola. "¡Vos sos un niño! ¡Y vos sos una mujer con dos hijos que debería estar buscando un hombre serio y no calentando a un peladito! ¡Esto se acaba hoy! ¡O juro que voy a la comisaría con mi esposo y les armo un problema!"
Elena salió de su casa al escuchar los gritos. Se paró en la puerta. No defendió a Jayko ni atacó a Samanta. Solo dijo: "Paola, con respeto, ellos ya son adultos y se quieren bien. No les haga daño".
Pero Paola no escuchaba.
Esa noche, por primera vez desde que estaba con Jayko, Samanta sintió miedo de perder su alma de nuevo. Miedo real. Miedo de que le quitaran a sus hijos, de que la denunciaran, de que todo el barrio la señalara como la mujer que se metió con el hijo de la amiga.
Lloró toda la noche en su cama, mirando por la ventana que antes veía amor y ahora veía miedo.
Jayko no se fue. Se quedó en el andén, sentado, toda la noche, mirando su ventana prendida. Como un demonio guardián.
Al otro día, Samanta decidió no rendirse. Fue a la casa de Paola en Bello. Se le plantó. Le dijo: "Yo por primera vez en años soy feliz. Yo por primera vez me siento amada. Yo por primera vez me siento niña. Vos no me vas a quitar eso. Si me querés denunciar, denunciame. Pero yo no voy a dejar de amarlo".
Paola le dijo que estaba loca, que era una obsesión, que eso no era amor.
Y Samanta volvió a su casa más confundida que nunca.
Pero todavía con ganas de luchar.
Lo que no sabía era que Paola no había ido solo a su casa. Había ido también a hablar con Jayko a solas, cuando Samanta no estaba.
Y lo que le dijo en esa conversación a solas fue lo que dañó todo.