Despierto con el cerebro… latiendo.
No hay otra forma de describirlo. Cada golpe de mi corazón sube por el cuello, se mete detrás de mis ojos y retumba en mi cabeza como si me hubieran metido un tambor en el cráneo.
—…Ay, Dios —murmuro, tapándome la cara con un quejido nada digno de mí.
La luz que entra por la ventana es una traidora.
Una criminal, Si pudiera levantarme, la demandaría.
Pero no puedo. Y agradezco, por todos los dioses y santos existentes, que hoy sea domingo porque si tuviera que levantarme a trabajar así… probablemente renunciaría a la vida.
Intento recordar cómo llegué a la cama, y lo único que me viene a la mente es una nube borrosa de cerveza, la risa de Mei y yo hablando demasiado…
¿Dije mucho?
…
¿Le dije algo a Rinto cuando llegué?
El estómago se me aprieta.
Justo entonces escucho el sonido de pasos acercándose pasos conocidos Lentos, firmes, cuidados… como si no quisiera hacer ruido.
Rinto.
Quiero morirme.
La puerta se abre despacio y él entra, cargando una bandeja con una precisión absurda Y claro que preparó un desayuno perfecto: jugo, agua, café suavecito, fruta, pan tostado, algo que huele a caldo y
¿Caldo para la resaca?
Quiero llorar.
—Buenos días —dice con esa voz suave, tranquila… demasiado brillante para mi cabeza— ¿Cómo te sientes?
—Muero —le respondo sin dignidad alguna, enterrándome más en la almohada— Estoy… muriendo, Literalmente.
Me asomo apenas para verlo— ¿Podrías llamar a un médico? O a un sacerdote.
Rinto resopla una risa chiquita, de esas que se esconde detrás de la garganta.
—No estás muriendo —dice, acercándose— Solo tienes resaca.
—Es lo mismo —gimoteo.
Él deja la bandeja en la mesita de noche con una delicadeza que me irrita un poco porque yo estoy siendo un desastre emocional ahora mismo.
—Traje esto —dice— Te ayudará.
Levanta un tazón— Es un caldo ligero Y debes hidratarte.
Me mira con esa expresión entre preocupación y “estoy acostumbrado a tus tonterías”.
Me enderezo apenas, con un suspiro dramático.
—¿Fui… horrible anoche? —pregunto, temiendo la respuesta— Dime la verdad ¿Hice el ridículo?
—No —responde enseguida, lo dice tan rápido y tan sincero que me sorprende— No hiciste ningún ridículo.
—¿Seguro? —Lo miro entrecerrando un ojo— Porque siento que dije… cosas.
Él parpadea.
Se le nota la duda, la memoria trabajando.
Lo recordé.
Yo dije cosas.
—Dijiste cosas —admite al fin, con honestidad suave— Pero nada malo, nada que me molestara.
Me entierro otra vez en la almohada.
—Deberías estar enojado —murmuro— Casi siempre digo cosas estúpidas cuando estoy tomado.
—Sora —me interrumpe, sentándose en el borde de la cama— ¿Puedo?
Asiento.
Se sienta, Muy cerca.
Demasiado cerca para mis nervios actuales.
—No estoy enojado —dice— Pero quiero que desayunes un poco te hará sentir mejor.
—¿Por qué eres tan bueno conmigo? —pregunto, dejando salir el pensamiento antes de poder detenerlo.
Rinto me mira sorprendido primero.
Luego… algo más suave. Más cálido.
—No soy bueno —dice, bajando la mirada un segundo— Solo me importas.
Mi corazón decide que ya no está resacoso. Ahora solo está estúpido.
—Rinto… —susurro, sintiéndome alterado de repente.
—Come —me corta, muy suavemente, como si temiera que yo siguiera hablando— Y luego hablamos.
Me ofrece el tazón— Por favor.
Le tomo el caldo, mis dedos rozan los suyos y él no se mueve, No aparta la mano enseguida.
De hecho… tampoco dejo de sostenerla.
Él respira hondo y la retira con calma, como si no quisiera hacer un movimiento brusco que me asuste.
Tomo un sorbo y casi gimo del alivio.
—Está rico —murmuro.
—Me alegra —responde, sonriendo apenas.
—¿Y tú ya desayunaste?
—No , Pensaba hacerlo contigo.
Me detengo.
Lo miro.
Mi corazón hace un pum que me duele.
—Eso suena… —mi voz baja sin querer— muy de esposos.
Rinto se tensa levemente.
Yo también y el ambiente parece cambiar.
—Lo somos —dice él, con esa honestidad que siempre me desarma.
Me quedo callado.
Él respira hondo.
—Y quiero que podamos hablar de lo que dijiste anoche… cuando estés mejor sin dolor de cabeza.
—Y sin alcohol —añado, medio avergonzado.
—Y sin alcohol —repite, con una sonrisa suave.
Tomo otro sorbo, el corazón dándome vueltas.
Y mientras él se queda a mi lado, paciente, cuidándome…
Me pregunto si de verdad anoche me rompí un poco o si… solo dejé escapar lo que llevo guardando desde hace demasiado tiempo.
El caldo me cae mejor de lo que esperaba de hecho… siento que me devuelve la vida poco a poco. No lo digo en voz alta porque no quiero que Rinto se sienta muy orgulloso, pero ya puedo abrir los ojos sin que me ardan.
Él se sirve un café a mi lado, sin despegarse demasiado de la cama.
—Entonces —murmura, dándole un sorbo— ¿Por qué celebraban anoche?
—Mh… —masajeo mis sienes— Ah, sí.
Ganamos un contrato enorme, bueno, ganó Kyo… técnicamente, Solo que nosotros somos la oficina de enlace así que nos toca celebrarlo como si hubiéramos hecho todo.
Rinto asiente, como si ya supiera.
—Tenías cara de que lo estabas pasando bien —dice.
—Sí… hasta que la impresora decidió invocarle un demonio a medio departamento.
Rinto me mira con una expresión entre confundida y divertida.
—¿Quieres explicar eso?
—Literalmente empezó a escupir hojas en blanco mientras hacía un ruido… —imito torpemente un gruñido electrónico… que me sale como un gato enfermo— Ese y Mei juró que había una presencia maligna ahí así que todos decidimos que era mejor irnos a beber antes de ser poseídos.
Rinto suelta una risa discreta, que hace que mi piel se caliente (por motivos que no deberían tener nada que ver con la fiebre de resaca, pero bueno).