Madison
El eco de mis tacones siempre llega antes que yo.
Tac.
Tac.
Tac.
Es un sonido limpio, preciso, autoritario. Como yo.
El pasillo de la empresa se abre a mi paso como si tuviera vida propia. Los empleados bajan la mirada cuando me acerco; algunos fingen revisar papeles, otros escriben con urgencia fingida en sus teclados. Nadie me sostiene la mirada más de tres segundos. Nadie se atreve.
No me ofende.
Me gusta.
El miedo es más eficiente que el respeto.
Camino recto, sin prisa, con el mentón ligeramente elevado. Mi reflejo en el vidrio lateral me devuelve la imagen que he construido durante años: traje impecable, cabello recogido sin un solo mechón fuera de lugar, labios rojos perfectamente delineados. Intocable.
Poderosa.
Abro la puerta de mi oficina sin detenerme. El aroma a cuero y madera pulida me recibe como cada mañana.
—Buenos días, señora —dice Matilde, mi secretaria, entrando detrás de mí con su tableta y una carpeta gruesa bajo el brazo.
—Si fueran buenos, no tendría que repetir instrucciones —respondo sin mirarla mientras dejo el bolso sobre el escritorio.
Ella traga saliva. Siempre lo hace.
—Los documentos del edificio Altos del Río —dice extendiéndome la carpeta—. Los desalojos ya fueron notificados, pero… hay dos familias que se niegan a salir.
Levanto la vista por fin.
—¿Se niegan?
—Dicen que no tienen a dónde ir. Hay niños…
Niños.
La palabra flota en el aire unos segundos.
Cierro la carpeta con calma, como si no significara nada.
—Empiecen la demolición mañana a primera hora.
Matilde parpadea.
—Pero, señora, si ellos siguen dentro…
—No es mi problema —la interrumpo—. Se les notificó. Tuvieron tiempo suficiente.
Mi voz no se eleva. Nunca necesito gritar.
El silencio que queda en la oficina es espeso.
—Que seguridad se encargue —añado mientras firmo la orden sin titubear—. No me traiga más excusas.
Ella asiente y sale casi huyendo.
Yo vuelvo a mi pantalla, a mis cifras, a mis contratos millonarios. La ciudad se extiende frente a mis ventanales como si me perteneciera. Y, en cierto modo, me pertenece.
Todo lo que tengo lo he construido sola.
Sin ayuda.
Sin cariño.
Sin nadie.
El almuerzo llega a la una en punto.
No lo toco.
El vestido de novia cuesta más que el salario anual de la mitad de mis empleados, y no pienso arruinar la caída perfecta de la seda por un plato innecesario.
Me observo en el reflejo oscuro de la pantalla apagada. Estoy más delgada. Más afilada. Más perfecta.
Mi prometido dice que luzco espectacular.
Sonrío apenas.
Él es joven. Atractivo. Ambicioso. Y sabe exactamente lo que significa casarse conmigo.
Todos lo saben.
Trabajo hasta que el reloj marca casi las seis. Firmo contratos, reviso cifras, autorizo transferencias que podrían cambiar la vida de cualquiera.
La mía ya cambió hace mucho.
Cuando me levanto para irme, el dolor aparece.
Es sutil al principio.
Un tirón leve en el pecho.
Ignoro la sensación.
Doy dos pasos más.
El aire empieza a escasear.
Me apoyo en el borde del escritorio.
No.
No ahora.
Mi respiración se vuelve corta, irregular. El corazón late demasiado fuerte, como si quisiera romperme desde dentro. Una presión desconocida se instala en mi pecho y sube hasta mi garganta.
No me enfermo.
Yo no soy débil.
Pero esta vez el cuerpo no obedece.
Termino en urgencias una hora después.
Luces blancas. Olor a desinfectante. Gente desconocida mirándome como si fuera cualquier otra persona.
Me hacen exámenes. Me conectan cables. Me preguntan si estoy bajo mucho estrés.
Estrés.
Casi me río.
Mientras espero resultados, marco el número de mi prometido.
Una vez.
Dos veces.
Buzón de voz.
Aprieto la mandíbula y llamo a mi mejor amiga.
La única persona que he considerado cercana.
Tampoco responde.
El silencio del teléfono pesa más que el dolor en el pecho.
Por primera vez en mucho tiempo, me siento… sola.
No poderosa.
No temida.
Sola.
—Los exámenes están bien —dice finalmente el médico—. Fue un ataque de ansiedad.
¿Ansiedad?
Yo no tengo ansiedad.
Asiento sin discutir. Pago. Salgo.
Sola.
Podría llamar al chofer, pero no lo hago. Necesito aire. Necesito silencio. Necesito demostrarme que sigo teniendo control.
Camino sin rumbo fijo, alejándome del hospital.
El cielo empieza a teñirse de naranja cuando paso frente a un parque.
Escucho risas.
Niños corriendo.
Una pelota rebota y rueda hasta detenerse frente a mis pies.
Me detengo.
La observo.
Es una pelota simple, de colores gastados.
Me agacho para recogerla.
No sé por qué lo hago.
La sostengo entre mis manos y algo… algo extraño se mueve dentro de mí. Una presión distinta. No es dolor. No es ansiedad.
Es otra cosa.
—Señora… —dice una vocecita.
Levanto la mirada.
Una niña de no más de cinco años me observa con ojos enormes y expectantes.
Tiene las mejillas sonrojadas y el cabello desordenado por el viento.