La luz de la mañana entra por la ventana, y despierto solo. La sensación de vacío me golpea de inmediato. Rinto no está. No hay señal de él en la habitación; ni un olor que indique que todavía estaba cerca.
Me incorporo lentamente, apoyando la cabeza entre las manos. Ayer… solo un beso. Solo eso, y él huyó.
—¿Por qué? —susurro para mí mismo, frunciendo el ceño. —No entiendo.
Me quedo unos minutos en silencio, tratando de recordar. Tal vez hice algo mal. Tal vez fui demasiado directo… o demasiado rápido. O tal vez… simplemente no le gusto.
El pensamiento duele más de lo que quiero admitir. Respiro hondo, intentando calmar la cabeza que no deja de dar vueltas.
—Sora… deja de pensar tonterías. —Me digo con firmeza—. Es imposible que no le guste. Solo… necesita tiempo. Sí, tiempo.
Me levanto, me ducho y me visto rápido. El desayuno no espera, y aunque mi cabeza sigue llena de preguntas, decido bajar a la cocina. Quizá si lo veo… las cosas se aclaran.
Al abrir la puerta, lo veo. Rinto está sentado frente a su taza de café, impecable como siempre, pero con esa tensión que aparece solo cuando estoy cerca. No me mira directamente; parece concentrado en su bebida.
—Buenos días —digo, con la voz más neutral que puedo, intentando no sonar dolido.
Rinto levanta apenas la cabeza y responde:
—B-buenos días.
Se siente raro. Normalmente nuestras mañanas son tranquilas, casi cómodas. Hoy, sin embargo, todo está cargado de algo no dicho, pesado, tenso.
Me siento frente a él y tomo un sorbo de jugo, evitando mirarlo directamente. La mente sigue repasando la noche anterior: su beso, la forma en que se inclinó hacia mí, y luego cómo desapareció de la habitación como si se hubiera quemado con fuego.
—No entiendo por qué te fuiste —murmuro, más para mí que para él.
Rinto traga saliva y se ajusta la camisa, claramente incómodo.
—Yo… no quería quedarme —responde, con voz baja. —No… no estaba preparado.
—¿Preparado? —repito, frunciendo un poco el ceño—. Para un beso, nada más. Solo eso.
Él baja la mirada, apretando los labios.
—S-sí. Solo eso… y no quería… —se detiene—. No quería hacer algo mal.
El silencio cae entre nosotros, denso y lleno de cosas no dichas. Yo quiero preguntar más, quiero entender, pero también siento una punzada de dolor que me dice que debería protegerme un poco.
—Mm… entiendo —murmuro finalmente, mirando el borde del plato—. No esperaba otra cosa.
Rinto me observa de reojo, y veo la mezcla de culpa y nerviosismo en sus gestos. Sus manos se mueven torpemente alrededor de la taza.
—Sora… —dice, vacilante—. No quise… lastimarte.
—No… no está mal —digo, forzando un poco la voz para sonar más tranquilo de lo que estoy—. Solo… duele un poco que te hayas ido así.
Rinto se queda callado unos segundos, como si no supiera qué decir. Finalmente susurra:
—No sabía qué hacer… ni cómo quedarme.
Me levanto un poco, tomándome la cabeza con las manos.
—¿Y ahora qué? —suspiro—. ¿Vamos a pretender que nada pasó, o vamos a hablar de esto alguna vez?
Rinto mira hacia otro lado, claramente incómodo.
—P-podemos hablar después… —dice, bajando la voz—. Ahora… desayunemos.
Suspirando, asiento. Parece que no hay otra opción. No quiero pelear, no quiero presionarlo. Así que me concentro en comer rápido, mientras él hace lo mismo, cada uno en su propio silencio incómodo.
—Rinto —rompo el silencio finalmente—. No necesito que digas cosas perfectas. Solo… que estés aquí. Eso ya significa mucho.
Él me mira, sorprendido.
—E-estoy… —titubea, y luego suspira—. Sí. Estoy aquí.
Me quedo unos segundos en silencio, dejando que las palabras floten. Siento un poco de alivio, aunque la sensación de distancia sigue ahí.
—Bueno —digo, terminando mi desayuno más rápido de lo normal—. Tengo que irme a la universidad. —Levanto la mochila—. Nos vemos después.
Rinto asiente, sin mirar, pero su mano se mueve un instante, rozando la taza de café como si quisiera hacer algo, pero no se atreve.
—Mm… sí. Nos vemos —murmura, y vuelvo a notar cómo su voz tiembla un poco.
Me despido con un gesto de la mano y salgo de la cocina. Mi corazón late rápido, no por emoción, sino por todo lo que quedó sin decir. La mañana se siente extraña, pesada… pero hay algo que no puedo negar: Rinto está ahí, intentando manejar algo que ni él mismo entiende.
Mientras camino hacia la puerta, pienso: tal vez no fue un beso perfecto. Tal vez no fue lo que esperaba. Pero no importa. Él estuvo allí. Y por ahora, eso es suficiente.
Y aunque mi mente sigue preguntando por qué huyó, por qué se alejó después de lo que pasó… algo me dice que esto apenas comienza.
Llego al campus y el bullicio me envuelve: estudiantes apurados, risas, anuncios de última hora. Todo parece normal, pero mi cabeza sigue medio en otra parte. Me siento en la primera clase, saco mis apuntes y abro la computadora.
El profesor comienza con la clase sobre estrategias de mercado internacional y… todo se vuelve una mezcla de palabras, gráficos y conceptos. Intento concentrarme, pero cada número, cada plan de negocios, parece demasiado distante. Mi mente vuelve una y otra vez a él, a esa manera que tenía de mirar, a cómo salió corriendo sin decir nada después del beso.
—Vamos, Sora —suspiro—. Concéntrate, esto es administración, no un drama romántico… aunque… sí, un poco de drama hay.
Durante la clase, intercambio algunas notas con compañeros de confianza, resuelvo ejercicios de análisis de mercados internacionales y hago esquemas de estrategias, pero sigo distraído. Cada tanto levanto la vista y pienso en cómo Rinto podría estar haciendo lo mismo, sentado en su trabajo… ¿recordando el beso o intentando olvidarlo como yo?
Después de la primera clase hay un breve receso y me encuentro con Nao en el pasillo. Él está apoyado contra la pared, jugando con su teléfono, y cuando me ve, sonríe con esa facilidad que solo él tiene.