Un desastre elegido

10

Me despierto con los rayos de sol colándose por la ventana, pero hoy no siento la calma habitual. Mi mente va directo a lo de ayer… al café con Elva.
¿Cómo puede alguien pensar que voy a dejar la universidad solo porque soy un Omega casado? me revuelvo entre las sábanas, apretando los puños. La mezcla de rabia, indignación y frustración no me deja concentrarme ni un segundo.

Bajo las escaleras con pasos firmes, esquivo la cocina y voy directo a la sala donde sé que Rinto está revisando documentos de la empresa familiar. Lo encuentro sentado, con su típica postura impecable y esa calma que me exaspera y, a la vez, me desconcierta.

—Rinto —digo, cruzándome de brazos—. Necesitamos hablar.

Él levanta la vista, parpadea y me mira con esa serenidad que hace que la sangre me hierva de frustración y ternura al mismo tiempo.

—Claro, Sora. ¿De qué se trata? —pregunta, con esa voz suave y medida que parece siempre analizar todo antes de reaccionar.

—¡DE LO DE AYER CON TU MADRE! —exclamo, dejando que toda la frustración salga de golpe—. ¡No voy a dejar que me diga que debería dejar la universidad solo porque… soy un Omega casado!

Rinto se queda quieto, inclina ligeramente la cabeza y me observa como intentando descifrar algo que yo mismo no entiendo.

—Sora… —empieza, su voz calmada, casi sin inmutarse—. ¿Ayer te reuniste con mi madre?

Me detengo un segundo, sorprendido por su pregunta. ¿No sabía…? Su expresión es de genuina curiosidad, con apenas un destello de sorpresa contenida.

—Sí —digo, con un pequeño suspiro, cruzándome de brazos aún más firme—. Fui al café con ella.

Rinto se recarga ligeramente en la mesa, mirándome como si evaluara la situación. La calma de su postura me enfurece todavía más.

—No me habías dicho nada —comenta, suavemente—.

—Pues… no lo vi necesario hasta que pasara —respondo, tratando de mantener un tono firme, aunque mi corazón da un salto al ver que él está sorprendido—. Además… lo que dijo fue absurdo. Que debería dejar la universidad porque soy un Omega casado.

Rinto me mira, y por primera vez noto una mezcla de sorpresa y algo como desaprobación leve.

—Ya veo —dice, todavía calmado—. Eso… no es algo que deba afectarte. Y definitivamente no es algo que me haga pensar que debas ceder.

—¡Claro que no! —exclamo, dando unos pasos de un lado a otro—. Es ridículo. Los Omegas no solo sirven para quedarse en casa y tener hijos, ¿verdad?

Rinto se levanta lentamente, caminando hacia mí con esa forma suya de hacerme sentir pequeño y a la vez protegido.

—Lo sé —dice, con firmeza y suavidad al mismo tiempo—. Y estoy de tu lado. No permitiré que dejes la universidad solo porque alguien lo diga. Tú tienes derecho a estudiar, a crecer y a decidir lo que quieres.

Me cruzo de brazos, intentando mantener la pose de berrinche, pero su cercanía y esa tranquilidad que irradia me desarman.

—¡Pero es que…! —trato de replicar, intentando sonar más fuerte de lo que me siento—. ¡Fue tu madre!

Rinto inclina un poco la cabeza, como si evaluara cada palabra que digo.

—Lo sé —responde—. Y, aunque no me lo mencionaste, no cambiaré mi postura. Nadie puede obligarte a dejar algo que amas.

Siento un cosquilleo de alivio mezclado con frustración. Es imposible no querer lanzarme sobre él y gritarle “¡gracias!”, pero mi orgullo de Omega berrinchudo sigue ahí, insistente.

—¡Pues claro que no voy a dejar la universidad! —digo, finalmente gritando un poco de mi enojo—. ¡Eso está decidido!

Rinto asiente apenas, con una mínima sonrisa que parece decir “ya lo sabía” mientras camina un poco más cerca.

—Entonces estamos de acuerdo —dice, calmado—. No dejarás la universidad, y yo me aseguraré de que nadie, ni siquiera mi madre, pueda obligarte a hacerlo.

Respiro hondo, tratando de calmar la mezcla de rabia y alivio. Lo miro de frente, todavía molesto pero con un hilo de gratitud que asoma en mi voz.

—¿Y tú qué dices? —pregunto, señalando su pecho—. ¿También vas a quedarte firme con tus decisiones?

—Sí —responde, firme y tranquilo—. No permitiré que nadie te limite, Sora. Y tampoco permitiré que dejes algo que amas por presiones externas.

Me cruzo de brazos, pero esta vez mi rabia se mezcla con un cosquilleo agradable. Sus palabras me llenan de seguridad, aunque él siga tan tímido y contenido como siempre.

—Entonces… estamos en la misma página —susurro, un poco más relajado—.

—Siempre —dice, apenas sonriendo, como dejando ver solo una mínima parte de su emoción.

Me acerco un poco, dejando que mi cabeza roce su hombro, sin decir nada. Hoy no necesito más que esto: saber que no estoy solo, que mis decisiones importan y que Rinto está conmigo, firme y tranquilo.

—Por cierto… —agrego, todavía con un toque de berrinche—. Si tu madre vuelve a insinuar algo así, le voy a dar mi respuesta… ¡en persona!

Rinto ríe suavemente, un sonido bajo que rara vez sale de él, y me da un pequeño golpecito en el brazo:

—Confío en ti, Sora. Pero recuerda… incluso en un berrinche, siempre puedes contar conmigo.

Suspiré, dejando que la mezcla de orgullo, enojo y alivio me invada. Hoy gané mi pequeña batalla, y lo mejor… es que no estoy solo en ella.

—Está bien… —digo finalmente sonriendo, aunque con la voz todavía desafiante—. Solo recuerda: ¡mi universidad no se toca!

Rinto asiente calmado, y yo me río un poco, sintiendo que, por primera vez, puedo dejar el berrinche a un lado y simplemente… disfrutar de su apoyo, con la sorpresa de ayer todavía fresca entre nosotros.

El sonido de mi alarma me sacó de un trance todavía cálido. Parpadeé varias veces y recordé: desayuno con Kai.
¡Maldición, casi lo olvido!
Me arreglé rápido, escogiendo algo cómodo pero presentable. Me detuve un segundo frente al espejo y me observé. Respira, Sora… hoy es solo desayuno con Kai. Nada de problemas… solo algo ligero...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.