No sé en qué momento terminé otra vez con la foto en las manos.
La saqué del cajón apenas desperté, como si mis dedos supieran el camino antes que mi cabeza.
Es tan pequeña, pero pesa.
Rinto… de niño.
Uniforme común, sonrisa enorme, mejillas redonditas.
Un Rinto que jamás había visto, un Rinto que casi no puedo imaginar.
Un Rinto… feliz.
Respiro hondo.
No debería estar mirándola tanto, pero no puedo evitarlo.
En mi escrito, como si fuera magia encuentro un marco que me regalaron cuando entré a trabajar. Nunca supe qué poner ahí.
Supongo que ahora sí.
Deslizo la foto dentro del marco.
Encaja perfecto.
Demasiado perfecto.
Lo dejo sobre mi escritorio.
Y ahí, con la luz de la ventana, el niño en la foto parece estar sonriendo directamente hacia mí.
—Bueno… supongo que te veré todos los días —murmuro, sintiéndome ridículo y un poco… expuesto.
La foto queda perfecta en el borde de mi escritorio.
No sé por qué la enmarqué.
No sé por qué la traje.
No sé qué estoy intentando demostrarme.
Solo sé que cada vez que miro a ese niño, pequeño, despeinado, con uniforme y una sonrisa que no he visto jamás en el adulto que conozco…
se me revuelve algo en el pecho.
Algo incómodo.
Algo cálido.
Algo que no quiero analizar muy a fondo porque seguro me voy a asustar.
Acomodo el marco otra vez.
Y otra vez.
Y otra.
Hasta que escucho:
—¿Eso es nuevo?
Me sobresalto tanto que casi tiro el marco.
Mei aparece apoyada en la puerta, ojos brillando como si acabara de descubrir un cadáver o un secreto jugoso. Con ella siempre hay esas dos opciones.
—N-no —miento horrible—. Digo sí. Bueno… lo encontré. Es… una foto.
Mei frunce la nariz.
—Obvio que es una foto. Pregunto quién es.
Trago saliva.
Miro la imagen.
El cabello negro revuelto. Los ojos un poco torpes y enormes.
Una sonrisa que parece luz.
Y mi mano apretando el marco como si fuera algo frágil.
—¿Es tu primo? —pregunta Mei.
—No.
—¿Tu hermano?
—Tampoco.
—¿Un niño random que te pareció lindo? Porque eso ya suena extraño, ¿eh?
—¡Mei, por favor! —me atoro—. No es nada así.
Ella se acerca más, sin permiso, y se inclina tanto que casi pega la nariz al cristal.
—Hmm… se ve feliz. Y tú no pareces ser de los que recogen fotos de cualquiera. Ese niño te importa ¿Verdad?
Me pongo tenso.
Mei levanta una ceja, esperando.
No debería decir nada.
No debería decir nada.
Pero las palabras salen solas, suaves, sinceras sin querer:
—Es… alguien importante.
Alguien que… me gustaría volver a ver sonreír así.
La boca de Mei se abre como si fuera a gritar un chisme a los cuatro vientos.
—¡Ay, no! ¿Es un amor de infancia? ¡Sora, eso es totalmente tu tipo! ¡Dime que lo volviste a encontrar! ¡Dime que SIGUE VIVO! ¡Dime—
—¡No, no es nada de eso! —la interrumpo, rojo como un tomate—. Solo… estaba ordenando cosas en casa, apareció esta foto y… me gustó. Ya está. Fin.
Mei me mira con una mezcla de:
1. “Te voy a creer aunque sé que estás mintiendo”
2. “No me pierdo este drama por nada del mundo”.
Pero para mi suerte, Ishikawa pasa por el pasillo y dice:
—Mei, te están buscando para revisar la sala de juntas.
—¡Tsk! Justo cuando se estaba poniendo bueno —farfulla, pero sale.
Cuando la puerta se cierra, me dejo caer en mi silla.
Miro la foto otra vez.
A ese niño que ya no existe.
A esa versión de Rinto que alguien intentó borrar.
Y sin embargo… aquí está.
Conmigo.
En mi escritorio.
No sé por qué.
Pero tampoco quiero guardarla.
Al final, solo susurro:
—Ojalá pudiera haberte conocido así.
La foto, obvio, no responde.
Pero algo en mi pecho sí.
Apenas estaba acomodando mis ideas frente al monitor cuando el jefe apareció con una energía que ya me cansó desde la puerta.
—Equipo —anunció, levantando una carpeta como si fuera un trofeo—. Confirmado: Kyo firmó el contrato grande. Hoy en la noche tendremos cena de celebración. Quiero verlos a todos ahí.
Kyo.
Mi familia.
Mi apellido disfrazado bajo letras doradas que nadie relacionaba conmigo.
Incluso así, cada vez que lo mencionaban, sentía una presión extraña en el pecho.
No orgullo. No exactamente. Más como… cargar un secreto gigante que no quería que se me notara en la cara.
Yo ya estaba preparando mi mental “no”.
Mei volteó hacia mí demasiado rápido.
—No. Ni lo pienses, Sora —dijo, señalándome con su lápiz—. Hoy sí vas.
—Estoy cansado —murmuré, girando mi silla para evitar su mirada.
—Estás cansado siempre —respondió elle, rodando los ojos—. Pero esto te conviene. Te conviene estar ahí. Que te vean. Que sepan que existes. Que Kyo no es lo único importante.
Tragué saliva.
Claro que Kyo era importante.
Era literalmente todo en mi casa.
Pero nadie aquí tenía por qué saberlo.
—Además —continuó Mei, apoyándose en mi escritorio—. Te mereces celebrar. Tú trabajaste un montón en ese proyecto.
Hice una mueca.
No quería ir. No quería hacer social. No quería tener que escuchar a todos elogiar a Kyo sin saber que estaban hablando de la compañía que algún día iba a caer sobre mis hombros si mis hermanos seguían evitando el tema.
Pero sentí mi teléfono vibrar y saqué el celular sin pensar demasiado, escribí:
> Tengo cena de trabajo hoy. Estoy considerando no ir.
Apenas le di enviar, la respuesta llegó casi inmediata:
> Deberías ir. Te va a hacer bien despejarte un poco.
Podía casi escuchar su voz tranquila detrás del mensaje.
Casi sentir esa forma en la que Rinto decía las cosas: simple, directa, sin presionarme… pero haciéndome sentir visto.