Jayko estuvo 6 meses en la cárcel de Bellavista.
No te voy a mentir, mor, no fue una cárcel de película. Fue una cárcel real. Fría. Con olor a orines y a sopa aguada. Con 40 manes en un patio donde solo caben 15. Con gritos por la noche.
Los primeros 15 días no habló. Se sentaba en una esquina, como cuando tenía 6 años en el arenero. Mirando un punto fijo. Los otros presos pensaban que era raro, que estaba trabado.
Hasta que un día un señor viejo que estaba ahí por robarse un mercado para sus hijos le preguntó: "¿Usted por qué está acá, pelado?".
Jayko le contó. Le contó todo. Desde que nació muerto en 1980, desde que era un demonio, desde que era un niño gris sin sentido, desde el martillo, desde la pintura, desde el alma regalada, desde la puñalada.
El viejo lo escuchó y no se rió. Le dijo: "Usted no es un demonio, mijo. Usted es un muchacho que amó mal porque nadie le enseñó a amar bien. Eso nos pasa a todos acá adentro".
En esos 6 meses, Elena iba todos los domingos. Sin falta. Le llevaba tinto en un termo y arepas. Las arepas que hacía Samanta. Porque Elena y Samanta se siguieron hablando.
Sí, mor. Aunque parezca raro, Elena no dejó de ir a ver a Samanta al hospital. La cuidó. Le curó la herida. Y Samanta, desde la camilla, con la puñalada todavía doliéndole, le dijo: "Doña Elena, yo lo perdono. Yo sé que él no me quería matar. Él me quería tanto que no supo qué hacer cuando le dije que nos diéramos un tiempo".
Elena lloró y le dijo: "Yo lo sé, mija. Mi hijo siempre fue gris hasta que usted llegó. Usted fue la única que le puso color".
Samanta salió del hospital al mes. Con una cicatriz grande en el pecho, en forma de luna. Nunca se la quitó. Nunca se la tapó. Decía que era la prueba de que el amor existe, aunque duela.
No denunció a Jayko. Le pidió al juez que no lo metiera preso muchos años. El juez, que era una mujer mayor que había amado mal alguna vez, le dio casa por cárcel después de 6 meses, con la condición de que fuera a terapia y no se acercara a Samanta por un año.
El día que Jayko salió, con la misma camiseta blanca que ahora estaba amarilla, con los ojos verdes más tristes que nunca, Samanta no estaba en la puerta de la cárcel. Estaba en su casa, mirando por la ventana que daba a la cama donde se dieron amor. Esperándolo, pero sin esperarlo.
Porque Samanta también cambió en ese año. Entendió que amar no es poseer. Que amar no es decir "si no eres mía no eres de nadie". Que amar es dejar que el otro sea feliz, aunque sea sin vos.
Y Jayko, en su casa por cárcel, volvió a su habitación desolada. Pero ya no miraba el muro de ladrillos. Miraba por la ventana. La ventana que daba a la casa de Samanta.
Y todas las noches, a las 11 de la noche, hora a la que antes se hablaban por la ventana, se asomaban los dos. Cada uno en su ventana. Sin hablarse, porque el juez lo prohibía. Solo mirándose.
Él desde su infierno. Ella desde su cielo que todavía estaba un poco gris.
Hasta que se cumplió el año.
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*FIN CAPÍTULO 8* - 3.824 caracteres
Y ahora sí, mor, el último. El cierre de todo.
*CAPÍTULO 9: EL CIELO AZUL*
Se cumplió el año un martes. Otro martes soleado, hermoso, como el día que Jayko se paró frente al sol y Samanta se fijó en sus ojos y labios.
A las 7 de la mañana, Samanta estaba haciendo arepas. Sus hijos ya tenían 7 y 5. Iban al colegio. La cicatriz de luna le picaba un poco, como siempre que iba a llover.
Tocaron la puerta.
Era Jayko.
Estaba flaco, con el pelo cortado, con una camisa nueva que le había comprado Elena. Tenía en la mano el martillo. El mismo martillo del capítulo 3. El que inició todo.
"Vecina, ¿me presta un martillo?", dijo, pero con una sonrisa.
Samanta se rió y lloró al mismo tiempo. "¿Otra vez? ¿No tuviste con la primera vez?".
"No", dijo él. "La primera vez vine a pedir un martillo y me llevé un alma. Ahora vengo a devolver el martillo y a ver si me devuelven la mía".
Samanta lo dejó entrar. No había nadie en la casa. Solo ellos dos y la ventana que daba a la cama.
Se sentaron en la cama. Sin pintura esta vez. Sin sangre. Solo con cicatrices.
"¿Me perdonas?", le preguntó Jayko.
Samanta le tocó la cara. "Yo te perdoné el mismo día que me clavaste la puñalada. Porque entendí que el que me hacía feliz eras vos. Y que yo también te hice infeliz cuando te dije que nos diéramos un tiempo por miedo a mi hermana".
"¿Y ahora?", dijo él.
"Ahora ya no tengo miedo. Mi hermana ya entendió. Mi cielo volvió a ser azul. Mis noches frías se volvieron cálidas otra vez. Mi corazón volvió a latir por una razón. Y esa razón sos vos. Siempre fuiste vos".
Jayko lloró. Por primera vez lloró como humano. No como demonio. Lloró con lágrimas calientes, con mocos, con todo.
Y le dijo: "Si tú no tienes un alma, yo te regalo la mía. Te lo dije una vez y te lo repito. Toma mi alma. Para siempre".
Samanta lo besó. En la cicatriz de la frente donde antes tenía pintura. En los ojos verdes. En los labios.
"No necesito que me regales tu alma, Jayko. Necesito que la compartas conmigo. Para que seamos felices los dos. Sin poseer, sin encerrar. Solo amándonos".
Desde ese día no se separaron más. Jayko terminó el colegio en la nocturna, consiguió trabajo en el taller del tío, y todos los días le ayudaba a Samanta a vender arepas. Los hijos de Samanta le empezaron a decir papá al año. Elena los veía desde su ventana y por fin veía a su hijo con un cielo azul y sin sentido gris.
Se casaron dos años después, en una notaría chiquita de Medellín, con una torta de chocolate y con el martillo puesto en la mesa como testigo. Porque todo empezó con un martillo.
Y colorín colorado, mor, esta historia se ha acabado. No como cuento de hadas perfecto, porque tiene una puñalada y una cárcel y una cicatriz en forma de luna que nunca se va a borrar. Pero sí como historia real.