Un desastre elegido

ESPECIAL NAVIDEÑO

"Nota: la siguiente historia está ambientada en un universo alterno por lo cual no afecta directamente a la historia original"

Sora

Nunca pensé que crecer significara esto.
No “responsabilidades” en abstracto, no “madurar” como dicen los adultos cuando quieren que te calles… sino trabajar.
Trabajar de verdad.
—No pongas esa cara, Sora.
La voz de mi papá resonó desde el otro lado del taller, grave, firme, imposible de ignorar. Rikuya —Santa Claus para todos menos para nosotros— revisaba unas listas flotantes con expresión severa.
Yo estaba sentado sobre una mesa llena de papeles, plumas encantadas y una bolsa de galletas que claramente no eran para mí (pero que me estaba comiendo igual).
—No estoy poniendo cara —protesté—. Es mi rostro natural cuando me quieren mandar a trabajar.
Kai, mi hermano mayor, ni levantó la vista de los planos que tenía frente a él.
—Tu rostro natural es el de alguien que se va a meter en problemas —dijo—. Y deja esas galletas, son para los elfos de logística.
—Los elfos de logística no se quejan si faltan galletas —respondí—. Yo sí.
Kai suspiró.
Kai siempre suspira.
Está en entrenamiento para ser el siguiente Santa, lo cual explica por qué ya parece cansado de la vida aunque todavía es joven. Responsable, serio, perfecto. El hijo ideal.
Yo no.
Ayla pasó corriendo detrás de nosotros con una corona de papel torcida en la cabeza.
—¡Soraaaa! —gritó—. ¡Papá dijo que ya eres grande!
—¡Eso es difamación! —le grité de vuelta.
Ella se rió y siguió corriendo.
Ren debería haber estado ahí también. Pero Ren se escapó al mundo humano hace años.
Nadie hablaba mucho de eso.
—Sora —volvió a decir mi papá—. Es hora de que empieces.
Me bajé de la mesa con desgana.
—¿No podemos esperar un año más? —intenté—. Ayla todavía es pequeña, Kai está en entrenamiento… Ren…
El silencio cayó como nieve pesada.
—Ren tomó su decisión —dijo Rikuya, serio—. Tú estás tomando la tuya ahora.
Lo miré. Mi papá no alzaba la voz. Nunca lo hacía.
Eso era peor.
—¿Qué tengo que hacer exactamente? —pregunté, resignado.
Kai me miró por fin.
—Escuchar.
—…¿Eso es todo?
—No —respondió mi padre—. Escuchar bien.
Y así fue como terminé cruzando el portal al mundo humano con una libreta mágica, una pluma que escribía sola y una sensación horrible en el estómago.
El mundo humano siempre me pareció… ruidoso.
No por los sonidos. Sino por las mentes.
Caminé por una calle llena de luces, escaparates, gente cargando bolsas y estrés. La nieve no era tan limpia aquí, estaba pisoteada, grisácea, real.
Me ajusté el abrigo y respiré hondo.
—Vamos… —murmuré—. Tú puedes, Sora. Solo escuchar.
Al principio fue un desastre.
Quiero el nuevo videojuego. Ojalá papá no grite hoy. Mamá dijo que no hay dinero. Si me porto bien, ¿volverá?
Me llevé la mano al pecho.
—Espera, espera, espera… uno por uno —susurré—. No puedo con todo a la vez.
La pluma empezó a escribir sola, pero yo tuve que aprender a filtrar.
Me senté en una banca frente a una plaza.
Una niña pequeña, con las mejillas rojas por el frío, miraba un árbol enorme.
Quiero que mamá sonría más.
Mi garganta se cerró.
Escribí.
Un niño pasaba de la mano de su padre.
No quiero juguetes. Quiero que papá esté en casa.
Escribí.
Un adolescente con audífonos.
Que nadie se dé cuenta de que estoy solo.
Escribí.
Y poco a poco entendí algo.
No todos pedían cosas.
Muchos pedían… consuelo.
—Esto es trampa —murmuré—. Nadie nos prepara para esto.
Seguí caminando.
Anoté deseos simples. Otros imposibles. Otros que no eran para Navidad, sino para sobrevivir.
Un niño dormía en un auto.
Que mañana no haga tanto frío.
Me detuve.
—Papá… —susurré sin darme cuenta—. ¿Qué se hace con esto?
No hubo respuesta.
Pero seguí escribiendo.
Porque eso era lo que me tocaba.
Horas después, mis manos temblaban. La libreta estaba casi llena. Y yo… estaba agotado.
Pero también entendía algo que antes no.
Ser elfo no era “trabajar para Santa”.
Era cargar un poco del mundo, para que otros no tuvieran que hacerlo solos.
Cuando el portal volvió a abrirse frente a mí, respiré hondo.
—Ren… —pensé—. ¿Es esto lo que viste cuando te fuiste?
Antes de cruzar, miré una última vez la ciudad humana.
—Voy a hacerlo bien —prometí—. Aunque no sea perfecto.

El taller me recibió con su ruido habitual.
Martillos, risas, engranes girando, el olor dulce del caramelo caliente mezclado con madera recién cortada. Crucé el portal todavía con el frío humano pegado a la piel y dejé mi libreta sobre la mesa central, como me habían indicado.
—Primer día completo —murmuré para mí—. Sobreviví.
Kai apenas levantó la mano desde el fondo, ocupado ajustando algo que parecía a punto de explotar. Ayla me sonrió desde arriba de una escalera, llena de brillantina hasta las orejas.
Y Rikuya…
Rikuya ya estaba leyendo.
No frunció el ceño.
No se detuvo más de lo normal.
No pareció sorprendido.
Eso me desconcertó.
—¿No vas a decir nada? —pregunté al fin.
—¿Sobre qué? —respondió sin levantar la vista.
—Sobre los regalos —insistí—. Hay cosas raras. Un niño pidió que su papá volviera a casa. Otro que su mamá dejara de llorar. Y un adulto pidió… —me detuve— pidió no existir por un rato.
Rikuya pasó la página.
—Eso no es raro, Sora —dijo con calma—. Es cotidiano.
—Eso es peor —murmuré.
Finalmente cerró la libreta.
—Mañana volverás a salir.
—¿Así nada más?
—Así nada más.
—¿Y pasado mañana?
—También.
Suspiré.
—Entonces esto no fue… especial.
Rikuya me miró entonces, directo.
—Fue tu primer día —dijo—. Eso ya lo hace especial. Pero no único.
No supe qué contestar.
Esa noche apenas dormí.
Y al día siguiente, volví a cruzar portales.
Ciudad tras ciudad.
País tras país.
Aprendí a caminar despacio.
A sentarme en bancas frías.
A escuchar pensamientos que no querían ser escuchados.
La mayoría eran de niños.
Hasta que no lo fue.
El deseo me golpeó como un susurro cansado.
Deseo ser invisible.
Me detuve.
No era desesperado.
No era dramático.
Era… resignado.
Busqué el origen y lo vi sentado en una banca, bajo una farola que parpadeaba. Abrigo oscuro, postura recta, manos juntas como si no supiera qué hacer con ellas.
No parecía triste.
Parecía… solo.
Me acerqué sin pensar demasiado.
—Disculpa —dije—, ¿sabes si este lugar es buena idea para sentarse a pensar en decisiones cuestionables?
Levantó la mirada, sorprendido.
—¿Qué?
—Es que estoy evaluando si esta banca es cómoda para una crisis existencial leve —expliqué—. Pero no quiero interrumpir si ya está ocupada.
Parpadeó.
—…puedes sentarte —dijo al fin.
—Gracias —me dejé caer a su lado—. Prometo no llorar muy fuerte.
Eso logró una pequeña reacción. No una sonrisa, pero sí algo parecido.
—¿Siempre hablas así? —preguntó.
—Solo cuando estoy nervioso o cuando no debería hablar con extraños —respondí—. Hoy es ambos.
Se quedó callado unos segundos.
—Rinto —dijo—. Me llamo Rinto.
—Sora —respondí—. Encantado de compartir silencios incómodos.
Miró al frente.
—No es incómodo.
Eso me sorprendió.
—¿No?
—No —repitió—. Es… tranquilo.
Nos quedamos así un rato.
—Puedo preguntar algo —dije al fin—. Y puedes no responder.
—Adelante.
—¿Haz desea ser invisible?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.