Una semana.
Siete días completos sobreviviendo a la oficina, a Mei, a la cafetera poseída y a los excels vengativos.
Estoy orgulloso de mí.
Y también sorprendido de no haber explotado nada todavía.
Hoy el ambiente es más animado que de costumbre: es viernes, todos están cansados pero felices. Y yo estoy…
atrapado.
—¡Sora, piedra papel o tijeras! —exige Mei, agitando un folder grueso.
—Mei, por favor, ya aprendí de la última vez—.
—¡A la de tres! UNA, DOS—
—¡Espera, espera! ¡¿Qué estamos apostando?! —
—Nada grave —dice Ishikawa con una expresión que claramente dice es grave.
—Solo que si pierdes… llevas esto al piso cuarenta para que lo firme el vicepresidente.
Mi alma se cae del cuerpo.
—¿Qué? No. No, no, no. ¡Yo no puedo ir ahí! —entro en pánico inmediato.
—Claro que puedes —dice Mei, confiada—. Subes, entregas, firmas y bajas. Fácil.
—NO es fácil —susurro ahogado.
Porque el vicepresidente es mi esposo.
Mi esposo secreto.
Mi esposo con el cual la gente de aquí cree que no tengo relación alguna porque soy “solo Sora”.
—Vaaamos, no seas gallina —Mei sonríe—. A menos que tengas miedo del vicepresidentes.
Y yo, idiota, digo:
—¿Por qué tendría miedo?
Perdería la vida en un apocalipsis zombi, pero no en un ridículo juego.
—¡LISTO! —canta Mei—. A la de tres.
Piedra… papel… ¡TIJERAS!
…Mi tijera es destruida por su roca asesina.
—GANÉ —gruñe Mei con la sonrisa de un demonio.
Ishikawa se compadece de mí y me da una palmadita en la espalda.
—Buena suerte, Sora.
—No me digan adiós de esa manera… —susurro trágicamente.
Agarro el folder.
Es pesado.
Como mi destino.
Tomo el elevador mientras mi corazón tamborilea.
Piso cuarenta.
Zona ejecutiva.
La cima del mundo.
La guarida de los Minato.
Me aliso la camisa, respiro hondo y camino hacia la oficina del vicepresidente.
Miro el nombre en la placa.
Rinto Minato.
Mi esposo.
Mi mano está a medio centímetro de tocar la puerta cuando escucho el primer grito.
—¡¿QUÉ DEMONIOS ESTÁS PENSANDO, RINTO?! —una voz femenina, furiosa, clara como un látigo.
Me congelo.
Esa es Elva.
La madrastra de Rinto.
La mujer que lo ha presionado toda su vida.
La que cree que los omegas somos propiedad, herramientas, nada más.
Me acerco un poco más.
No debería escuchar… pero no puedo moverme.
—No puedes permitir esto —vocifera Elva—. ¡Ese chico debería estar en CASA! ¡En UNA caja! ¡Protegido! ¡Preparándose para darle un hijo a la familia!
Mi estómago se revuelve.
Ella está Hablando de mí.
Por primera vez escucho lo que realmente piensa.
Su voz continúa como veneno:
—¿Qué clase de omega trabaja en una oficina? ¡¿Qué clase de pareja eres tú permitiendo que haga lo que quiera?! ¡Lo tienes MIMADO!
Silencio.
Por un instante, temo que Rinto…
…baje la cabeza como siempre hacía frente a ella.
Pero no.
Su voz sale firme.
Más firme que nunca.
—Sora no está “permitido” o “prohibido” —dice Rinto, sin levantar el tono pero con una dureza que no le había escuchado jamás—. Sora puede elegir, el decide. No es un adorno, no es un incubador, no es una cajita para guardar en un rincón.
Mi corazón se aprieta.
—Tú no me hables de decisiones —Elva escupe—. Ese chico debería estar cumpliendo con SU PAPEL.
—Él tiene un papel —dice Rinto—. El que él quiera tener. Si quiere trabajar, lo hará. Si quiere estudiar, lo hará. Si quiere un puesto más alto, lo tendrá.
Siento el aire cortarme la piel.
No lo dice por su apellido.
No lo dice por su poder.
Lo dice porque cree en mí.
—Tú no entiendes —continúa Rinto—. Sora vale más que cualquier expectativa anticuada que tú pretendas imponer. Yo no voy a encerrarlo. Ni a limitarlo. Ni a cortarle las alas.
Elva gruñe, fuera de sí.
—¿Desde cuándo le permites tanto?
—Desde que lo amo —dice Rinto sin dudar.
Y yo… casi dejo caer el folder.
Mi corazón se sube a la garganta, latiendo tan fuerte que duele.
—¡Ridículo! ¡Inmaduro! ¡Un omega no—!
PAAAF
El golpe es seco.
Explosivo.
La cachetada más fuerte que he escuchado en mi vida.
Me cubro la boca con una mano.
Mis piernas tiemblan.
¿Ella… le pegó?
¿A Rinto?
¿A MI Rinto?
Escucho un jadeo ahogado.
Y luego, la voz de Rinto, grave, controlada… pero rota en el borde.
—No vuelvas… a levantarme la mano.
Nunca lo había oído así.
Firme.
Hiriente.
Autoritario.
—No vuelvas —repite—. A hablar de Sora como si fuera menos que tú. No vuelvas a decidir por mí. Y no vuelvas a intentar lastimarme pensando que puedes.
Elva respira agitada.
—Tú… te estás dejando manipular por ese chico.
—El no me está manipulando —responde—. Él solamente vive. Y yo lo respeto.
Y ahí, escucho pasos.
La puerta se acerca.
Ella está saliendo.
Me alejo rápido para no ser descubierto, pegando el folder a mi pecho.
Mi respiración es un desastre.
Mi mente también.
Elva sale hecha furia, los ojos enrojecidos y la mano aún alzada como si ardiera.
Ni me mira.
Ni nota mi existencia.
Pasa de largo como una tormenta rabiosa.
Yo me quedo ahí, temblando.
Miro la puerta.
La manija.
Mi mano.
Mi reflejo.
Y pienso:
Mi esposo… me defendió.
Mi esposo recibió una bofetada por no dejar que me pisotearan.
Mi esposo…dijo que me ama.
Entonces respiro hondo, muy hondo, demasiado hondo.
Y toco la puerta.
Una vez.
Dos.
Tres.
—P-puedo pasar…?
Mi voz tiembla.
Todo tiembla.
Y del otro lado escucho la voz que más me calma…
esta vez herida…
pero fuerte.
—Sora… pasa.
Y mi corazón casi se me cae al piso.
Abro la puerta despacio.