El restaurante huele a jazmín y dinero viejo.
Paredes blancas, manteles planchados con tanta precisión que casi reflejan la luz, y meseros que ni siquiera pisan fuerte. No es mi tipo de lugar, pero claro… Elva lo escogió.
La veo sentada junto a la ventana, impecable como siempre. Yo respiro hondo, ajusto mi camisa y camino hacia la mesa con una sonrisa que he practicado toda la noche.
—Sora —dice ella, levantándose apenas un centímetro, lo justo para cumplir con la cortesía.
—Elva —respondo, inclinando un poco la cabeza—. Gracias por aceptar comer conmigo.
Nos sentamos. Ella cruza las piernas. Mientras acomodo la servilleta. Todo muy pulcro. Muy fino. Una escenita perfecta… por ahora.
El mesero llega, toma la orden, se va.
Y entonces, el silencio elegante se convierte en algo espeso.
Empiezo yo.
—Escuché un poco de lo que habló con Rinto ayer —digo con suavidad, como si estuviera comentando sobre el clima.
Ella se tensa, pero sonríe.
—Ah… ya veo —responde—. Solo conversábamos sobre… prioridades.
—Claro —digo, bebiendo agua con calma—. Entiendo que le preocupen las prioridades. Por eso quería aclarar algunas cositas.
Apoyo los codos en la mesa, entrelazo los dedos.
—Mi esposo está feliz con la forma en la que estamos haciendo las cosas. Y… bueno… supongo que lo que un Omega debe hacer, antes que nada, es… ¿cómo decirlo? Seguir el bienestar de su pareja, ¿no?
La frase cae suave, pero con peso.
Elva parpadea.
—Por supuesto —dice, con una sonrisa demasiado rígida—. Un Omega debe procurar la armonía. Y la estabilidad del hogar.
—Exactamente —respondo con otra sonrisa fingida—. Y Rinto está muy contento con mis decisiones. Con la universidad. Con mi trabajo. Incluso con que aspire a un puesto más alto en el futuro.
Inclino la cabeza, inocente—. Y si mi esposo lo apoya… pues, creo que yo solo estoy cumpliendo como Omega, ¿no? Haciéndolo feliz.
Ella aprieta la copa con más fuerza de la que debería.
—Eso será mucho trabajo para ti, Sora. El hogar requiere atención. Y tu deber más importante… bueno, ya lo sabes. Un heredero es indispensable. La familia necesita continuidad.
Ah.
Ahí está su golpe.
Qué predecible.
Sonrío. Muy tranquilo.
—Puedo con todo —digo, sin dudar—. La casa, el trabajo, los estudios… todo.
Me inclino apenas hacia adelante.
—Y sobre el heredero… no tiene nada de qué preocuparse.
Bebo un sorbo de agua y mi tono es tan educado que da miedo.
—Lo estamos intentando muy fervientemente.
Ella casi se atraganta con el aire.
—Ah… ¿sí? —pregunta, intentando sonar natural.
—Mm-hm —respondo—. Todas las noches que podemos. Y algunos días también. Ya sabe… dedicación.
Me recuesto en la silla como si nada.
Elva aprieta los labios, claramente irritada, pero atrapada por la cortesía del lugar.
—Bueno —dice finalmente—. Si Rinto está… de acuerdo… entonces supongo que no puedo objetar demasiado.
—Exacto —respondo suave—. Él está de acuerdo. Y feliz.
Abro una sonrisa amable pero firme—. Y yo también.
La tensión queda suspendida entre nosotros como un hilo fino que podría romperse con un suspiro. Pero no lo hago. No voy a darle ese gusto.
—Entonces —concluyo, acomodando el cubierto—, sigamos con el almuerzo. ¿Sí?
Ella asiente, aunque le tiemblan un poco las manos.
Perfecto.
Justo como quería.
El mesero sirve nuestros platos como si estuviera colocando arte sobre la mesa.
Yo apenas lo noto.
Estoy demasiado ocupado mirando cómo Elva intenta recomponer su expresión, como si pudiera volver a colocarse su máscara con gracia.
—Bueno, Sora —dice finalmente, acomodando la servilleta sobre su regazo—. Me alegra que estés tan… confiado. No muchos Omegas tienen esa seguridad.
—Supongo que tuve buena educación —respondo—. Y un esposo que me escucha.
Ella sonríe con los labios, no con los ojos.
—Claro… claro. Aunque, sinceramente, no entiendo por qué sigues estudiando. Ya tienes asegurado tu rol. Tu lugar en la casa, en la familia. No veo necesidad de complicarte.
Corto mi comida con calma, casi con delicadeza teatral.
—No lo hago para complicarme.
Levanto la mirada, suave, firme.
—Lo hago porque puedo. Y porque a Rinto le enorgullece.
Ese es el punto.
Quiero que lo escuche bien.
Ella inclina la cabeza un poco, como si intentara medir cuánto estoy diciendo por simple terquedad y cuánto va dirigido directamente a ella.
—Ojalá no estés presionándolo —responde con falsa preocupación—. Él siempre fue muy sensible con las expectativas familiares. Y ahora que es vicepresidente… bueno, no querrás ser una distracción.
Sonrío despacio.
Ahí vamos otra vez.
—Oh, no se preocupe —digo, apoyando la mano sobre la mesa con la tranquilidad de quien sabe perfectamente que está ganando—. Rinto y yo tenemos una dinámica muy clara.
Recalco cada palabra.
—Lo que él decide… yo lo respaldo. Y él también respalda mis decisiones. Nos escuchamos. Nos apoyamos.
Inclino la cabeza, amable—. Creo que así funciona una pareja, ¿no?
Elva aprieta el tenedor como si quisiera doblarlo.
—Claro —dice al fin—. Aunque en mis tiempos los Alfas solían marcar un rumbo más firme.
—Sí —respondo—. Pero también en sus tiempos el Omega no podía ni decir dónde quería vivir.
Le sonrío, delicado.
—Creo que todos hemos evolucionado un poco, ¿no le parece?
Ella respira hondo, lento, como si contara hasta diez.
Yo corto otro pedazo de comida, tranquilo, como si no hubiera nada extraño pasando entre nosotros.
—Solo espero —dice ella, bajando la voz— que no estés manipulando la forma en la que él piensa. Rinto siempre fue un chico muy noble. Fácil de… influenciar.
Me detengo un segundo.
Dejo el cubierto a un lado.
No levanto la voz.
No me altero.